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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA CHECA

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto internacional de Praga
Domingo 27 de abril de 1997

 

Señor presidente de la República;
señor cardenal y venerados hermanos en el episcopado;
autoridades parlamentarias, gubernativas y militares,
amadísimos hermanos y hermanas:

1. Al partir de vuestra tierra, deseo dar gracias a Dios por el renovado testimonio de fe y afecto que me habéis dado con ocasión de las celebraciones milenarias del martirio de san Adalberto.

Tengo aún en mis ojos y en mi corazón las multitudes que han acompañado mi peregrinación: los jóvenes que llenaron con sus cantos y sus plegarias la plaza mayor de Hradec Králové, y los enfermos, los religiosos y las religiosas, que abarrotaban la basílica de la archiabadía de Boevnov. ¡Cómo no recordar, también, la intensa concentración espiritual que animaba esta mañana la celebración eucarística en la gran explanada de Letná, y la plegaria ecuménica que acabo de realizar con los hermanos de las demás Iglesias y comunidades cristianas en la catedral de los santos Vito, Wenceslao y Adalberto!

A todos doy las gracias con afecto y cordialidad.

2. En particular, deseo manifestarle mi vivo agradecimiento a usted, señor presidente de la República, por la amable y delicada acogida que me ha dispensado durante mi estancia en la República Checa.

Siento, asimismo, el deber de expresar especial gratitud al señor cardenal Miloslav Vlk, a monseñor Karel Otčenášek, obispo de Hradec Králové, y a todos los demás hermanos en el episcopado, por haberme invitado a visitar por tercera vez este país, manifestándome, también durante este viaje apostólico, una comunión fraterna y afectuosa.

Doy las gracias, igualmente, a los sacerdotes y a los agentes pastorales, deseando que el empeño puesto en la preparación y en el desarrollo del milenario del martirio de san Adalberto deje una huella profunda en la historia religiosa de cada una de las Iglesias locales y de la nación entera.

3. Mi saludo afectuoso se dirige también a vosotros, ciudadanos de la República Checa. Las singulares cualidades de vuestro pueblo —la fortaleza de espíritu, la tenacidad, la apertura a los demás, el amor a la paz—, después de haberos ayudado a resistir a una presión ideológica de las más despiadadas del este de Europa, os han permitido lograr en los años recientes espléndidos objetivos de civilización y progreso.

A la vez que me congratulo con vosotros por estas conquistas, os exhorto a poner un empeño especial en promover en vuestro entorno el progreso espiritual. Sólo el pleno desarrollo de las virtudes morales de un pueblo puede garantizar la serena y concorde convivencia de cuantos lo componen.

Este es precisamente el mensaje de san Adalberto, que en tiempos difíciles supo fundar en el primado de Dios y de los valores del espíritu el futuro de vuestra tierra y de otros pueblos de Europa.

Que su testimonio os ayude a dar su justa importancia a las conquistas económicas, pero sin ceder al atractivo engañoso de los mitos consumistas. Asimismo, os debe llevar a reafirmar los valores que constituyen la verdadera grandeza de una nación: la rectitud intelectual y moral, la defensa de la familia, la acogida de los necesitados y el respeto a la vida humana, desde su concepción hasta su ocaso. Ese santo obispo y mártir os recuerda las sólidas raíces espirituales de vuestra nación y os impulsa a conservar con esmero el patrimonio de fe y civilización que, desde la predicación de los santos Cirilo y Metodio, ha llegado de generación en generación hasta vosotros. Ese patrimonio, que se halla presente en las tradiciones populares, en las obras de los filósofos, de los literatos y de los artistas de vuestra tierra, así como en las múltiples expresiones de vuestra cultura, constituye la garantía de vuestra identidad y de vuestro futuro.

4. A vosotros, hermanos y hermanas de la Iglesia católica, peregrina en tierra checa, deseo dirigir un saludo especial, invitándoos a colaborar con todos, leal y desinteresadamente, en la perspectiva del mayor bien de la patria.

El ejemplo de san Adalberto, valiente ante las dificultades y los desafíos de su tiempo y fiel a Cristo hasta el supremo testimonio del martirio, os estimula a comprometeros con generosidad en una renovada obra de evangelización, cuyas premisas necesarias son: el conocimiento profundo de la fe mediante una seria formación bíblica y teológica, la convencida participación en la liturgia y en la vida parroquial, el servicio generoso a los hermanos que padecen necesidad, el diálogo franco y sincero con los cercanos y con los lejanos, y la escucha atenta de las expectativas de las personas de vuestro entorno.

5. Por último, deseo manifestar mi especial aprecio a cuantos con competencia y entrega han trabajado en la preparación y en el desarrollo de esta visita pastoral: a las comisiones episcopales de Praga y de Hradec Králové; a la policía estatal y municipal, así como a todos los que han contribuido al servicio de orden, no siempre fácil; a los oficiales y los pilotos de los helicópteros, a los periodistas y a los operadores de la radio y la televisión, que han seguido con sus crónicas las diversas fases del viaje.

A todos os expreso mi más sincera gratitud.

6. Encomiendo a san Adalberto, gran hijo y patrono celestial de esta tierra, las esperanzas y el futuro de todo el pueblo checo, deseando que las nuevas generaciones sepan ser dignas de la histórica herencia que han recibido.

Os renuevo a cada uno mis deseos sinceros de prosperidad y paz, mientras, invocando la maternal protección de la Virgen María, os bendigo a todos con afecto en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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