DISCURSO A LA ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO
PONTIFICIO DE LA CULTURA
Señores cardenales; queridos hermanos en el episcopado;
queridos amigos:
1. Con alegría os acojo esta mañana, miembros, consultores y
colaboradores del Consejo pontificio para la cultura, reunidos bajo la
presidencia del cardenal Paul Poupard durante esta primera asamblea plenaria del
dicasterio, tal como quedó constituido después de la uníón
de los anteriores Consejos pontificios para el diálogo con los no
creyentes y para la cultura, según el motu proprio Inde a pontificatus,
del 25 de marzo de 1993.
Sabéis bien que, desde comienzos de mi pontificado, he insistido en
la gran importancia de las relaciones entre la Iglesia y la cultura. En la carta
de fundación del Consejo pontificio para la cultura, recordé que «una
fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente
pensada, no fielmente vivida» (Carta del 20 de mayo de 1982: cf.
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de junio de
1982, p. 19).
Una doble constatación se impone: la mayoría de los países
de tradición cristiana tienen la experiencia de una grave ruptura entre
el Evangelio y amplios sectores de la cultura, mientras que en las Iglesias jóvenes
se plantea con agudeza el problema del encuentro del Evangelio con las culturas
autóctonas. Esta situación indica ya la orientación de
vuestra tarea: evangelizar las culturas e inculturar la fe. Permitidme
explicitar ciertos puntos que me parecen particularmente importantes.
2. El fenómeno de la no-creencia, con sus consecuencias prácticas
que son la secularización de la vida social y privada, la indiferencia
religiosa o, incluso, el rechazo explícito de toda religión, sigue
siendo uno de los temas prioritarios de vuestra reflexión y de vuestras
preocupaciones pastorales: conviene buscar sus causas históricas,
culturales, sociales e intelectuales y, al mismo tiempo, promover un diálogo
respetuoso y abierto con los que no creen en Dios o no profesan ninguna religión;
la organización de encuentros y de intercambios con ellos, como habéis
hecho en el pasado, puede dar seguramente fruto.
3. La inculturación de la fe es la otra grande tarea de vuestro
dicasterio. Los centros especializados de investigación podrían
ayudar a su realización. Pero no hay que olvidarse de que «es un
quehacer de todo el pueblo de Dios, no sólo de algunos expertos, porque
se sabe que el pueblo refleja el auténtico sentido de la fe»
(Redemptoris missio, 54). La Iglesia, mediante a un largo proceso de
profundización, toma poco a poco conciencia de toda la riqueza del depósito
de la fe a través de la vida del pueblo de Dios: en el proceso de la
inculturación, se pasa de lo implícito vivido a lo explícito
conocido. De manera análoga, la experiencia de los bautizados, que viven
en el Espíritu Santo el misterio de Cristo, bajo la guía de sus
pastores, los inducen a discernir progresivamente los elementos de las diversas
culturas, compatibles con la fe católica y a renunciar a los otros. Esta
lenta maduración requiere de mucha paciencia y sabiduría, una gran
apertura de corazón, un sentido ya advertido por la Tradición y
una gran audacia apostólica, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles,
de los Padres y de los Doctores de la Iglesia.
4. Al crear el Consejo pontificio para la cultura, he querido «dar a
toda la Iglesia un impulso común en el encuentro, incesantemente
renovado, del mensaje de salvación del Evangelio con la pluralidad de las
culturas». Le confié también el mandato de «participar
en las preocupaciones culturales que los dicasterios de la Santa Sede encuentran
en su trabajo, de modo que se facilite la coordinación de sus tareas para
la evangelización de las culturas, y se asegure la cooperación de
las instituciones culturales de la Santa Sede» (Carta del 20 de mayo de
1982). En esta perspectiva, os he encomendado la misión de seguir y
coordinar la actividad de las Academias pontificias, de acuerdo con sus
objetivos propios y sus estatutos, y mantener contactos regulares con la Comisión
pontificia para los bienes culturales de la Iglesia, «a fin de asegurar una
sintonía de finalidades y una fecunda colaboración recíproca»
(Motu proprio Inde a pontificatus, 25 de marzo de 1993; cf. L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 7 de mayo de 1993, p. 5).
5. Para realizar mejor vuestra misión, estáis llamados a
entablar relaciones más estrechas con las Conferencias episcopales y,
especialmente, con las comisiones para la cultura, que deberían existir
en el seno de todas las Conferencias, como habéis solicitado
recientemente. Esas comisiones están llamadas a ser focos de promoción
de la cultura cristiana en los diferentes países, y centros de diálogo
con las culturas extrañas al cristianismo. Los organismos privilegiados
de promoción de la cultura cristiana y de diálogo con los medios
culturales no cristianos son, seguramente, los centros culturales católicos,
numerosos en todo el mundo, cuya acción sostenéis y favorecéis
la irradiación. A este respecto, el primer encuentro internacional que
acabáis de organizar en Chantilly permite esperar de otros intercambios
fructíferos.
6. En el mismo orden de ideas, colaboráis con las Organizaciones
Internacionales católicas, especialmente aquellas que agrupan a los
intelectuales, a los científicos y a los artistas, promoviendo «iniciativas
adecuadas concernientes al diálogo entre la fe y las culturas, y el diálogo
intercultural». (cf. Motu proprio Inde a pontificatus, art. 3).
Además, seguís la política y la acción cultural
de los gobiernos y de las Organizaciones internacionales, tales como la UNESCO,
el Consejo de cooperación cultural del Consejo de Europa y otros
organismos, preocupados de dar una dimensión plenamente humana a su política
cultural.
7. Vuestra acción, directa o indirecta, en los ambientes donde se
elaboran las grandes corrientes del pensamiento del tercer milenio, procura dar
un nuevo impulso a la actividad de los cristianos en materia cultural, que tiene
su puesto en el conjunto del mundo contemporáneo. En esta vasta empresa,
tan urgente como necesaria, tenéis que dirigir un diálogo, que
parece lleno de promesas, con los representantes de las corrientes agnósticas
o con los no-creyentes, que se inspiran en antiguas civilizaciones o en
planteamientos intelectuales mas recientes.
8. «El cristianismo es creador de cultura en su mismo fundamento»,
(Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980). En el mundo cristiano, una cultura
realmente prestigiosa se ha extendido a lo largo de los siglos, tanto en el
campo de las letras y de la filosofía, como en el de las ciencias y de
las artes. El sentido mismo de la belleza en la antigua Europa es ampliamente
tributario de la cultura cristiana de sus pueblos, y su paisaje ha sido modelado
a su imagen. El centro en torno al cual se ha construido esta cultura es el
corazón de nuestra fe: el misterio eucarístico. Las catedrales al
igual que las humildes iglesias de los campos, la música religiosa como
la arquitectura, la escultura y la pintura, irradian el misterio del verum
Corpus, natum de Maria Virgine, hacia el cual todo converge en un movimiento de
admiración. Por lo que concierne a la música, recordaré con
mucho gusto, éste año a Giovanni Pierluigi da Palestrina, con
ocasión del cuarto centenario de su muerte. Parecería que en su
arte, después de un período de confusión, la Iglesia vuelve
a encontrar una voz pacifica por la contemplación del misterio eucarístico,
como una serena respiración del alma que se sabe amada de Dios.
La cultura cristiana refleja admirablemente la relación del hombre
con Dios, renovada en la Redención. Ella abre a la contemplación
del Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. Esta cultura se halla
vivificada por el amor que Cristo derrama en los corazones (cf. Rm 5, 5), y por
la experiencia de los discípulos llamados a imitar a su Maestro. De tales
fuentes han nacido una conciencia intensa del sentido de la existencia, una gran
fuerza de carácter alegre en el corazón de las familias cristianas
y una fina sensibilidad, antes desconocida. La gracia despierta, libera,
purifica, ordena y dilata las potencias creativas del hombre. Y, si invita a la
ascesis y a la renuncia, es para liberar el corazón, libertad
eminentemente favorable tanto para la creación artística como para
el pensamiento y la acción fundados en la verdad.
9. Así, en esta cultura, el influjo ejercido por los santos y las
santas es determinante: por la luz que irradian, por su libertad interior y por
la fuerza de su personalidad, marcan el pensamiento y la expresión artística
de períodos enteros de nuestra historia. Basta recordar aquí a
san Francisco de Asís: tenía un temperamento de poeta, algo que
testimonian ampliamente sus palabras, sus actitudes y su sentido innato del
gesto simbólico. Aunque se situo bien lejos de toda preocupación
literaria, no es menos creador de una nueva cultura, en el campo del pensamiento
y la expresión artística. San Buenaventura y Giotto no se habrían
realizado sin él.
Es decir, queridos amigos, allí reside la verdadera exigencia de la
cultura cristiana. Esta maravillosa creación del hombre sólo puede
surgir de la contemplación del misterio de Cristo y de la escucha de su
palabra, puesta en práctica con una total sinceridad y con un compromiso
sin reservas, a ejemplo de la Virgen María. La fe libera el pensamiento y
abre nuevos horizontes al lenguaje del arte poético y literario, a la
filosofía y a la teología, así como a otras formas de
creación propias del genio humano.
Es en la expansión y en la promoción de esta cultura que:
unos son llamados mediante el diálogo con los no-creyentes: otros
mediante la búsqueda de nuevas expresiones del ser cristiano, todos
mediante una irradiación cultural más vigorosa de la Iglesia en
este mundo en búsqueda de la belleza y de la verdad, de unidad y de amor.
Para cumplir vuestra tarea, así bella, así noble y así
necesaria, os acompañe mi bendición apostólica, con mi
afectuosa gratitud.
18 de marzo 1994
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