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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA CHECA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS ENFERMOS Y LOS RELIGIOSOS


Sábado 26 de abril de 1997

 

Amadísimos enfermos;
queridos religiosos y religiosas;
amados hermanos y hermanas:

1. «Al vencedor le pondré de columna en el santuario de mi Dios» (Ap 3, 12). Este encuentro en la antigua basílica de Santa Margarita, corazón de la archiabadía de Břevnov, constituye un motivo de alegría para mí. En este lugar, lleno de recuerdos, brotó, por decir así, la fuente de la historia religiosa y nacional de vuestra patria.

Este monasterio benedictino, como sabéis bien, está íntimamente vinculado al nombre y a la historia de san Adalberto, que aquí se construyó un refugio y una celda para encontrar, en la vida oculta y en la oración, la fuerza interior necesaria. El monasterio, querido por él y realizado con la ayuda del príncipe premislida Boleslao II, se convirtió en la cuna del monaquismo benedictino en Bohemia y Moravia y en centro de irradiación del cristianismo en esta zona de Europa.

2. Después de diez siglos de su martirio, san Adalberto se nos presenta aún como el vencedor que Dios estableció como sólida columna para sostener vuestra historia cristiana. Su figura de monje, obispo, misionero y apóstol de la Europa centro-oriental sigue actual también hoy, proponiendo a todos un estilo de fidelidad a Cristo y a la Iglesia capaz de llegar hasta el supremo testimonio del martirio.

En la biografía de san Adalberto, escrita por Bruno de Querfurt, se lee que, cuando el santo decidió abandonar el mundo, lo hizo movido por un compromiso preciso: Una cogitatio, unum studium erat: nihil concupiscere, nihil quaerere praeter Christum. «Su único pensamiento, su única intención era no desear ni buscar nada fuera de Cristo» (Leyenda Nascitur purpureus flos, XI).

Y nos ofrece hoy este mismo programa. Lo propone, en particular, a vosotros, hermanos y hermanas, que representáis dos aspectos fundamentales de la vida cristiana: el de la singular identificación con Cristo crucificado a través del sufrimiento y el de la especial consagración a Dios y a la difusión de su reino.

Os saludo a todos con afecto y, en particular, al señor cardenal Vlk, a los obispos y a las demás autoridades presentes, así como al archiabad, a quien agradezco las palabras de bienvenida, y a los monjes benedictinos que nos acogen.

3. Me dirijo ahora a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas enfermos. Con vuestro dolor sois configurados a aquel «Siervo del Señor» que, según las palabras de Isaías, «tomó sobre sí nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores» (Is 53, 4; cf. Mt 8, 17; Col 1, 24).

Vosotros constituís una fuerza oculta que contribuye en gran medida a la vida de la Iglesia: con vuestros sufrimientos participáis en la redención del mundo. También vosotros, como san Adalberto, estáis puestos por Dios de columna en el templo de la Iglesia para que seáis su firme apoyo.

La Iglesia, amadísimos enfermos, os agradece vuestra paciencia, vuestra resignación cristiana, más aún, la generosidad y entrega con que lleváis, a veces de forma heroica, la cruz que Jesús ha puesto sobre vuestros hombros. Estáis cerca de su corazón. Él está con vosotros y vosotros dais de él un testimonio valioso en este mundo pobre en valores, que confunde a menudo el amor con el placer y considera el sacrificio como algo sin sentido.

En este año milenario del martirio de san Adalberto, que es también el primero de la preparación para el gran jubileo del año 2000, y está consagrado a Cristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre, os encomiendo mis intenciones por la Iglesia universal y por la Iglesia que está en vuestra tierra: ofreced vuestros sufrimientos por las necesidades de la nueva evangelización; por la Iglesia misionera, en la que el Señor sigue suscitando también hoy sus mártires, como aconteció con san Adalberto; por los que se han alejado de la fe, y por los que la han perdido. Os pido, además, que oréis por la obra que la Iglesia realiza en este país: por vuestros obispos y sacerdotes; por el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas; y por la causa del ecumenismo. Que san Adalberto, hijo de la nación checa y testigo intrépido de Cristo, infunda en vosotros un ardiente deseo de la unidad plena entre los cristianos.

Pongo todas estas esperanzas en vuestras manos y en vuestro corazón, amadísimos hermanos y hermanas que sufrís. La Virgen de los Dolores, que experimentó el sufrimiento y que os comprende, esté cerca de vosotros como Madre afectuosa.

Y mientras pienso en vosotros, probados duramente en el cuerpo y en el espíritu, quisiera dirigir una apremiante invitación a los responsables de la nación para que sean siempre sensibles y atentos a las situaciones de sufrimiento, presentes en la sociedad actual. Las autoridades civiles y todos los ciudadanos han de interesarse por las exigencias de los enfermos y promover en la sociedad una solidaridad efectiva y constante. El respeto al hombre y a la vida, desde su inicio hasta su fin natural, debe ser el gran tesoro de la civilización de esta tierra.

4. Quisiera dirigirme ahora a vosotros, amadísimos religiosos y religiosas de toda la nación. San Adalberto os muestra a cada uno que es posible conjugar la vida contemplativa con la apostólica, y pone de manifiesto cuán providencial es la vida consagrada para la Iglesia y para el mundo. Vosotros constituís una fuerza viva e indispensable para la comunidad cristiana.

Recuerdo el encuentro que celebré con vosotros hace siete años en la catedral de San Vito. En aquel tiempo salíais de un largo y difícil período de represión, que había obligado a los creyentes, y en especial a vosotros, al silencio. También en los años oscuros habéis sabido dar un gran testimonio de fidelidad a la Iglesia. Los de mayor edad de entre vosotros han experimentado grandes humillaciones y sufrimientos durante las dos terribles dictaduras, la nazi y la comunista. Muchos consagrados fueron recluidos en campos de concentración, encarcelados, enviados a las minas y a trabajos forzados. Pero, aun en esas situaciones, supieron dar ejemplo de gran dignidad en el ejercicio de las virtudes cristianas, como el jesuita p. A. Kajpr, el dominico p. S. Braito y la religiosa borromea Vojticha Hasmandová. Y, como ellos, muchísimos otros.

Ciertamente, esta riqueza de gestos de amor, de sacrificio y de inmolación, sólo conocidos por Dios en su totalidad, han preparado el florecimiento de vocaciones de estos nuevos tiempos de libertad religiosa recuperada.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, el milenario de san Adalberto os interpela directamente y en profundidad. Hombre de cultura y de oración, misionero y obispo, no dejó que se apagara nunca en su corazón la vocación originaria de monje benedictino. Fue un firme baluarte en la defensa del Evangelio.

El Señor quiere poneros también a vosotros de columnas en su santuario espiritual, que es la Iglesia, para la nueva evangelización. En la nueva atmósfera de libertad que se respira y en las profundas transformaciones culturales y de mentalidad, os dais cuenta, tal vez más que en el pasado, de que la vida consagrada encuentra resistencias y dificultades y de que puede parecer difícil y sin motivaciones.

¡No os desalentéis! Comunicad ideales elevados y exigentes a los jóvenes que se acerquen a llamar a la puerta de vuestras casas. Transmitidles la experiencia del misterio pascual en la vida religiosa de cada día. Vivid intensamente el esplendor del amor, del que brota la belleza de la consagración total a Dios.

En calidad de testigos y profetas de la trascendencia de la vida humana, dejaos interpelar «por la Palabra revelada y por los signos de los tiempos» (exhortación apostólica Vita consecrata, 81), viviendo con radicalidad el seguimiento de Cristo y aspirando con todas vuestras fuerzas a la perfección de la caridad: «Aspirar a la santidad: éste es en síntesis el programa de toda vida consagrada, también en la perspectiva de su renovación en los umbrales del tercer milenio» (ib., 93). No olvidéis que vosotros, hombres y mujeres consagrados, tenéis «una gran historia que construir» (ib., 110).

6. Esta historia de renovada fidelidad a Cristo y a vuestros hermanos debéis escribirla en un mundo con problemas urgentes y concretos, que exigen vuestra generosa contribución. Sabed darla en plena sintonía con el Evangelio y con la inspiración propia de vuestro carisma específico. Vuestra entrega total a Dios ha de irradiar convicciones y valores, capaces de interpelar a vuestros contemporáneos y orientarlos hacia perspectivas plenamente respetuosas del plan de Dios sobre el hombre.

En vuestra acción permaneced siempre en comunión con las directrices de las autoridades eclesiásticas. Sin la Iglesia, la vida consagrada resulta incomprensible. Pero, ¿qué sería la Iglesia sin vosotros, monjes y monjas, almas contemplativas; sin vosotros, religiosos, religiosas y miembros de los institutos seculares y las sociedades de vida apostólica, dedicados al anuncio del Evangelio, a la asistencia a los enfermos, a los ancianos y a los marginados, y a la educación de la juventud en las escuelas? La Iglesia os necesita. En vosotros manifiesta su fecundidad de madre y su pureza de virgen.

Sabed difundir en vuestro entorno el sentido del absoluto de Dios, la alegría, el optimismo y la esperanza. Se trata de realidades que brotan de una vida inmersa en el amor y en la belleza de Dios, y de «no haber buscado nada fuera de Cristo», como hizo san Adalberto.

7. Amadísimos consagrados y queridos enfermos, mientras os deseo a cada uno que sepáis descubrir en la existencia diaria el amor insondable de Dios y captar la abundancia de sus gracias, os encomiendo a todos a la protección maternal de María que, al pie de la cruz, supo confirmar su total abandono a la voluntad de Dios con una adhesión convencida y confiada.

Que la Virgen santísima guíe vuestros pasos en la búsqueda de Cristo. Que él sea el deseo único y profundo de vuestro corazón.

A todos os imparto mi bendición.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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