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XII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES PARA LA MEDITACIÓN DEL VÍA CRUCIS
Viernes 22 de agosto
de 1997
A monseñor
JAMES FRANCIS STAFFORD
Presidente del Consejo pontificio para los laicos
1. “Maestro, ¿dónde vives?”. Amadísimos jóvenes, esta tarde
habéis seguido a Cristo mientras avanza por el camino de su pasión. Elevad
vuestra mirada hacia el rostro de Aquel que viene a vuestro encuentro y os
llama. ¿A quién buscáis en este Jesús, marcado por el dolor, “tan desfigurado
que ya no parece un hombre”? (cf. Is 52, 14). Es el Siervo de Dios, el Hijo del
Altísimo, quien, llevando nuestros dolores, se hizo siervo del hombre.
¡Contempladlo, escuchadlo en su situación de sufrimiento y de prueba! En él, que
experimentó la debilidad humana en todo, excepto en el pecado, encontraréis la
curación de vuestros corazones.
A través de la debilidad de un hombre humillado y despreciado,
Dios nos manifestó su omnipotencia. Jesús, el Inocente, aceptando libremente ir
hasta el fondo en la obediencia a su Padre que lo había enviado, se hizo testigo
del amor ilimitado que tiene Dios a todo hombre. El misterio de nuestra
salvación se realiza en el silencio del Viernes santo, en el que un hombre
abandonado por todos, llevando en sí el peso de nuestros sufrimientos, se
entrega a la muerte en una cruz, con los brazos abiertos, en un gesto de acogida
de todos los hombres. No hay prueba de mayor amor. ¡Misterio difícil de
comprender, misterio del amor infinito! Misterio que inaugura el mundo nuevo y
transfigurado del Reino. En esa cruz el mal fue vencido; de la muerte del Hijo
de Dios hecho hombre brotó la vida. Su fidelidad al designio de amor del Padre
no fue en vano, sino que lo llevó a la resurrección.
2. La morada de Cristo sufriente sigue presente aún hoy entre
los hombres. Para revelar su poder, Dios sale a nuestro encuentro en lo más
profundo de nuestra miseria. En el hombre probado, herido, despreciado y
rechazado, podemos descubrir al Señor que avanza, cargando su cruz, por los
caminos de la humanidad. Queridos amigos, el Crucificado está siempre en vuestro
camino, junto a los hombres que padecen, sufren y mueren. Todos vosotros, que
sufrís y os inclináis bajo el peso, venid a la morada de Cristo; llevad vuestra
cruz con él; presentadle la ofrenda de vuestra vida, y él os aliviará (cf. Mt
11, 28). Junto a vosotros, la presencia amorosa de María, la Madre de Jesús y
vuestra Madre, os guiará y os dará aliento y consuelo.
En un mundo donde parece triunfar el mal, donde parece que a
veces se ahoga la esperanza, en unión con los mártires de la fe, de la
fraternidad y de la comunión, con los testigos de la justicia y de la libertad,
con las víctimas de la intolerancia y del rechazo del otro, con todos los
hombres y las mujeres que, en numerosas naciones desgarradas por el odio o la
guerra, han dado su vida por sus hermanos, haceos prójimos los unos de los
otros, como Cristo se hizo prójimo de vosotros; no desviéis vuestra mirada;
tened la valentía del encuentro, del gesto fraterno, a imagen de Simón de Cirene,
que ayudó a Jesús en su subida hacia el Calvario. Sed artífices audaces de
reconciliación y de paz; vivid, juntos, la solidaridad y el amor fraterno; haced
resplandecer la cruz del Salvador, para anunciar al mundo la victoria del
Resucitado, la victoria de la vida sobre la muerte.
3. Queridos amigos, contemplando la cruz de Cristo, escuchando
en el silencio las palabras que os dirige, descubrid a este Dios que confía en
el hombre, que confía en vosotros y que espera en todos. Os ofrece su fuerza
para hacer crecer las semillas de paz y reconciliación que se hallan en el
corazón de cada uno. Los actos más humildes de caridad y fraternidad testimonian
la presencia de Dios. Esta tarde, congregados como Iglesia, Jesús os invita
también a acoger la mirada de amor que os dirige y a recibir el perdón que os
impulsará a reanudar el camino de la vida. Os llama a presentaros ante su luz,
para entrar en el tiempo de la conversión y la reconciliación. El sacramento de
la penitencia, que os propone recibir, es el sacramento de un amor acogido y
compartido en la alegría de un corazón reconciliado y de los hermanos
reencontrados. Queridos amigos, acoged este amor que transforma vuestra vida y
os abre los horizontes de la verdad y la libertad.
París, 22 de agosto de 1997
JUAN PABLO II
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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