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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A UN GRUPO DE PEREGRINOS
DE LA DIÓCESIS FRANCESA DE VANNES


Martes 15 de abril de 1997

 

Queridos amigos:

Vuestra presencia aquí me llena de alegría, porque me traéis a la mente una hermosa jornada de la última peregrinación que hice al pueblo de Dios que está en Francia. Doy las gracias a monseñor François-Mathurin Gourvès, obispo de Vannes, por haberos acompañado hasta aquí, para presentarme a los fieles devotos que colaboraron con empeño y discreción en la perfecta organización de mi visita a la tierra de Bretaña.

Al saludaros muy cordialmente, doy gracias con vosotros al Señor por la fe y la valentía apostólica de todos los que os llevaron el Evangelio hace tantos siglos, de los que lo inculturaron y lo fortificaron. Y, como dije el 20 de septiembre, «Nos dirigimos a santa Ana, que se apareció a Yves Nicolazic» y le dijo: «No temas. (...) Dios quiere que yo sea venerada en este lugar» (Homilía en Sainte Anne d’Auray, n. 3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de septiembre de 1996, p. 8). Sí, santa Ana veló para que los bretones y los fieles del oeste de Francia se unieran en la alegría, bajo la luz de Dios, bajo el sol.

Gracias a vuestro paciente trabajo, las parroquias y los movimientos de la diócesis pudieron manifestar su hermosa vitalidad. Os saludo hoy como los testigos de los laicos que «cada vez en mayor número se comprometen en la animación de la comunidad cristiana y en las estructuras de la vida pública y social » (ib., 4). Como vuestros padres, «sed constructores de la Iglesia en las nuevas generaciones» (ib.).

¿Y cómo no recordar el magnífico encuentro de las familias que realizasteis en el marco impresionante del «Parc du Memorial», muy cerca de la basílica de Santa Ana? Mi pensamiento se dirige a esos padres y esos hijos tan numerosos y alegres, y también a quienes afrontan con valentía alguna discapacidad. Espero que las familias cristianas sepan anunciar el evangelio de la vida a las generaciones actuales.

Un grupo de jóvenes se ha unido a vuestra peregrinación a Roma; los saludo con agrado. Queridos amigos, espero encontrarme con vosotros en París, el mes de agosto. Sé que antes acogeréis a numerosos coetáneos que llegarán de otros países. ¡Ojalá que esos encuentros, esas reflexiones y esa gran oración común os afiancen en la fe y os ayuden a preparar vuestro futuro! También a vosotros os repito lo que dije en Santa Ana de Auray: «La Iglesia ha sido enviada a todos los hombres (...) para anunciarles la salvación que Dios les brinda. Todos los cristianos son responsables de esta misión» (ib., 6).

 Gracias, una vez más, por todo lo que hicisteis con competencia, con ocasión de mi visita a Bretaña. ¡Que Dios os bendiga a vosotros y a todos vuestros seres queridos!

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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