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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE RITO LATINO DE BIELORRUSIA
EN VISITA «AD LIMINA»


Lunes 7 de abril de 1997

 

Venerado señor cardenal;
amadísimo monseñor obispo de Grodno:

1. «¡Paz a vosotros!» (Mt 28, 9). Al encontrarme con vosotros, hago mío con alegría el saludo de Cristo resucitado. A través de vosotros, lo dirijo a las comunidades eclesiales de vuestro amado país, que están viviendo una providencial primavera, después del invierno de la persecución violenta que se prolongó durante muchos decenios, expresándose en la descristianización sistemática de las poblaciones, y especialmente de los jóvenes, en la destrucción casi total de las estructuras eclesiásticas y en la clausura forzada de los lugares de formación cristiana.

Ante el actual renacimiento espiritual, ¡cómo no dar gracias, ante todo, al Señor, que os ha abierto las puertas de la libertad de culto, si bien aún relativa, y ha movido los corazones para permitir la entrada en vuestro país de jóvenes fuerzas sacerdotales y religiosas, así como la construcción o la restauración de numerosas iglesias y capillas! Esto se ha hecho también gracias a la ayuda solidaria de numerosos hermanos y hermanas esparcidos por el mundo, a los que expreso mi gratitud. Por tanto, damos gracias de corazón a Dios, Padre de bondad, que ha escuchado finalmente el clamor de su pueblo oprimido, y a los numerosos hombres y mujeres de buena voluntad que se han convertido en instrumentos de su solicitud, por la progresiva reconstrucción del entramado comunitario eclesial en Bielorrusia, aun en medio de grandísimas dificultades.

2. A esta obra de reconstrucción «física » y espiritual de vuestra patria siguió, ya hace tres años, el reconocimiento estatal como persona jurídica de la archidiócesis de Minsk-Mohilev y de la diócesis de Pinsk, mientras se han hecho visibles paulatinamente los vínculos con la Sede apostólica mediante el nombramiento y la presencia «in loco» de un representante pontificio, signo de mi particular solicitud y de mi amor a vuestra Iglesia local y a toda Bielorrusia.

Confío en que se seguirá avanzando por el camino ya emprendido, en conformidad con lo que se ha establecido y prometido en los acuerdos bilaterales, con los reconocimientos jurídicos y los reglamentos administrativos, tanto en favor de quienes, aun no siendo ciudadanos bielorrusos, prestan actualmente su generosa obra apostólica en el país, como de los institutos de religiosos y religiosas que desean abrir casas en el territorio.

También en Bielorrusia la Iglesia católica quiere ser un signo de esperanza para quienes gastan sus energías con vistas a un futuro mejor de paz y reconciliación para todos. Son dignos de aliento y apoyo el esfuerzo de estructuración pastoral de la diócesis de Grodno y el compromiso del Sínodo diocesano de Minsk-Mohilev y de Pinsk.  

3. Venerados hermanos en el episcopado, contemplando vuestro fervor y el de los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, no se puede menos de mirar con confianza responsable hacia el futuro. Que os sostenga la certeza del amor de Dios, que dirige las vicisitudes de los hombres y tiene en sus manos el destino de la historia. Os guíe la Virgen María, a quien vuestro pueblo venera y ama especialmente en el santuario de Budslav.

Animado por esta certeza, quisiera detenerme ahora a considerar con vosotros algunas graves cuestiones sociales y religiosas, que habéis querido presentar al Obispo de Roma en vuestros informes quinquenales, preparados para esta visita «ad limina Apostolorum».

Os preocupa la situación cultural, social, económica y política de vuestro país, que se presenta difícil e inestable; os angustia, asimismo, el progresivo empobrecimiento de amplios sectores de la sociedad, que despierta en algunos una peligrosa nostalgia del pasado.

Prestáis constante atención a estos problemas, dispuestos a dar todo tipo de contribución útil para su solución. Sin embargo, vuestra preocupación se centra especialmente en las «emergencias » religiosas, que habéis puesto de relieve durante los coloquios de estos días. Ante todo, os empeñáis en la atención y la formación de los sacerdotes, que animan a los laicos y a las comunidades cristianas en su renovación espiritual. Les doy las gracias, porque su ministerio es particularmente duro, y soy muy consciente de ello.

En efecto, después de tantos años de abandono, el ambiente en que trabajan es, con frecuencia, hostil; el campo que hay que arar está lleno de zarzas y espinos. En general, los fieles están dispersos en zonas muy vastas y todavía tienen miedo. La soledad de los sacerdotes a veces es difícil de soportar, ya que, frecuentemente por necesidades pastorales, viven lejos unos de otros. También hay entre ellos poca homogeneidad en su origen, formación, experiencia de vida y mentalidad.

Amadísimos sacerdotes, consciente de vuestras dificultades, me dirijo a vosotros con afecto, os abrazo y os repito la exhortación que dirigí al comienzo de mi pontificado romano a toda la Iglesia: «¡No temáis!, ¡abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de octubre de 1978, p. 4). El Señor Jesús ha vencido al mundo (cf. Jn 16, 33) y, junto con él, vosotros ya habéis vencido también.

Amados hermanos en el episcopado, no necesitáis que os recomiende amar a vuestros sacerdotes y sostenerlos con la oración y cercanía, con la palabra y también con ayuda material, porque ya lo hacéis con generosa entrega. Sólo quiero exhortaros a perseverar. Proseguid la buena tradición de las reuniones mensuales del clero. El encuentro del obispo con los sacerdotes es siempre una ocasión providencial de fraternidad y crecimiento espiritual. Seguid apoyando a los presbíteros en su esfuerzo ascético personal y en su formación permanente, inspirándoos en las indicaciones del concilio Vaticano II para la necesaria actualización. Que ninguna dificultad os desanime o frene vuestro entusiasmo apostólico.

4. Al hablar de la formación, no sólo me refiero a la permanente, destinada a los presbíteros, sino también a la preparación de los candidatos al sacerdocio. ¿Acaso no es éste el problema más urgente? Discernir a los llamados, cultivar su vocación y seguir su itinerario formativo es un compromiso del que depende el futuro de la Iglesia en el país. Es necesario preparar a sacerdotes que, gradualmente, tomen el puesto de quienes han llegado de otras regiones y han estado trabajando con tanta generosidad entre vosotros durante estos años. Habrá que hacer el mismo esfuerzo en favor del seminario interdiocesano de Grodno, recién renovado, para que así, poco a poco, puedan guiarlo superiores y profesores originarios del país. Ciertamente, por el momento no es fácil la formación de los sacerdotes, llamados a ser «homines Dei et hominum», porque aún se sienten fuertemente las consecuencias del «homo sovieticus», modelado durante decenios de régimen ateo. A este respecto, no os dejéis llevar por el desaliento. Contad, más bien, con la gracia sanante de Cristo, con la generosidad que brota de una vocación de amor total y oblativo, y con la obra espiritual y pluridisciplinar de los educadores.

«La mies es mucha y los obreros pocos » (Mt 9, 37), nos recuerda Jesús en el Evangelio. En espera de los frutos del actual esfuerzo formativo, mirad a vuestro alrededor y llamad con insistencia a la puerta de otras Iglesias particulares, para obtener sacerdotes, religiosos y religiosas de diversa proveniencia, considerando también la actitud del Gobierno a este respecto.

Además, en el campo de la vida religiosa, os ha de brindar luz para el camino y consuelo en las dificultades la exhortación apostólica Vita consecrata, que manifiesta de manera muy precisa la estima de la Iglesia por la vida consagrada, por lo que es en sí misma y por el sentido eclesial que debe tener quien sigue más de cerca a Cristo.

5. Otro aspecto del trabajo pastoral que quisiera poner de relieve es el apostolado con los «intelectuales», es decir, con quienes trabajan en los diferentes campos de la cultura. Se trata de una tarea que no hay que descuidar, aunque sé bien que la prioridad que habéis establecido es la atención a la juventud y la familia. En efecto, todo parece ser prioritario si se considera, por una parte, el colapso ético de la sociedad y, por otra, la mentalidad «soviética», aún presente en el hombre común.

Es necesario programar una acción de nueva evangelización audaz y adecuada a las nuevas situaciones históricas y sociales del momento actual. Dedicaos de forma incansable a esta acción evangelizadora, especialmente teniendo en cuenta la gran cita histórica del jubileo del año 2000.

La nueva evangelización no puede prescindir de una valiente acción de promoción humana, con tal de que se oriente al servicio de todo hombre y de todo el hombre. A este respecto, la actividad que realiza la Cáritas puede dar una contribución significativa. Mientras me alegro con vosotros porque se ha establecido, al menos como estructura central, en las tres diócesis bielorrusas, espero que pueda desarrollarse mediante organizaciones y obras, beneficiándose, sobre todo, de la ayuda de seglares honrados y fervorosos, competentes y sensibles ante las necesidades de los niños, los enfermos, los pobres, los ancianos y de quienes buscan una preparación adecuada para la vida.

6. No puedo concluir este encuentro sin recordar que en Bielorrusia el diálogo con nuestros hermanos y hermanas ortodoxos se verá facilitado por el hecho de que los católicos pueden decir como ellos: «También nosotros somos de aquí». Es evidente que la presencia y el apostolado de la Iglesia no son «proselitistas » ni «misioneros», según la connotación negativa que tienen a veces estos términos en el ambiente ortodoxo. Los sacerdotes están presentes como pastores de la grey, para responder a las necesidades de asistencia espiritual que todo creyente tiene derecho a recibir.

Procurad, pues, entablar sobre todo el diálogo de la caridad con quienes pertenecen a otras religiones, o no pertenecen a ninguna. Preocupaos, ante todo, por tener relaciones fraternas con aquellos a quienes os unen, aunque en una comunión aún imperfecta, los valores del Evangelio, las bienaventuranzas, el padrenuestro, la piedad mariana, los mismos sacramentos, la misma sucesión apostólica y el amor a la Iglesia, que encuentra su icono en el misterio de la santísima Trinidad.

Es legítima la colaboración con ellos y con sus pastores en iniciativas humanas, culturales, caritativas y religiosas, en la medida en que no lo impidan razones de fidelidad al «depositum fidei», aunando siempre prudencia y valentía.

Dado que para los fieles de rito greco-católico en el territorio bielorruso no hay actualmente una jerarquía constituida, deseo aprovechar esta oportunidad para saludarlos y bendecirlos, y asegurarles que sus alegrías y tristezas, sus angustias y esperanzas, así como las de los amadísimos fieles de rito latino son también las mías, al igual que las de toda la humanidad (cf. Gaudium et spes, 1).

A vosotros, y a las poblaciones encomendadas a vuestra solicitud pastoral, imparto mi afectuosa bendición.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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