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VISITA PASTORAL A GUATEMALA,
NICARAGUA, EL SALVADOR Y VENEZUELA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS RELIGIOSOS, RELIGIOSAS, CATEQUISTAS Y FIELES
EN EL PARQUE «CAMPO DE MARTE


Martes 6 de febrero de 1996

 

Venerables hermanos en el episcopado,
amados sacerdotes, religiosos, religiosas y catequistas,
queridos fieles de Guatemala:

« Una mujer... con una corona de doce estrellas» (Ap 12, 1)

1. Esta celebración de la Palabra nos congrega en el mismo lugar donde presidí la Eucaristía durante mi primera Visita Pastoral a vuestro país. De aquel momento inolvidable, grabado en mi corazón, recuerdo muchas veces los rostros de tantos guatemaltecos, especialmente de catequistas y de otros agentes de pastoral, entregados al anuncio, del Evangelio.

Agradezco al Señor Arzobispo, Monseñor Próspero Penados, las amables palabras que me ha dirigido. Deseo saludar cordialmente al Presidente y miembros de la Conferencia Episcopal Guatemalteca, así como a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y a todos los que colaboran ampliamente en la acción pastoral de la Iglesia. Os saludo a todos con mucho afecto. A pesar del frío llenáis este lugar. Muchas gracias.

Hoy tenemos este encuentro de oración iluminados por la Palabra de Dios, que acabamos de escuchar. La lectura del Libro del Apocalipsis nos ayuda a considerar la vida de la Madre de Cristo desde una particular dimensión. San Juan contempla «en el cielo una figura prodigiosa: una mujer envuelta por el sol, con la luna a sus pies y con una corona de doce estrellas» (Ap 12, 1). El mismo Libro presenta a esta mujer encinta, ante la cual hay un enorme dragón, que quiere devorar al niño apenas nazca. Esta imagen nos remite al Libro del Génesis, en el que aparece la serpiente del paraíso terrenal, o sea, el mismo Dragón, vencido por el linaje de la Mujer (cf Gn 3, 15).

Estos elementos indican la maternidad divina de María y también su maternidad espiritual. Al dar a luz al Hijo de Dios en carne humana, María está llamada, en cierto modo, a otra maternidad, es decir, a engendrar a los hijos de los hombres como hilos adoptivos de Dios.

El autor del Apocalipsis oye una voz poderosa en el cielo: «Ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios, de su dominio y de su reinado, y del poder de su Mesías» (Ap 12, 10). María está íntimamente unida a Cristo en esa victoria sobre satanás. Ella es el Arca de la Alianza divina, que san Juan ve en el templo de Dios en los cielos.

2. Vosotros la invocáis bajo el nombre de Nuestra Señora de la Asunción y la veneráis como Patrona de la Ciudad de Guatemala. Y ahora, recordando estas mismas palabras del Apocalipsis, me dispongo a poner una corona de oro sobre la cabeza de esta imagen de la Madre de Dios, en esta liturgia de la coronación, tan vinculada al quinto misterio glorioso del santo rosario.

En esta Ciudad, llamada tradicionalmente «La Nueva Guatemala de la Asunción», nos reunimos hoy para glorificar y bendecir a Dios que ha elevado al cielo y glorificado en cuerpo y alma a María, Madre suya y nuestra. Nos alegramos porque «la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).

La coronación de la Santísima Virgen nos alegra y nos interpela también como comunidad eclesial, que quiere ser, a ejemplo de María, transparente y portadora del Evangelio, dispuesta a afrontar esa lucha contra las fuerzas del mal, a las que sólo se vence con el amor, el perdón, la reconciliación y la Cruz.

3. Al acercarnos al Tercer Milenio, es urgente anunciar a todos los hombres que Jesús es el Redentor que hizo posible la transformación del mundo al ofrecernos el perdón de Dios sin límites. De este modo comienza una nueva época en la que las enemistades deben quedar superadas por la fraternidad, las rivalidades, rencores y guerras han de dejar paso a la solidaridad cristiana, al perdón personal y a la luz de la paz.

Los Obispos, con ocasión del IV Centenario del Cristo de Esquipulas, han dirigido a las comunidades eclesiales guatemaltecas la carta pastoral: «¡Urge la verdadera paz!». Os aliento a seguir ese camino de evangelización, que anuncia «el Reino de Dios» (cf. Evangelii nuntiandi, 8 teniendo en cuenta el respeto de la dignidad humana y el desarrollo integral de las personas, la solidaridad y la comunión, el perdón y la reconciliación. La Iglesia, que es «el pueblo de la vida y para la vida», (Evangelium Vitae, 79), asume así la tarea de «hacer llegar el Evangelio de la vida al corazón de cada hombre y mujer, e introducirlo en lo más recóndito de toda la sociedad».(Evangelium Vitae, 80).

4. Quiero dirigirme ahora de modo especial a los catequistas aquí presentes y a los que participáis por medio de la radio y televisión. Vuestra tarea, queridos catequistas de Guatemala, es grandiosa. No olvidéis que « el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto, sino en íntima comunión con Cristo» (Catechesi Tradendae, 5).

Unidos a vuestros Obispos y sacerdotes, os dedicáis a enseñar, de manera sistemática y profunda, la doctrina del Evangelio, preparando la propia comunidad eclesial para que celebre bien la Eucaristía y encuentre en ella la fuerza para vivir el mandamiento nuevo del amor.

Quiero rendir ahora un caluroso y merecido homenaje a los centenares de catequistas que, junto con algunos sacerdotes, arriesgaron su vida e incluso la ofrecieron por el Evangelio. Con su sangre fecundaron para siempre la tierra bendita de Guatemala. Esa fecundidad debe fructificar en familias unidas y profundamente cristianas, en parroquias y comunidades evangelizadoras, en numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. Ellos, imitando la valentía y entereza de María, « vencieron por medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron, sin que el amor a su vida les hiciera temer la muerte» (Ap 12, 11).

5. La herencia que todos los guatemaltecos habéis recibido de estos héroes de la fe es hermosa y a la vez comprometedora, pues conlleva la urgente tarea de proseguir la evangelización: ¡Es necesario que ningún lugar ni persona quede sin conocer el Evangelio! Os invito, por tanto, a «llenar del Evangelio de Cristo» (cf. Rm 15, 19) las diversas regiones de Guatemala, y todos y cada uno de sus hogares: desde las selvas del Petén hasta el ancho valle del Motagua; desde las cumbres de los Cuchumatanes hasta las llanuras de la costa del Pacifico; desde las Tierras Frías del Occidente hasta los tórridos campos de Oriente; sobre todo allí donde los indígenas y campesinos necesitan vuestra atención pastoral. Ellos son, a veces, los más afectados por la penetración de tas sectas y de nuevos grupos religiosos, que siembran confusión e incertidumbre entre los católicos. Es necesario potenciar vuestra acción evangelizadora, siguiendo las directrices de los Obispos.

Alborea ya un tiempo nuevo para Guatemala en el que todos sus pueblos se han de abrir a una «nueva evangelización», que se debe llevar a cabo no sólo con «nuevos métodos y nuevas expresiones», sino principalmente por medio del « nuevo fervor de sus agentes », que sean signos creíbles del Evangelio. La fidelidad a Dios y a Jesucristo ha de expresarse también en la fidelidad a la Iglesia fundada por el mismo Señor y fundamentada en la roca de Pedro y de sus sucesores.

Que la memoria de aquellos que dieron su sangre por el Evangelio sea estímulo para la generosidad, el servicio, la humildad; que ni la rivalidad ni la envidia ni la ambición entre vosotros sea obstáculo al anuncio de la Palabra, a la celebración de la Eucaristía y a la edificación de la Iglesia. El Papa os agradece emocionado vuestra dedicación a la tarea de la evangelización. ¡Viva Guatemala!

A todos vosotros os encomiendo encarecidamente que ayudéis a cuantos abandonaron la fe católica o están en peligro de dejarla, para que puedan volver pronto a la propia comunidad cristiana en la que fueron engendrados y educados como cristianos. Acogedlos con ternura, comprensión, humildad y sacrificio. No olvidéis que quienes han orado alguna vez a la Santísima Virgen, aun cuando se hayan alejado de la Iglesia católica, conservan siempre en su corazón un rescoldo de fe que todavía se puede reavivar. Ciertamente la Santísima Virgen les espera con sus brazos maternales abiertos.

6. En este acto litúrgico de la coronación está contenida nuestra común fe en el reinado de Cristo, fruto de su muerte y resurrección. Éste es el significado de la corona que se colocará sobre la imagen de Nuestra Señora de la Asunción. Pero esta coronación interpela a cada uno de nosotros a ser también su propia corona, como exhortaba san Pablo a los primeros cristianos: «Hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona; manteneos así firmes en el Señor» (Flp 4, 1).

En el Evangelio de san Lucas hemos escuchado que María, al visitar a su prima Isabel, canta el himno de alabanza: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador... porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede» (Lc 1, 46-47.49). Y el Evangelista añade: «María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa» (Ib. 1, 56). Os deseo, queridos hermanos y hermanas, que María permanezca siempre con vosotros; que su imagen coronada hoy sea signo de su particular presencia materna.

La Virgen, que guardaba y meditaba en su corazón lo que se decía de Jesús, (cf,. Ib. 2, 19. 51) y lo ponía en práctica en su vida, sea modelo y ayuda para que vosotros meditéis en vuestro corazón el Evangelio del Reino. Que el testimonio de vuestra vida cristiana contribuya de manera eficaz a la construcción de una nueva Guatemala, fundada en la fe católica de vuestros padres y abierta a comunicar esa misma fe a los demás pueblos. Ojalá se pueda decir de todos lo que Isabel dijo de María: « ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Ib. 1, 45).

¡Que el gozo con el que María cantó el «Magníficat» esté en todos los corazones, en todos los hogares y en todos los pueblos de Guatemala!

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

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