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DISCURSO EL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS OBISPOS FRANCESES DE LA REGIÓN DE ILE-DE-FRANCE
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Sábado 5 de abril de 1997

 

Señor cardenal;
queridos hermanos en el episcopado:

1. Os doy la bienvenida, pastores de Ile-de-France. Me alegra acogeros en este tiempo de Pascua, durante vuestra peregrinación ad limina Apostolorum. Vuestro gesto manifiesta nuestra comunión en Cristo, para servir a la Iglesia fundada sobre las columnas que son los Apóstoles y que cada día procura ser más fiel a la misión confiada al colegio de los Apóstoles bajo la guía de Pedro.

Agradezco, ante todo, al cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, la presentación de vuestra región apostólica. Y quisiera saludar a monseñor Olivier de Berranger, que acaba de suceder en Saint-Denis en Francia a monseñor Guy Deroubaix, y le aseguro mi oración por su nuevo ministerio pastoral. Acojo también con placer, junto con los obispos residenciales de Ile-de-France, a monseñor Michel Dubost, ordinario militar de Francia y responsable de la preparación de la Jornada mundial de la juventud.

Hace más de treinta años las antiguas diócesis de París, Versalles y Meaux se reestructuraron con la creación de cinco nuevas diócesis, que ahora tienen su fisonomía propia. Esto no impide una colaboración orgánica entre vosotros en diversos niveles, muy oportuna para el dinamismo de las comunidades cristianas, pues los recursos de los diferentes sectores son, de hecho, bastante desiguales, sobre todo por lo que concierne a los agentes pastorales. A ejemplo de otras grandes metrópolis del mundo, os sentís inclinados a promover la coordinación más armoniosa posible de la vida eclesial, particularmente necesaria para una población que se desplaza con frecuencia de un lugar a otro del territorio. Soy consciente de la amplitud de vuestras tareas en esta importante región activa y llena de contrastes, donde son evidentes tanto las aportaciones positivas como las dificultades de la sociedad actual.

2. En la perspectiva del gran jubileo de la Redención, acontecimiento que interesa a toda la Iglesia, haciéndome eco de diversas orientaciones propuestas en la carta apostólica Tertio millennio adveniente, quisiera hoy subrayar algunos aspectos que deberán caracterizar vuestro ministerio. Estamos en el primero de los tres años de preparación. En París y en las demás diócesis de la región, su punto culminante será la Jornada mundial de la juventud, que os agradezco haber acogido y estar preparando con entusiasmo. Dadles las gracias en mi nombre a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los laicos y, muy especialmente, a los jóvenes de todo vuestro país, que trabajan con empeño para que se desarrolle bien ese encuentro mundial de la juventud; conozco los esfuerzos que realizan actualmente por el éxito de ese fuerte tiempo espiritual. Transmitidles la confianza del Papa, que se alegra de viajar a París para alentar a quienes están llamados a construir la Iglesia del próximo milenio.

Ese encuentro, como he dicho en el Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XII Jornada mundial, formará «un icono vivo de la Iglesia». Bajo el signo de la cruz del Año santo, que recibirán los jóvenes de las diócesis de toda Francia, las miradas convergerán hacia Cristo. Como respuesta a los interrogantes de muchos jóvenes, que vuelven a hacerse a su modo la pregunta que plantearon los dos primeros discípulos: «Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1, 38), el Señor les renovará intensamente su invitación a seguirlo y a verlo, a permanecer con él y descubrirlo cada vez mejor en su Cuerpo, que es la Iglesia. En este itinerario con Cristo, los jóvenes verán que sólo él puede colmar sus aspiraciones y darles la felicidad verdadera.

Mediante la organización de la Jornada mundial, permitiréis a los pastores y a los fieles de Ile-de-France y de todo vuestro país hacer una experiencia viva de la comunión de la Iglesia, a través de sus miembros de las generaciones más jóvenes. De hecho, una de las llamadas del gran jubileo para el que nos estamos preparando es precisamente la llamada al diálogo entre los fieles de las diferentes naciones, las diferentes espiritualidades y las diferentes culturas. En este mundo donde se desarrollan tanto las comunicaciones, ¿no es necesario que los miembros de la Iglesia universal se conozcan mejor y progresen en la cohesión, puesto que «todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo»? Y san Pablo añade: «Así también Cristo» (1 Co 12, 12). Sabemos que el Apóstol de las naciones apoya su exhortación a la unidad en la diversidad con la exaltación de la caridad, el más grande de los dones de Dios (cf. 1 Co 13, 13).

3. El jubileo «quiere ser una gran plegaria de alabanza y de acción de gracias sobre todo por el don de la encarnación del Hijo de Dios y de la redención realizada por él» (Tertio millennio adveniente, 32). Y el primer año de preparación, centrado en Jesucristo, invita a fortalecer la fe en el Redentor (cf. ib., 42). Es una ocasión providencial para invitar a los fieles a contemplar el rostro de Cristo y redescubrir los sacramentos y los caminos de la oración. Interiorizar los vínculos personales con Cristo es una condición necesaria para acoger la propuesta de vida que encierra el Evangelio y que la Iglesia debe presentar. Se trata de adquirir una conciencia cada día más viva de los dones de gracia que encierra el bautismo, y acoger en lo más íntimo de nuestra alma la presencia de Cristo que santifica a quienes han sido «sepultados con él por el bautismo» (Rm 6, 4), para entrar en una vida nueva.

En las orientaciones elaboradas para preparar el gran jubileo, he indicado el bautismo como el primero de los sacramentos que es necesario redescubrir, puesto que es el «fundamento de la existencia cristiana» (Tertio millennio adveniente, 41). Por tanto, conviene que algunos jóvenes reciban el bautismo du Representarán, en cierta manera, a sus hermanos y hermanas que, en todo el mundo, siguen el catecumenado de los adultos, gracias al apoyo de las parroquias, las capellanías y los movimientos de jóvenes. Su presencia y su testimonio estimularán a la mayor parte de los que han entrado en la Iglesia desde su infancia a valorar más los dones que han recibido y su condición de cristianos.

4. No escatiméis esfuerzos para que la acogida de la palabra de Dios se renueve incesantemente: es necesario que los fieles penetren mejor la Escritura, se familiaricen con ella y vivan su mensaje en la lectio divina. En este sentido, hay que alentar las iniciativas tomadas en diversos niveles para superar una lectura de la Biblia demasiado fragmentaria o demasiado superficial, pues permiten que los bautizados entren de manera reflexiva y meditada en la Tradición de la Iglesia, que nos da la Palabra y nos hace conocer la figura de Cristo.

En vuestro ministerio de enseñanza, velad para que la persona de Cristo sea conocida en toda la riqueza de su misterio: el Hijo consubstancial con el Padre, que se hizo hombre para salvar a la humanidad, reconciliarla con Dios (cf. 2 Co 5, 20) y reunirla (cf. Jn 11, 52). Como en otras épocas, la figura de Cristo es objeto de presentaciones reducti- vas, elaboradas en función de corrientes y tendencias que sólo tienen en cuenta una parte de la Revelación auténtica recibida y transmitida por la Iglesia. A veces se desconoce la divinidad del Verbo encarnado, lo cual va acompañado de una cerrazón del hombre en sí mismo; en otros casos, se subestima la realidad misma de la Encarnación, de la entrada del Hijo de Dios en la condición humana histórica, y esto lleva a desequilibrar la cristología y el sentido de la Redención.

Esta presentación a grandes rasgos lleva a subrayar la importancia de la catequesis, como hice en la carta apostólica Tertio millennio adveniente (cf. n. 42). Quisiera alentar de nuevo a todos los que, con generosa disponibilidad, trabajan en la organización y la animación de la catequesis de los niños, de los jóvenes y también de los adultos. Más generalmente, es indispensable desarrollar una pastoral de la inteligencia, de la cultura iluminada por la fe. Vuestros informes hablan de múltiples organizaciones de formación, como la Escuela catedral de París o los diferentes centros diocesanos activos en los mismos campos. La cercanía del gran jubileo debería intensificar estos esfuerzos, para que sea mayor el número de los bautizados dispuestos a testimoniar la riqueza del misterio cristiano. Por otra parte, precisamente con este espíritu se ha propuesto a los participantes en la Jornada mundial de la juventud que sigan una catequesis confiada a algunos obispos de los cinco continentes. De esa forma, desearán proseguir luego la búsqueda en sus diócesis, a fin de adquirir una formación espiritual a la altura de las cuestiones planteadas por sus conocimientos científicos y técnicos (cf. Gaudium et spes, 11-16).

5. El Evangelio no tendría toda su fuerza de experiencia vivida si la Iglesia no estuviera vivificada por el Espíritu Santo; por eso está en el centro de los temas propuestos para el segundo año de preparación del gran jubileo. El Espíritu de verdad, que viene del Padre, da testimonio de Cristo; y el cuarto evangelio añade en seguida: «Pero también vosotros daréis testimonio» (Jn 15, 27). Tanto a los jóvenes como al conjunto de los fieles les corresponde ocuparse de la misión universal que Cristo confió a sus discípulos: misión ardua, desde el punto de vista humano, pero posible gracias a los dones del Espíritu derramados en todo el cuerpo eclesial solidario. Recordáis de buen grado el hecho de que los jóvenes, en el momento de pedir el sacramento de la confirmación, muestran un compromiso real en la fe y en la misión de la Iglesia. ¡Ojalá que reciban de sus pastores y de sus comunidades el apoyo necesario para hacer fructificar los dones recibidos y para perseverar en su decisión! La Jornada mundial, al igual que la preparación del jubileo, pueden ser verdaderas piedras miliares en el camino de los jóvenes que toman el testigo de la misión eclesial.

6. El jubileo será un tiempo privilegiado de conversión. Debemos lograr que nuestros hermanos y hermanas cristianos, al igual que todos nuestros contemporáneos, comprendan mejor que el mensaje cristiano es una buena nueva de liberación del pecado y del mal y, al mismo tiempo, un fuerte llamamiento a volver a elegir el bien. Es necesario dar gracias por el amor misericordioso del Padre, siempre dispuesto a perdonar. Parece que, según el modo de pensar de muchos, con frecuencia no se comprende bien el camino de la penitencia, porque en cierta manera se lo aísla de la doble e inseparable ley positiva del amor a Dios y al prójimo, e igualmente porque se cuenta demasiado con el esfuerzo humano por progresar y, por otra parte, porque no siempre las personas están dispuestas a reconocer el alcance real de su responsabilidad en los actos realizados. La verdadera conversión es don gratuito de Dios, acogido con alegría y acción de gracias, y con la decisión de hacer que nuestra existencia sea conforme con la condición de hijos de Dios que el Redentor nos adquirió. Si se conociera mejor el sentido cristiano de la penitencia, el sacramento de la reconciliación no sufriría el desinterés que constatamos, y nuestros contemporáneos se afianzarían en la esperanza.

El redescubrimiento del amor benévolo de Dios, en lo más íntimo de las conciencias, cobrará todo su sentido si el jubileo es también el tiempo del amor a los pobres y a los más necesitados, de una renovación en profundidad de las relaciones sociales. El sentido tradicional del año jubilar implica una renovación de las relaciones entre las personas en toda la sociedad; sería necesario hacer comprender a todos que esta etapa de nuestra historia es una ocasión privilegiada de reconciliación y que nos lleva hacia una mejor convivencia en el futuro. Nuestra memoria común tiene que aclararse y purificarse; es decir, reconociendo con lucidez las debilidades y las faltas de unos y otros, y liberándonos de antiguos gérmenes de división o incluso de rencores, podremos responder mejor a los desafíos de nuestro tiempo. En el mundo actual, hay mucho que hacer para construir la paz, promover la distribución de los bienes de la creación, y asegurar el respeto a la vida y a la dignidad de la persona. Estos aspectos deberían presentarse claramente en la cercanía del nuevo milenio.

7. Los pastores y los fieles, animados por el amor a la humanidad, tienen que descifrar las expectativas del mundo actual, con sus dudas y sus sufrimientos. No se puede anunciar la buena nueva sin captar las necesidades profundas de las personas, sin reaccionar contra las fracturas que afligen a la sociedad. En pocas palabras, ante una civilización en crisis, a la que la secularización aparta de sus raíces espirituales, es necesario responder con la edificación de la civilización del amor (cf. Tertio millennio adveniente, 52). Debemos proponer especialmente este objetivo a los jóvenes que asumen su responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad; confirmados en la esperanza, estarán dispuestos a caminar con Cristo al lado del hombre de hoy, haciendo que reconozca su presencia mediante su testimonio.

Estos propósitos esenciales suponen que el diálogo permanece abierto a las diversas corrientes de la sociedad. En los intercambios sinceros, más allá de las polémicas, se podrán discernir los signos de esperanza de la época. Y para que estos intercambios den todos sus frutos, conviene preparar a los cristianos para realizarlos de modo claro, firmes en su fe y, a la vez, animados por la comprensión hacia quienes no la comparten o la rechazan. Es preciso que sepan dar las explicaciones necesarias ante las presentaciones reductivas del cristianismo, que se producen frecuentemente. Han de procurar expresar constantemente de manera positiva el sentido cristiano del hombre en la creación, el mensaje de la esperanza, y las exigencias morales que derivan de la fe; deben hacer penetrar el espíritu evangélico en el orden temporal (cf. Apostolicam actuositatem, 5). Los pastores y los laicos tienen que proseguir sus esfuerzos para analizar a fondo los problemas, en diálogo con las personas, y también con la opinión en la que influyen los medios de comunicación. En este orden de ideas, la carta de los obispos a los católicos de Francia, Proponer la fe en la sociedad actual, será una guía particularmente útil.

8. Como dije el año pasado al Comité que prepara el gran jubileo, «la renovación apostólica que la Iglesia quiere realizar con vistas al jubileo implica el redescubrimiento auténtico del concilio Vaticano II» (4 de junio de 1996, n. 5: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de junio de 1996, p. 7), con fidelidad y apertura, y con una actitud constante de escucha y discernimiento de los signos de los tiempos. El Concilio ha dado una «significativa ayuda a la preparación de la nueva primavera de vida cristiana que deberá manifestar el gran jubileo» (Tertio millennio adveniente, 18). Nos ha dado el ejemplo de una actitud humilde y lúcida. Nos ha mostrado también la grandeza de la herencia que hemos recibido y que la Iglesia nos transmite, sobre todo gracias al ejemplo de los numerosos santos y mártires que enriquecen nuestra historia hasta nuestros días.

Estamos en el tiempo del diálogo ecuménico fraterno con los cristianos que aspiran a la unidad plena. El deseo de dar nuevos pasos decisivos en el camino de la unidad se hace legítimamente más fuerte; sería un hermoso fruto del jubileo lograr que el conjunto de los fieles se interesara en el movimiento ecuménico. Inspirad y desarrollad lo que ya se hace en este sentido en vuestro país. El diálogo con las demás Iglesias y comunidades eclesiales sólo puede llevarse a cabo si los fieles comparten el espíritu de ese diálogo en las diócesis, las parroquias y los movimientos. El Concilio también ha abierto el camino del diálogo interreligioso con los creyentes de otras tradiciones espirituales: con respeto mutuo y reconocimiento de lo que cada uno tiene de verdadero y bueno, sin confusiones prematuras y mediante una búsqueda exigente de la verdad, unas relaciones interpersonales confiadas permitirán progresar hacia la armonía de la familia humana que Dios ha querido.

9. Queridos hermanos en el episcopado, en el umbral del tercer milenio, guiad al pueblo de Dios en su peregrinación a través del mundo, a ejemplo de Cristo que, mediante su Espíritu, nos lleva al Padre. Debemos destacar especialmente el sacramento de la Eucaristía, memorial auténtico del sacrificio redentor y presencia real de Cristo en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. ¡Que vuestro ministerio de administradores de los misterios de Dios lleve a vuestros diocesanos a celebrar el jubileo como una gran alabanza a la santísima Trinidad, que llama al mundo a dejarse conquistar por su amor!

María, que es para todos modelo de fe vivida, de escucha del Espíritu con esperanza, y de amor perfecto a Dios y al prójimo, acompaña a la Iglesia a lo largo del camino. «Su maternidad, iniciada en Nazaret y vivida en plenitud en Jerusalén junto a la cruz, se sentirá (...) como afectuosa e insistente invitación a todos los hijos de Dios, para que vuelvan a la casa del Padre escuchando su voz materna: "Haced lo que Cristo os diga" (cf. Jn 2, 5)» (Tertio millennio adveniente, 54).

En espera de nuestro gran encuentro de París en el mes de agosto para la Jornada mundial de la juventud, encomiendo vuestro ministerio y vuestras comunidades al Señor, a Nuestra Señora y a los santos patronos de vuestras diócesis. De todo corazón os imparto a vosotros, así como a todos vuestros diocesanos, la bendición apostólica.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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