DISCURSO A LA ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO
PONTIFICIO DE LA CULTURA
Señores cardenales, queridos amigos:
1. Estoy feliz esta mañana, de desearos la más cordial
bienvenida, a todos vosotros, que habéis venido de diversas partes del
mundo para participar en la reunión del Consejo Pontificio para la
Cultura. Es el séptimo año consecutivo que tengo el placer de
acoger a este Consejo. En la Constitución Pastor Bonus, que precisa las
tareas y la organización de la Curia Romana, he querido confirmar que "el
Consejo favorece las relaciones entre la Santa Sede y el mundo de la cultura,
anima particularmente el diálogo con las diversas culturas de nuestro
tiempo, a fin de que la civilización del hombre se abra siempre más
al Evangelio y quienes cultivan las ciencias, las letras y las artes se sientan
reconocidos por la Iglesia como personas dedicadas al servicio de la verdad, de
la bondad y de la belleza" (art. 166).
Vuestra sesión anual representa un tiempo fuerte en vuestra reflexión
y compromiso comunes para promover concretamente el encuentro de la Iglesia con
todas las culturas humanas, según el espíritu del Concilio
Vaticano II y de los Sínodos de los Obispos. De acuerdo con el encargo
que os he confiado, cada año procedéis a un amplio examen de las
principales corrientes culturales que marcan los ambientes, las regiones y las
disciplinas que representáis. De este modo os hacéis eco, ante el
Papa y la Santa Sede, de las tendencias y de las aspiraciones, de las angustias
y esperanzas, de las necesidades culturales de la familia humana, y os preguntáis
sobre el mejor modo, para la Iglesia, de responder a los decisivos interrogantes
planteados por el espíritu contemporáneo. El diagnóstico
que ofrecéis sobre el estado de las culturas actuales representa un gran
servicio a la Iglesia, y os animo a perfeccionarlo sin cesar. Además de
vuestro testimonio y de vuestras experiencias personales, estáis
invitados, en efecto, con otras personas y grupos competentes, a un
discernimiento espiritual respecto a las corrientes culturales que condicionan a
los hombres y mujeres de hoy. Por medio de encuentros, de investigaciones y de
publicaciones, dais, en la Iglesia un nuevo impulso para responder a los desafíos
que representan la evangelización de las culturas y la inculturación
del Evangelio. Este discernimiento es urgente para poder comprender mejor las
actuales mentalidades, y descubrir la sed de verdad y de amor que tan sólo
Jesucristo puede saciar plenamente, y encontrar los caminos para una nueva
evangelización mediante una auténtica pastoral de la cultura.
2. Contemplando el mundo desde un punto de vista universal, captáis
mejor el significado apostólico de vuestros trabajos y encontráis
un motivo sólido para proseguir con vuestra misión. Mediante este
trabajo de discernimiento evangélico, la Iglesia no tiene otro objetivo
que a anunciar mejor a toda cultura la Buena Nueva de la salvación en
Jesucristo. Porque la realidad humana, individual y social, ha sido liberada por
Cristo: las personas, como las actividades humanas, de ahí que la cultura
es la expresión más eminente y la más encarnada.
La acción salvífica de la Iglesia con las culturas se ejerce
primeramente por intermedio de las personas, de las familias y de los
educadores. También una adecuada formación es indispensable para
que los cristianos aprendan a manifestar con claridad cómo el fermento
evangélico tiene el poder de purificar y elevar los modos de pensar, de
juzgar y de actuar que constituyen una determinada cultura. Jesucristo, nuestro
Salvador, ofrece su luz y su esperanza a todos aquellos y aquellas que se
dedican a las ciencias, las artes, las letras y a los innumerables campos
desarrollados por la cultura moderna. Todos los hijos e hijas de la Iglesia
deben entonces tomar conciencia de su misión y descubrir cómo la
fuerza del Evangelio puede penetrar y regenerar las mentalidades y los valores
dominantes que inspiran a cada una de las culturas, así como las
opiniones y las actitudes que de ellas se derivan. Cada uno en la Iglesia,
mediante la oración y la reflexión, podrá aportar la luz
del Evangelio y la irradiación de su ideal ético y espiritual. De
este modo, por medio de este paciente trabajo de gestación, humilde y
escondido, los frutos de la Redención penetrarán poco a poco las
culturas y les otorgarán abrirse en plenitud a las riquezas de la gracia
de Cristo.
3. El Consejo Pontificio para la Cultura está realizando un esfuerzo
que estimula a la Iglesia en esta grande empresa de nuestra época que
constituyen la evangelización de las culturas y la promoción
cultural de todos los hombres. Habéis sabido establecer una prometedora
cooperación con las Conferencias Episcopales, con las Organizaciones
Internacionales Católicas, con los Institutos religiosos, con las
asociaciones y movimientos católicos, con los centros culturales y
universitarios. En estrecha y fecunda colaboración con ellos, habéis
tenido encuentros en diversas partes del mundo, y notables resultados se han
obtenido, de los cuales testimonian muchas publicaciones, como vuestro boletín.
Constato también que vuestro trabajo se desarrolla en relación
con varios organismos de la Santa Sede, de modo que se hace más visible
la dimensión cultural que es un importante componente de la misión
apostólica de la Curia Romana.
4. Entre los proyectos en curso, dos iniciativas merecen una especial atención,
en primer lugar por su propia importancia, y también porque se realizan
en cooperación con diversos organismos de la Santa Sede, en el espíritu
de la reforma de la Curia Romana.
Con satisfacción señalo, en primer lugar, el estudio sobre la
Iglesia y la cultura universitaria, que lleváis adelante con las
Conferencias Episcopales, en colaboración con la Congregación para
la Educación Católica y el Consejo Pontificio para los Laicos. Habéis
publicado ya un informe de síntesis que ilustra las tendencias
significativas y las necesidades espirituales de los ambientes universitarios,
así como los nuevos aspectos de la pastoral universitaria de las Iglesias
locales. Os animo a continuar esta reflexión común que suscitará,
estoy seguro, recomendaciones concretas y beneficiosos intercambios de
experiencias apostólicas. La Iglesia encuentra en el mundo universitario
un lugar privilegiado para dialogar con las corrientes de espíritu y los
estilos de pensamiento que marcarán la cultura del mañana. La
esperanza cristiana se ha de poner delante de las nuevas aspiraciones de las
conciencias y ha de animar los espíritus de los jóvenes
universitarios que pronto estarán frente a tantas responsabilidades, "para
que la civilización del hombre se abra siempre más al Evangelio".
Aliento de todo corazón esta pastoral universitaria que da a los
estudiantes la posibilidad concreta de reflexionar sobre su fe a un nivel
intelectual equivalente al de sus progresos científicos y humanísticos
en las otras disciplinas, y que les ayuda a vivirla con las comunidades de fe y
de oración.
5. Finalmente, quiero destacar la activa participación que el Consejo
Pontificio para la Cultura ha tomado en los trabajos de la Comisión Teológica
Internacional sobre la fe y la inculturación. Habéis participado
muy de cerca en la elaboración del documento que ha sido preparado con
este título y que permitirá comprender mejor el significado bíblico,
histórico, antropológico, eclesial y misionero que reviste la
inculturación de la fe cristiana. Presenta una posición decisiva
para la acción de la Iglesia, tanto en el corazón de las diversas
culturas tradicionales, como en las complejas formas de la cultura moderna.
Vuestra responsabilidad es ahora traducir estas orientaciones teológicas
en programas concretos de pastoral cultural, y me alegra que varias Conferencias
Episcopales piensen dedicarse a ello, especialmente en América Latina y
en Africa. Animo estas experiencias pastorales y deseo que sus resultados sean
compartidos con el conjunto de la Iglesia.
6. Con frecuencia he tenido ocasión de decirlo, pero quiero aún
repetirlo: el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. Y
el lazo fundamental del mensaje de Cristo y de la Iglesia con el hombre en su
misma humanidad es creador de cultura en su íntimo fundamento. Esto
quiere decir que las conmociones culturales de nuestro tiempo nos invitan a
volver a lo esencial y a encontrar nuevamente la preocupación fundamental
que es el hombre en todas sus dimensiones, políticas y sociales,
ciertamente, pero también, culturales, morales y espirituales. De ello
depende, en efecto, el mismo futuro de la humanidad. Inculturar el Evangelio, no
es reconducirlo a lo efímero y reducirlo a lo superficial agitado por la
cambiante actualidad. Por el contrario, con una audacia totalmente espiritual,
insertar la fuerza del fermento evangélico y su novedad más joven
que toda modernidad, en el corazón mismo de las sacudidas de nuestro
tiempo, en gestación de nuevos modos de pensar, de actuar y de vivir. Es
la fidelidad a la alianza con la eterna sabiduría la que es la fuente
incesante de renacimiento de nuevas culturas. Quienes han recibido la novedad
del Evangelio se lo apropian e interiorizan de tal modo que lo vuelven a
expresar en su vivencia cotidiana, según su propia índole. Así,
la inculturación del Evangelio en las culturas va a la par con su
renovación y las conduce a su auténtica promoción, tanto en
la Iglesia como en la ciudad.
7. Sólo me queda dar gracias a Dios por la tarea de discernimiento
apostólico y de inculturación evangélica a la cual
contribuye vuestro Consejo al servicio de la Iglesia. Y, por intercesión
de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, invoco
las luces y la fuerza del Espíritu Santo sobre vuestros trabajos.
Todos mis mejores deseos os acompañan, comenzando por vosotros, Señores
Cardenales: el cardenal Paul Poupard, a quien pedí tomase el relevo del
querido cardenal Garrone en la presidencia del Consejo, el cardenal Eugénio
de Araújo Sales, que sigue haciéndonos beneficiarios de su
experiencia; y el cardenal Hyacinthe Thiandoum, que siente no haber podido
participar en esta asamblea. Y aseguro mi oración a todos los miembros
del Consejo internacional, así como a vuestros colaboradores en San
Calixto.
Como signo de mi afecto hacia vuestras personas, vuestras familias y todos
aquellos y aquellas que son motivo de vuestra solicitud, os doy de todo corazón
mi bendición apostólica.
13 de enero de 1989
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