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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO
NACIONAL DE LA FEDERACIÓN UNIVERSITARIA CATÓLICA ITALIANA (FUCI)
Lunes
29 de abril de 1996
Amadísimos jóvenes de la FUCI:
1. Os acojo con alegría, al término de vuestro Congreso nacional
celebrado con ocasión del primer centenario de la fundación de la Federación.
Dirijo a cada uno mi saludo cordial, comenzando por los presidentes nacionales y
el asistente, monseñor Mario Russotto, agradeciéndoles las palabras que me han
dirigido al presentarme este importante aniversario y el espíritu con el que los
miembros de hoy y de ayer desean celebrarlo.
Saludo a monseñor Salvatore De Giorgi, llamado ahora a gobernar
la antigua e ilustre arquidiócesis de Palermo. Durante estos años, como
asistente general de la Acción católica italiana, ha estado siempre cercano a
vuestra Federación. Hoy desea confirmar esta cercanía con su presencia en
nuestro encuentro.
Saludo, finalmente, a los asistentes diocesanos aquí congregados
y a los representantes de las pasadas generaciones de miembros, comprometidos en
los diversos ámbitos profesionales: desde el mundo académico y de la cultura
hasta el de la política, la magistratura y las demás profesiones.
2. Durante los días pasados, os habéis reunido en Florencia y en Fiesole, donde
nació oficialmente la Federación universitaria católica italiana, y habéis
reflexionado sobre el tema: «Memoria y búsqueda: obras y proyectos en las
paradojas de la esperanza». Durante el Congreso, guiados por ilustres expertos,
habéis estudiado y elaborado nuevas modalidades de presencia y de compromiso
apostólico en el ámbito de la universidad, de la sociedad y de la Iglesia.
Habéis querido que en esta jornada «romana» de hoy, que prevé
diversas manifestaciones, no faltara el encuentro con el Sucesor de Pedro. Os
agradezco esta amabilidad y me alegra renovaros en este encuentro el aprecio de
la Iglesia por el trabajo que, ya desde hace cien años, vuestra asociación
realiza en el mundo universitario al servicio del Evangelio. Me complace
subrayar aquí la dimensión eminentemente «católica» de vuestra federación, que
reúne laicos profundamente conscientes de los compromisos que derivan de los
sacramentos del bautismo y de la confirmación y de la consiguiente pertenencia a
la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo que vive y actúa en la historia. Impulsados
por esta convicción, los miembros de la Federación se unen porque se sienten
llamados a cooperar con la jerarquía con la misma finalidad apostólica de todo
el pueblo de Dios, es decir, la evangelización.
3. La historia de estos cien años confirma, precisamente, que la realidad de la
FUCI constituye un capítulo significativo de la vida de la Iglesia en Italia, en
particular del vasto y multiforme movimiento laical que ha tenido su eje
principal en la Acción católica.
La Federación universitaria católica italiana, cuyo nacimiento
mi venerado predecesor León XIII deseó en 1895, ha contribuido a la formación de
jóvenes cristianos ejemplares, como Piergiorgio Frassati; de grandes hombres de
Iglesia, como Giovanni Battista Montini, Emilio Guano y Franco Costa; de hombres
y mujeres de cultura que han edificado Italia con fuerte compromiso social y
profundo testimonio cristiano, como Alcide De Gasperi, Aldo Moro y Vittorio
Bachelet, que derramó su sangre entre las aulas de la universidad. La escuela,
por decirlo así, de la FUCI ha desempeñado un papel decisivo en la historia del
movimiento católico en Italia y en la redacción de la misma Carta constitucional
de la República.
El proyecto formativo de la FUCI ha anticipado, en cierta
manera, algunos aspectos característicos de la enseñanza del concilio Vaticano II: la concepción de la Iglesia como pueblo de Dios y comunión, el papel de los
laicos y el diálogo Iglesia-mundo. La presente generación de miembros quiere
caminar generosamente por los caminos de la nueva evangelización hacia el tercer
milenio cristiano, y yo deseo cordialmente que se comprometa cada vez más, bajo
la guía del Magisterio, a traducir en la vida la enseñanza conciliar.
4. A este propósito, quisiera animaros, amadísimos jóvenes, a dar la
contribución que vosotros, y solo vosotros, podéis dar, viviendo entre los
estudiantes universitarios y actuando en medio de ellos como levadura: trabajad
para conjugar Evangelio y cultura, en un vivo contacto con vuestros compañeros
de estudio y con los profesores. Mi venerado predecesor Pío XII, exhortaba a los
miembros de la FUCI, con ocasión del 50° aniversario de la Federación, así:
«Sean perseverantes, sobre todo, en hacer más rica y rigurosa su cultura,
reavivándola con la fe y con la oración; y conviértanla en instrumento continuo
y fuerte de un valiente apostolado entre los estudiantes» (Carta al presidente
de la FUCI, 28 de agosto de 1946). En una sociedad compleja que va perdiendo el
sentido de lo sagrado, a los universitarios católicos les corresponde la tarea
de testimoniar, como supo hacer Piergiorgio Frassati, la verdad de Dios revelada
en Jesucristo, la alegría de creer en él y de seguirlo por el camino del
Evangelio. En una carta a un amigo, el beato Piergiorgio escribía: «Cada día
comprendo más la gracia que implica ser católicos (...). Vivir sin una fe, sin
un patrimonio que defender, y sin sostener, en una lucha continua, la verdad, no
es vivir, sino pasar el tiempo» (Carta a Isidoro Bonini, 27 de febrero de 1925).
Vosotros, jóvenes de la FUCI de hoy, tenéis el compromiso de
reflexionar en todo esto y de conjugarlo según el lenguaje y las expectativas de
la cultura contemporánea. Se os pide, por decir así, que hagáis «reaccionar» en
los «laboratorios» de vuestros grupos los elementos evangélicos con los
elementos de la cultura contemporánea, para experimentar nuevos caminos de
evangelización, fieles a Cristo, que es «el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,
8), y fieles al hombre, que vive su propia precariedad en el devenir de la
historia.
En este campo, vuestra misión, jóvenes, y en particular el de
vosotros, estudiantes universitarios, es insustituible. Sin vuestra contribución
no se puede llevar a cabo una pastoral universitaria eficaz. Por tanto, sed
apóstoles entre los jóvenes que viven fuera o en las fronteras de la Iglesia.
5. Amadísimos jóvenes de la FUCI, estáis viviendo un momento favorable para un
renovado impulso apostólico de vuestra Asociación, un momento que podría marcar
una nueva primavera para vuestros grupos. Después de veinte años cargados de
tensiones ideológicas que, de alguna manera, han influido en la comunidad
eclesial, hoy el clima es más sereno. Dadle gracias al Señor y también a cuantos
—laicos y sacerdotes— han soportado el peso de las contradicciones y han
perseverado.
Sabed aprovechar este tiempo propicio para intensificar tanto el
compromiso formativo como el misionero. Podéis contar con el apoyo de asistentes
válidos e incansables, y también —no lo olvidemos— con las oraciones de cuantos
os han precedido en las generaciones pasadas, muchos de los cuales ya están en
la casa del Padre. Entre éstos, os encomiendo en particular a la intercesión del
beato Piergiorgio Frassati y del siervo de Dios Pablo VI.
Que María santísima, Sede de la Sabiduría, os obtenga llegar a
ser cooperadores auténticos del encuentro de las conciencias con el único
Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el único en el que el
mundo puede encontrar la salvación (cf. Hch 4, 12). Os acompañe también mi
bendición, que con gran afecto os imparto a vosotros, aquí presentes, y a todos
los miembros de ayer y de hoy.
© Copyright 1996 - Libreria Editrice
Vaticana
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