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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 AL FINAL DE LA ORACIÓN
 A LA «SALUS POPULI ROMANI»

Basílica de Santa María la Mayor
Domingo 8 de diciembre de 1996

 

1. «Salve, Señora del mundo, Reina de los cielos; salve, Virgen de las vírgenes, Estrella de la mañana.

Salve, llena de gracia, resplandeciente de luz divina; apresúrate, Señora, a ayudar al mundo.

El Señor te ha predestinado desde la eternidad como Madre del Verbo unigénito, mediante el cual ha creado la tierra, el mar y los cielos; y te ha adornado como su encantadora esposa, en la que no se ha difundido el pecado de Adán».

Estas palabras de un himno que se halla en e! «Oficio breve en honor de la Inmaculada Concepción de María Santísima» desarrollan, de modo sugestivo, el saludo que el ángel de la Anunciación dirigió a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28). Como refiere el evangelio de san Lucas, el ángel Gabriel anuncia a María que concebirá y dará a luz al Hijo del Padre eterno, no en virtud del poder humano, sino «por obra del Espíritu Santo» (cf. Lc 1, 30-33).

La «llena de gracia" es, por tanto, la que está llamada a participar en la santidad de Dios mismo, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Inmaculada, a la que el ángel proclama en su saludo «llena de gracia», asombrado por su belleza espiritual, es descrita como «resplandeciente de luz» en el himno del «Oficio breve», en el que se dirige a ella suplicándole que se apresure a defender al mundo amenazado por el pecado.

2. «El Señor te ha predestinado desde la eternidad como Madre del Verbo unigénito». En estas palabras se percibe el eco del pasaje de la carta de san Pablo a los Efesios: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 3-4). En Cristo el Padre nos ha elegido a todos, pero, de modo particular, ha elegido a María, a quien ha querido como Madre de su Hijo.

«El Señor te ha predestinado desde la eternidad como Madre del Verbo unigénito». Escribe san Juan en el prólogo de su evangelio: «En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios ( ... ). Todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe» (Jn 1, 1. 3). El Verbo, el Hijo eterno de la misma naturaleza del Padre, está presente al inicio de toda la creación, de la que también forma parte María. Ella, hija de Adán y Eva, como todas las criaturas, ha sido eternamente pensada, querida y creada en el Verbo eterno. Formada a imagen y semejanza de Dios es, al mismo tiempo, diferente de todas las criaturas y de todos los hombres por ser madre del Verbo encarnado.

3. «Te ha adornado como su encantadora esposa, en la que no se ha difundido el pecado de Adán». La liturgia de la Inmaculada Concepción evoca el primer pecado, que se ha transmitido a todos los hombres, el pecado original. Pero las palabras del Protoevangelio, en el tercer capítulo del libro del Génesis, ya indican que la Mujer será preservada de la prepotencia del espíritu maligno. En efecto, el Señor dice: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar" (Gn 3, 15). Por tanto, la Mujer estará singularmente implicada en la lucha contra la serpiente, satanás. Dios, aludiendo a la victoria definitiva contra el mal, formula la primera promesa de la venida del Mesías, Redentor del mundo. En esta fiesta celebramos el cumplimiento de esa promesa. En efecto, María participó de modo especial en la redención que realizó su Hijo y, por eso, fue redimida de modo muy particular. En su concepción misma fue preservada de la herencia del pecado original: es la Inmaculada Concepción. «Dios la ha elegido y predestinado: y la hace habitar en su santuario», así proclama el «Oficio breve». ¿Cómo no vislumbrar en esta expresión una estrecha relación entre el misterio de la Inmaculada Concepción y el misterio de la Asunción de la Madre de Cristo?

4. Hoy la Iglesia saluda a María como llena de gracia. La saluda unida singularmente a la santísima Trinidad, en el momento de su Concepción, en el momento de la Anunciación, en el Calvario, con ocasión de Pentecostés y, en fin, en el momento de la Asunción al cielo.

¡Salve, Hija de Dios Padre!
¡Salve, Madre del Hijo de Dios!
¡Salve, Esposa del Espíritu Santo!
¡Salve, morada
de la santísima Trinidad!

Amén.

 

© Copyright 1996 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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