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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA COMUNIDAD POLACA
DE ROMA
Sala Pablo VI Lunes 23 de diciembre de 1996
Venerado hermano; señor embajador; queridos compatriotas:
1. Mañana, a medianoche, resonará en toda Polonia el canto navideño: «En la
noche profunda resuena una voz: ¡Ánimo, pastores, Dios nace por vosotros!
Apresuraos a ir Belén a saludar al Señor».
Estos versos navideños traducen con
el lenguaje del canto el relato del evangelio de san Lucas, que se proclamará
durante la «Misa de los pastores». María y José fueron a Belén para
empadronarse, de acuerdo con la orden de las autoridades romanas. Durante la
noche, «sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del
alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le
acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. Había en la
misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante
la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, y la gloria del Señor
los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: "No temáis,
pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido
hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal:
encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en
un pesebre"» (Lc 2, 6-12).
Leeremos la continuación de este pasaje
durante la misa de la aurora. Cuando los ángeles se fueron, los pastores
decidieron ir a Belén. Se pusieron en camino a toda prisa, y «encontraron a
María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo
que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se
maravillaban de lo que los pastores les decían» (Lc 2, 16-18). Todo esto
se refleja en el canto navideño con un lenguaje poético y musical.
Lo que el
canto En la noche profunda ha expresado como relato, el maravilloso canto
navideño polaco Nace Dios, escrito por Francisco Karpinski, poeta del
siglo XVIII, lo transforma en mistagogia, en un himno que introduce en el
misterio.
«¡Nace Dios, el poder del hombre queda anonadado, el Señor de los
cielos se despoja! El fuego se amortigua, el fulgor se vela, el Infinito se pone
límites».
Con estas palabras, el poeta ha presentado el misterio de la
encarnación del Hijo de Dios, recurriendo a los contrastes para expresar lo que
es esencial al misterio: Dios infinito, al asumir la naturaleza humana, asumió
al mismo tiempo los límites propios de la criatura. Y sigue: «...el Infinito se
pone límites. Despreciado, revestido de gloria, Rey mortal de los siglos».
Y,
por último, el canto navideño recurre a las palabras de san Juan: «Y la Palabra
se hizo carne, y puso su morada entre nosotros».
Así, estas estrofas navideñas
han traducido con un lenguaje musical lo que encierran las lecturas de las tres
santas misas de la Navidad del Señor: la de medianoche, la de la aurora y la del
día.
2. Mientras pienso en estas expresiones de la religiosidad popular, me
vienen a la memoria todos los demás cantos navideños, que tienen una gran
riqueza musical, poética y teológica. Recuerdo también las iglesias polacas
donde resuenan las melodías sublimes, llenas de alegría, y a veces de
melancolía, conmovedoras por su tono y sus contenidos, que cuentan las profundas
verdades relacionadas con el acontecimiento y el misterio del nacimiento del
Hijo de Dios. Recuerdo Nowa Huta, donde en la noche de Navidad celebraba la
«Misa de los pastores», o en Bienczyce, o en Mistrzejowice, o en Wzgórza
Krzeslawickie, en los tiempos en que había que luchar por la construcción de las
iglesias. Entonces los cantos navideños eran el signo singular de la unión de la
gente que iba, como en Belén, a Cristo, que «no había encontrado sitio». Esas
mismas personas querían invitar a Jesús a su corazón, a sus comunidades y a su
vida diaria. Los cantos navideños no sólo pertenecen a nuestra historia, sino
que, en cierto sentido, forman nuestra historia nacional y cristiana. Son
muchos, y de gran riqueza espiritual. Unos son antiguos y otros actuales, unos
litúrgicos y otros populares. Recuerdo, por ejemplo, el así llamado canto
navideño de los montañeros, que tanto nos gusta escuchar: ¡Oh pequeño,
pequeño!
No hay que perder esta riqueza. Por eso hoy, al partir con
vosotros el pan blanco de Navidad, deseo que todos vosotros, queridos
compatriotas que estáis en la patria o aquí, en Roma, o en cualquier parte del
mundo, cantéis los cantos navideños, meditando en lo que dicen, en su contenido,
y encontréis en ellos la verdad sobre el amor de Dios, que se hizo hombre por
nosotros.
En este intercambio de felicitaciones podrían introducirse aún
muchos elementos, escuchando los cantos navideños. Pero me agrada recordar el
anuncio jubiloso de la paz: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a
los hombres de buena voluntad» (Lc 2, 14), junto con el canto navideño
Mientras Cristo nace.
Este canto me resulta particularmente elocuente este año,
durante el cual el Papa procedente de Polonia ha podido estar ante la Puerta de
Brandeburgo, en Berlín. Fue una experiencia muy profunda también para el
canciller de la moderna Alemania Helmul Kohl, que me acompañaba en esa ocasión.
Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad,
son las palabras del canto navideño Mientras Cristo nace.
Por último, volviendo al canto Nace Dios, deseo terminar
dirigiendo la ferviente plegaria a Jesús recién nacido:
«¡Levanta la mano, divino Niño! Bendice la querida patria
con buenos consejos y con bienestar. Sostén su fuerza con la tuya.
Bendice nuestra casa y toda la heredad y todas las aldeas y ciudades.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».
Os deseo una feliz Navidad a todos vosotros, a vuestras
familias, a nuestros compatriotas que viven en Polonia, así como a los polacos
de todo el mundo. ¡Que Dios os recompense!
1996 Copyright © - Libreria Editrice Vaticana
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