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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS DE ROMA COMO PREPARACIÓN PARA LA XI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD


Jueves 28 de marzo de 1996



«¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).

1. Amadísimos jóvenes de Roma, he escogido esta cita evangélica como tema de la XI Jornada mundial de la juventud. Son las palabras que dijo el apóstol Pedro después de que el Señor Jesús había pronunciado un discurso difícil de entender, qua escandalizaba. Había dicho: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 54). Es decir, Jesús se presenta ante el mundo como la verdadera comida, la única que puede saciar el hambre del hombre. Él es el Verbo hecho carne, que se ofrece como alimento en el sacramento de la Eucaristía y como víctima en la cruz, para que el mundo se salve por él y reciba la plenitud de la vida.

Si el destino de Jesús es entregarse como carne para comer, los discípulos intuyen que también lo será el suyo, y tienen miedo. Seguir a Jesús significa afrontar una perspectiva de sufrimiento y de muerte. Los discípulos se escandalizan ante el pensamiento de que el Maestro debe dejarse «comer». Entonces Jesús, dado que muchos lo estaban abandonando por ese motivo, pregunta a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67).

Pero Pedro, en nombre de todos, responde: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Estas palabras de Pedro resumen un itinerario. Su camino de búsqueda. No las puede pronunciar quien no cree y quien no ha caminado mucho tiempo para buscar, encontrar y conocer al Señor.

2. Hoy, en este encuentro de fiesta, habéis reconstruido con cantos, danzas y testimonios, las etapas fundamentales de todo itinerario de búsqueda de Dios. Habéis escuchado las palabras de algunos testigos, que mostraban cómo el hombre está continuamente en busca de Dios y cómo Dios se halla presente en la historia de todo hombre y de toda mujer, le sale al encuentro, lo busca él primero y responde de manera plena y definitiva a su deseo mas profundo, que es el de ser amado.

Queridos jóvenes, por mi experiencia de sacerdote sé muy bien que vosotros esencialmente buscáis el amor. Todos buscan el amor, y un amor hermoso. Incluso cuando en el amor humano se cede ante la debilidad, se sigue buscando un amor hermoso y puro. En definitiva, sabéis bien que ese amor no puede darlo nadie, fuera de Dios. Por esta razón, estáis dispuestos a seguir a Cristo sin miedo a los sacrificios.

Vosotros buscáis a Cristo porque él sabe «lo que hay en el hombre» (Jn 2, 25), especialmente en un joven, y sabe dar respuestas verdaderas a vuestras preguntas. Queridos jóvenes, es Cristo «el buscado», «el deseado que se hace encontrar», el que puede daros la autentica alegría. Una alegría que no desaparece nunca, porque esta destinada a continuar en la plenitud de la vida, mas allá de la muerte.

El hombre, por tanto, busca de Dios y, al mismo tiempo, es buscado por Dios. En el Evangelio hemos escuchado de labios de Jesús esta verdad: «Nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre» (Jn 6, 65). Con todo, al buscar al hombre, Dios no os fuerza jamás. Tiene gran respeto hacia nosotros, creados a su imagen. Nos deja libres de acoger sus propuestas. A nosotros igualmente nos pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67).

3. Pero ¿a quien puede ir el hombre? ¿A quien podéis ir vosotros, jóvenes que buscáis la felicidad, la alegría, la belleza, la honradez, la pureza, en una palabra, que buscáis el amor? Lo sabemos muy bien: muchos jóvenes buscan todo esto siguiendo a falsos maestros de vida. ¡Cuán verdaderas son también hoy las palabras de la segunda carta a Timoteo: «los hombres (...) se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas»! (2 Tm 4, 3-4).

Pienso en el dinero, en el éxito, en la carrera; en el sexo sin freno y a toda costa, en la droga, en la creencia de que todo en la vida se juega aquí y ahora y que la vida se ha de gastar para satisfacción inmediata de lo que se desea hoy, sin tener en cuenta que existe un futuro eterno. Pienso también en el afán de buscar la seguridad, una falsa realización de sí mismo y la felicidad en las sectas, en la magia o en otros sendero religiosos que llevan al hombre a replegarse en sí mismo, en vez de abrirse a Dios.

En realidad, en esas condiciones se quedan insatisfechos, incapaces de gozar, porque si no encuentran a Dios, les falta la respuesta a los deseos más verdaderos y profundos del corazón humano, y su vida se llena de componendas y tensiones interiores.

4. «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Esta es la respuesta. La respuesta de Pedro, el primero de los Apóstoles, a quien Cristo encomendó su Iglesia. Es la respuesta de la Iglesia y por eso también de todos vosotros, jóvenes romanos que por el bautismo sois miembros de la Iglesia.

Es una respuesta que debe llegar a ser cada vez más consciente en cada uno de vosotros, hasta que os convirtáis en heraldos de la misma entre vuestros coetáneos que, a pesar de estar lejos de la fe, buscan la vida y, por consiguiente, buscan a Dios, tal vez sin saberlo. Precisamente porque es respuesta de vida, no podemos contentarnos con pronunciarla nosotros solos: debemos esforzarnos por hacer partícipes de ella también a los demás, dispuestos siempre a dar razón de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1 P 3, 15).

5. Anunciar a todos a Jesús, única respuesta que satisface plenamente las expectativas del hombre es el compromiso al que nos impulsa la cercanía del año 2000, un año de gracia muy especial. Debemos llegar preparados a la cita del año 2000. Este jubileo renueva la alegría por el asombroso acontecimiento que tuvo lugar hace dos mil años, cuando Dios se hizo hombre, se convirtió en el «Dios con nosotros», en nuestro amigo y compañero de viaje. Jesús resucitado sigue estando con nosotros; sale al encuentro de nuestro deseo de salvación y de redención.

Vosotros, jóvenes de las parroquias, asociaciones, movimientos y grupos cristianos, esforzaos por profundizar el misterio de su persona. Preguntaos quién es Jesús para vosotros, que quiere de vosotros, que buscáis y encontráis vosotros en el. Y, mientras os convertís a él continuamente, proponedlo a aquellos amigos vuestros a quienes tal vez nadie lo ha anunciado, o que lo han conocido y luego lo han abandonado.

6. Pero ¿cómo actuar? Vuestro primer compromiso es el de vuestra formación de cristianos: lograr un conocimiento vivo de Jesús, hacer en la fe una experiencia de él por la oración, la escucha de su palabra, la catequesis sobre los fundamentos del Credo y el servicio a los hermanos necesitados. Entablad con todos un diálogo sincero, compartiendo las inquietudes, los problemas y las alegrías que todos los jóvenes tienen en común. Mostradles, con la vida más que con las palabras, la grandeza del don de Dios que habéis recibido y que ha transformado vuestra existencia.

Con ellos, también, aprended a trazar proyectos de vida inspirados en el Evangelio. En efecto, Jesús entra en todos los aspectos de la existencia y en la vocación de cada uno; pide una conducta consecuente en la experiencia del amor humano, en la escuela, en la universidad, en el trabajo, en el voluntariado, en el deporte y en todos los demás campos de la vida diaria. Da sentido a la alegría y al dolor, a la salud y a la enfermedad, a la pobreza y a la riqueza, al vivir y al morir.

Por esto, haceos compañeros de camino de todos los jóvenes que viven en Roma, conservando siempre la convicción de que sólo la verdad de Cristo puede responder a los deseos del hombre, salvarlo, comunicarle la vida eterna.

7. Queridos jóvenes de Roma, sed los apóstoles de la Roma joven. Que todo joven, después de haber tenido contacto con vosotros, se tenga que preguntar: «Señor, ¿a quién iremos? Tu tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Esta ciudad tiene raíces cristianas. No dejéis que vuestra Roma, la Roma del año 2000, sea menos cristiana que la de los siglos que han precedido el inicio del tercer milenio. Anunciad a vuestros coetáneos el Evangelio de Jesús, Palabra siempre nueva y joven que continuamente renueva y rejuvenece a la humanidad. Emplead para esto todos los medios y ocasiones. Testimoniad la fe donde haya jóvenes como vosotros. Sabed ser críticos, cuando sea preciso, con respecto a la cultura en la que crecéis y que no siempre esta atenta a los valores evangélicos y al respeto del hombre.

Si vuestra vida esta orientada por Cristo, la cultura y la sociedad serán más cristianas, porque vosotros mismos las habréis cambiado, al menos en parte. En efecto, las opciones de vida, la conducta, las acciones de cada uno contribuyen a construir una sociedad y una cultura. Esforzaos para que la cultura cristiana se transforme cada vez más en la cultura de los jóvenes. Animad la cultura con vuestra creatividad.

8. En este encuentro han participado un director artístico, un deportista, bailarines, cantantes, representantes de muchos ambientes en que es necesario estar presentes como cristianos, para ser signos visibles y no mimetizados de Jesús A vuestra creatividad, queridos jóvenes romanos, confío la tarea de pensar y realizar las formas mas adecuadas para anunciar el Evangelio en nuestra ciudad.

Este es el compromiso que he llamado misión ciudadana, para la que toda la ciudad de Roma se esta preparando. Juntos, los jóvenes y los menos jóvenes anunciaremos el Evangelio de Cristo a nuestra ciudad. Para este acto de amor hacia Roma cuento con vosotros, con vuestras energías, con vuestra creatividad y vuestra capacidad de trabajar juntos por una misión común.

Que juntos para evangelizar sea el lema de vuestros programas. Juntos como Iglesia de Roma que, con la riqueza de dones diversos, debe proclamar el Evangelio en la comunión y con valentía, sin avergonzarse del testimonio que ha de dar del Señor (cf. 1 Tm 1, 8). De este anuncio depende el futuro de esta Ciudad, vuestro futuro.

Después de haber anunciado el Evangelio que se comunica de corazón a corazón de persona a persona, acompañad seguid y acoged, en comunidades abiertas y disponibles; a quien se acerque a la fe. Cread centros, lugares de acogida para caminos de fe personales, donde puedan encontrar respuesta, las preguntas que un joven se plantea antes de decir sí al Señor en la Iglesia. Por ello quiero recordar que en 1983, Año santo de la Redención, encomendé a los jóvenes un lugar cercano a San Pedro también con esa finalidad: el Centro San Lorenzo. Hoy lo encomiendo a vosotros. Haced que, con vistas al ano 2000, se convierta en un lugar de acogida de los jóvenes que buscan al Señor en esta ciudad, para integrarlos luego en los grupos ya existentes en las parroquias, las asociaciones y los movimientos. Asimismo, cread otros centros semejantes en toda la Ciudad. Será un gran servicio a la causa de la evangelización.

9. Queridos jóvenes de Roma, gracias por este encuentro; gracias por vuestras palabras y vuestros cantos; gracias al cardenal vicario, al cardenal Pironio, que preside el Consejo pontificio para los laicos, al cardenal Canestri, a los obispos auxiliares de Roma, y a todos los presentes.

Gracias, sobre todo, a vosotros porque estáis aquí pero no para quedaros aquí, sino para ir por los caminos de Roma a llevar la alegría que brota de Cristo. No os quedéis encerrados en vuestros grupos. Salid de ellos para que os encontréis como cristianos. Sed misioneros para que podáis gustar la belleza del Evangelio, que también hoy es capaz de convertir los corazones y cambiar el mundo, de dar a todos razones de vida y de esperanza. El compromiso que os encomiendo es grande; perseverad, no os desalentéis ante las dificultades.

Os acompañe el Señor Jesús y os proteja la celestial Madre de Dios, a la que Roma invoca come Salvación del pueblo romano. Os aseguro un recuerdo constante en mi oración mientras de corazón os bendigo a todos.

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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