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VIAJE APOSTÓLICO A SARAJEVO

CEREMONIA DE BIENVENIDA EN EL AEROPUERTO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado 12 de abril de 1997

 

Señores miembros de la presidencia de Bosnia-Herzegovina;
representantes de gobiernos y organizaciones internacionales;
venerados hermanos en el episcopado;
amadísimos hermanos y hermanas:

1. Al llegar a Bosnia-Herzegovina, mi primer pensamiento se dirige a Dios, que me ha permitido realizar hoy el deseo largamente acariciado de hacer esta peregrinación. Finalmente puedo estar aquí con vosotros, miraros y hablaros, después de haber compartido desde lejos, con gran pena, vuestros sufrimientos durante el triste período del reciente conflicto.

Quisiera abrazar a todos los habitantes de esta región tan probada y, en particular, a los que han perdido prematuramente algún ser querido, a cuantos llevan en su carne los estigmas que la guerra les ha dejado, y a los que han tenido que abandonar sus casas durante estos largos años de violencia. Que estas personas sepan que tienen un lugar privilegiado en el corazón del Papa. En mis intervenciones para favorecer la paz en este país, me ha guiado la preocupación por garantizar el respeto a todo hombre y a sus derechos, sin distinción de pueblo o religión, interesándome, sobre todo, por los más pobres y necesitados.

Al entrar en la ciudad de Sarajevo, deseo dirigir ante todo un saludo deferente a los señores miembros de la presidencia, a quienes agradezco la invitación que me han hecho, la acogida que me han dispensado y la hospitalidad que ahora me ofrecen. Mi pensamiento se dirige, asimismo, a los tres pueblos que constituyen Bosnia-Herzegovina —croatas, musulmanes y serbios—, a los que me alegra poder testimoniar, ya desde el primer instante de mi presencia en su tierra, mi profunda estima y mi cordial amistad.

2. Aprovecho con gusto la ocasión de este contacto directo con las autoridades supremas de Bosnia-Herzegovina, para alentar cordialmente a cada uno a proseguir por el camino de la pacificación y de la reconstrucción del país y de sus instituciones. No se trata sólo de reconstrucción material; es necesario proveer, ante todo, a la reedificación espiritual de los corazones, en los que la furia devastadora de la guerra a menudo ha resquebrajado y, tal vez, comprometido los valores en los que se funda toda convivencia civil. Es necesario volver a comenzar precisamente desde los fundamentos espirituales de la convivencia humana.

¡Nunca más la guerra!, ¡nunca más el odio y la intolerancia! Es lo que nos enseña este siglo, este milenio que ya está a punto de concluir. Con este mensaje me dispongo a comenzar mi visita pastoral. Es necesario sustituir la lógica inhumana de la violencia con la lógica constructiva de la paz. El instinto de venganza debe dar lugar a la fuerza liberadora del perdón, que ponga fin a los nacionalismos exasperados y a las consiguientes controversias étnicas. Como en un mosaico, es indispensable garantizar a cada componente de esta región la salvaguardia de su identidad política, nacional, cultural y religiosa. La diversidad es riqueza, cuando se transforma en complementariedad de esfuerzos al servicio de la paz, para la edificación de una Bosnia-Herzegovina verdaderamente democrática.

3. Saludo, asimismo, con respeto y amistad a todas las autoridades diplomáticas, internacionales, civiles y militares aquí reunidas. Con mi visita deseo expresar mi profunda estima a los gobiernos, a las organizaciones internacionales y a las religiosas y humanitarias, así como también a las personas que, durante estos años, han contribuido a derribar en la región el muro de la incomprensión y la enemistad, y a reafirmar los valores del respeto recíproco, para reanudar el diálogo, el entendimiento constructivo y la paz.

Durante los años de la reciente guerra, el aeropuerto de Sarajevo, en el que nos encontramos, ha sido con frecuencia la única puerta de entrada de la ayuda humanitaria. Por esta puerta ahora entro también yo, «peregrino de paz y de amistad», deseoso de servir con todas mis fuerzas a la causa de la paz, en la justicia, y de la reconciliación. A esta nobilísima causa deben consagrar ahora sus mejores energías todas las personas de buena voluntad. La causa de la paz vencerá, si todos saben trabajar en la verdad y la justicia, saliendo al encuentro de las expectativas legítimas de los habitantes de esta región, que, en su variada composición, pueden convertirse en un símbolo para toda Europa.

Al concluir estas breves palabras de saludo, no puedo dejar de rendir homenaje a cuantos han perdido la vida en el cumplimiento de las misiones de paz y ayuda humanitaria promovidas por las organizaciones internacionales, nacionales y privadas. Gracias a su sacrificio la puerta de la paz no se ha cerrado completamente y a las poblaciones inermes y sufridas no les han faltado casi nunca los medios indispensables para sobrevivir y esperar tiempos mejores. Ahora que finalmente se ha alcanzado la paz, comprometerse a conservarla se ha convertido también en un deber de gratitud hacia quienes han muerto por este noble ideal.

Que Dios conceda a Bosnia-Herzegovina, a todas las poblaciones de los Balcanes, de Europa y del mundo que el tiempo de la paz, en la justicia, no termine jamás.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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