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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR IRAWAN ABIDIN,
NUEVO EMBAJADOR DE INDONESIA ANTE LA SANTA SEDE*


Lunes 23 de diciembre de 1996

 

Señor embajador:

De muy buen grado le doy la bienvenida en el Vaticano y acepto las cartas credenciales que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Indonesia ante la Santa Sede. Le agradezco los saludos que me transmite de parte de su excelencia el presidente Suharto, así como de su Gobierno y su pueblo, y con mucho gusto correspondo a ellos junto con mis mejores deseos para su dinámico país, que tuve la alegría de visitar en 1989, como un amigo de todos los indonesios, cuya cordial hospitalidad experimenté a cada paso.

Su excelencia ha identificado las causas de la paz, de la justicia social, del respeto mutuo y de la cooperación generosa entre los pueblos, y un orden internacional justo y pacífico, como áreas por las que se interesan tanto su país como la Santa Sede, y en las que pueden colaborar de diversos modos. Una mirada atenta a la situación de muchos lugares del mundo muestra cuánto queda aún por hacer para construir la paz sobre bases sólidas. Por eso, la Santa Sede se alegra cuando los países participan activamente en las negociaciones bilaterales y multilaterales orientadas a resolver tensiones o a consolidar formas ya existentes de acuerdos y de cooperación internacionales. Las iniciativas y los esfuerzos de Indonesia por encontrar una solución pacífica a situaciones de conflicto y tensión en los países vecinos del sudeste de Asia son motivo de gloria para su patria.

Indonesia también se siente, con razón, orgullosa de los resultados conseguidos hasta ahora en su progreso como nación. Ha llegado a ser cada vez más evidente que el crecimiento de una nación no puede considerarse simplemente como progreso material. Por el contrario, debe buscar el bien integral y el progreso del pueblo, lo cual implica necesariamente una visión ética y moral de los derechos y deberes relacionados con la sociedad. Requiere que todos participen en los beneficios del desarrollo, y que ningún grupo quede marginado de la sociedad a causa del prejuicio o del egoísmo de otros grupos.

Como usted ha indicado, Indonesia afronta la interminable tarea de fomentar la armonía y la estabilidad entre los numerosos y diversos grupos étnicos y culturales presentes en sus islas, a través de un sistema de estructuras legales y políticas, imbuidas totalmente del respeto a las mejores tradiciones de sus pueblos. Pido a Dios que los problemas, que acompañan inevitablemente a esos esfuerzos, se solucionen siempre por medio de un diálogo que busque una comprensión clara del bien común, reconozca la presencia de la legítima diversidad, respete los derechos humanos y políticos de todos los ciudadanos, y promueva la decisión común de construir una nación basada en la justicia para todos y en la solidaridad con los necesitados.

Gracias al Pancasila, muchas tradiciones religiosas conviven en armonía en Indonesia, y todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y deberes, independientemente de su origen étnico o de sus prácticas religiosas y culturales.

Es necesario proclamar siempre los principios que han creado esta situación favorable y que merecen la estima de todos, a fin de que no se olvide o descuide su vital importancia para la vida de la nación. Hace falta vigilar para asegurar que se respeten realmente la libertad religiosa, la coexistencia pacífica entre los creyentes y la igual dignidad de todos los ciudadanos, especialmente frente a ciertas interpretaciones distorsionadas de la religión y frente al peligro de la intolerancia religiosa, pronta a manifestarse siempre, como se ha visto recientemente en ciertos incidentes graves, que me han entristecido profundamente. Todos los que se preocupan por el verdadero bien de Indonesia deben tratar de asegurar que el espíritu y los principios del Pancasila se apliquen correctamente.

Al reflexionar en los recientes eventos que han afectado a Timor oriental, alimento la esperanza de que prosiga un diálogo más fructuoso en todos los niveles. Los que, en cierto modo, son responsables del futuro de Timor oriental deben convencerse de la necesidad de llegar, lo antes posible, a una solución justa y pacífica. Esa es la ardiente aspiración de ese pueblo desde hace mucho tiempo.

Señor embajador, mucho aprecio su amable mención a la contribución de sus compatriotas católicos a la vida de la nación. La Iglesia realiza muchas actividades en el campo social, en la asistencia sanitaria y en la educación, actividades que benefician a toda la sociedad. La Iglesia, siguiendo las enseñanzas de su fundador Jesucristo, realiza la importante tarea de iluminar y formar las conciencias de los ciudadanos con respecto a sus derechos y deberes, como parte de la comunidad nacional. El principal objetivo de todo esto consiste en asegurar que no se haga nada contra la dignidad humana y que se trate a todos con el respeto debido a criaturas amadas por Dios. Después de su activa participación en los acontecimientos que llevaron a la independencia hace precisamente cincuenta años, los católicos indonesios, apoyados y alentados por la Santa Sede, han trabajado asiduamente por el bien de la nación y seguirán sirviendo a su país con amor y orgullo. Este fue el significado de las palabras que pronunció el cardenal Darmaatmadja durante un encuentro entre el presidente Suharto y la Asamblea nacional de católicos, el 2 de noviembre de 1995: «Junto con nuestros numerosos predecesores, también nosotros queremos comprometernos en todos los aspectos del desarrollo nacional (...). Nos hemos comprometido todos a ser indonesios al ciento por ciento, precisamente porque queremos ser católicos al ciento por ciento». El amor genuino al propio país es una parte importante del deber y del estilo de vida de todo católico.

Señor embajador, le expreso mis mejores deseos en el cumplimiento de la elevada misión a la que ha sido llamado como representante de su nación ante la Santa Sede. Le aseguro la ayuda de los diversos dicasterios de la Curia romana. Sobre su excelencia y sobre el pueblo indonesio invoco cordialmente abundantes bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1997 n.2 p.6 (p.18).

 

1996 Copyright © - Libreria Editrice Vaticana

 

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