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JORNADA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LA OFICINA EUROPEA DE MEDIO AMBIENTE*
7 de junio de 1996
Queridos amigos:
1. Me alegra acogeros con ocasión del encuentro de delegados de
las Organizaciones no gubernamentales de Europa y de la cuenca mediterránea
sobre el tema de la reforma fiscal y del medio ambiente, que se celebra en Roma.
Saludo cordialmente al señor Armando Montanari, presidente de la Oficina europea
del medio ambiente, a quien agradezco sus amables palabras, y al señor Raymond
Van Ermen, secretario general.
En el momento en que celebramos la Jornada mundial del medio
ambiente, en la perspectiva de la Conferencia de las Naciones Unidas Hábitat II,
que tiene lugar actualmente en Estambul, vuestra reflexión se centra en la
revisión de las cuestiones que conciernen al desarrollo humano duradero y al
diálogo interreligioso en la cuenca mediterránea.
2. Como dile con ocasión de la Conferencia de Río de Janeiro
sobre el medio ambiente y el desarrollo, hace cuatro años, el hombre
contemporáneo se siente impulsado a plantear una cuestión fundamental, que puede
definirse ética y, a la vez ecológica. ¿Cómo puede evitarse que el desarrollo
acelerado se vuelva contra el hombre? ¿Cómo prevenir las catástrofes que
destruyen el medio ambiente, amenazando así toda forma de vida? y ¿cómo
solucionar los efectos negativos que ya se han producido?
La Iglesia católica está atenta a la conservación y a la
protección del medio ambiente, así como a los problemas que conciernen al
desarrollo, según su propia perspectiva antropológica, compartida por los
hombres de buena voluntad y por las nobles tradiciones religiosas. Tanto el
medio ambiente como el desarrollo se relacionan con la persona humana, centro de
la creación. Además, las decisiones económicas y políticas en materia de medio
ambiente han de tomarse para servir a las personas y a los pueblos.
El hombre está llamado a cultivar y dominar la tierra que Dios
le ha confiado; entre las criaturas, el hombre es el único ser responsable de
las consecuencias de su acción, no sólo ante sí mismo, sino también ante las
generaciones futuras, a las que hay que preparar un mundo habitable. Nadie puede
apropiarse de los bienes de la tierra. Como decía san Ambrosio de Milán, «la
fecundidad de toda la tierra debe ser la fertilidad para todos» (De Nabuthe 7,
33).
3. En el campo social, esta verdad debe traducirse en la firme
voluntad de vivir y obrar de modo solidario con sus hermanos, con vistas al bien
común. No es posible que una persona o un grupo determine sus propias exigencias
con respecto al medio ambiente, ignorando al resto de la humanidad. En efecto,
hoy es cada vez más evidente que la actitud ante la naturaleza tiene
consecuencias para toda nuestra tierra. Educar en la solidaridad internacional y
en el respeto al medio ambiente es hoy una necesidad urgente.
Hoy más que nunca, los hombres, de forma individual o colectiva,
son responsables del futuro del planeta, para la gloria de Dios y el bien de la
creación. No se puede menos de apreciar la toma de conciencia de las autoridades
civiles locales, nacionales e internacionales en esta materia, así como su
preocupación por dialogar y colaborar en la formación de un medio ambiente rural
y urbano verdaderamente habitable, sin descuidar la preservación de los espacios
necesarios para las familias, para los lugares de culto y para la formación
humana. Espero que los participantes en la Conferencia Hábitat II encuentren
respuestas apropiadas para garantizar las necesidades materiales fundamentales
de los hombres, pero sin olvidar las dimensiones cultural y espiritual. Conviene
favorecer la creatividad y el sentido de solidaridad y de responsabilidad, para
realizar espacios de vida donde los hombres, los niños y las familias puedan dar
lo mejor de sí mismos, porque, para su bienestar y su desarrollo, el ser humano
está profundamente marcado por su hábitat.
4. Con este espíritu, os aliento a proseguir el servicio que
prestáis a vuestros contemporáneos, para que el mundo tenga una dimensión cada
vez más humana, esperando que el éxito corone vuestras reuniones. A todos
vosotros, a vuestros colaboradores y a vuestros seres queridos, imparto
complacido la bendición apostólica.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.25 p.9 (p.353).
© Copyright 1996 - Libreria Editrice
Vaticana
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