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XII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA CEREMONIA DE DESPEDIDA
EN EL AEROPUERTO DE ORLY


 París, domingo 24 de agosto de 1997



Señor primer ministro:

1. Al término de mi visita a su país, con ocasión de la Jornada mundial de la juventud, quiero expresarle mi gratitud por la acogida que me habéis dispensado y que habéis brindado a los jóvenes de los cinco continentes; agradezco las medidas adoptadas por su Gobierno para asegurar el buen desarrollo de los diferentes encuentros que he presidido. Gracias a ellas también los jóvenes procedentes de todo el mundo han podido descubrir a Francia, tierra de cultura y de acogida. Estoy seguro de que se van fortalecidos en su vida de hombres y mujeres, y confortados en su fe; la experiencia del diálogo y de la fraternidad que han podido realizar, tanto en las diferentes regiones como en París, los llama a comprometerse en su propio país al servicio de sus hermanos. Al mismo tiempo, con su testimonio y su entusiasmo, los jóvenes reunidos invitan a todos nuestros contemporáneos a crear vínculos de entendimiento y de solidaridad.

Mi agradecimiento se extiende a las autoridades civiles y militares, así como a los miembros del servicio de seguridad y a los voluntarios, que no han ahorrado esfuerzos para resolver los numerosos problemas planteados durante la preparación y la realización del encuentro. Doy las gracias, asimismo, a cuantos han contribuido a la belleza y a la dignidad de las celebraciones litúrgicas. Expreso a todos mi más profunda gratitud por su generosidad, su eficacia y su discreción en el cumplimiento de sus misiones; de este modo, han contribuido en gran parte al buen desarrollo y al éxito de estas jornadas inolvidables tanto para mí como para los jóvenes de todo el mundo. También saludo cordialmente a los responsables de las diferentes comunidades cristianas y de las demás confesiones religiosas, que han querido asociarse a este encuentro de la Iglesia católica, deseando que prosiga un diálogo abierto y confiado.

2. Antes de abandonar vuestra tierra, que he tenido ocasión de visitar varias veces desde el comienzo de mi pontificado, y también durante mi juventud, deseo expresar de nuevo mi profunda gratitud al señor cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, y a monseñor Michel Dubost, que se encargó de la preparación de este encuentro, a todo el Episcopado francés, al clero, a los religiosos y religiosas, así como a los laicos de la Iglesia católica que se han movilizado para acoger a los jóvenes y acompañarlos a lo largo de su itinerario espiritual. Doy las gracias, de manera muy especial, a los equipos de jóvenes franceses que, en las diferentes estructuras, han participado en la organización de la XII Jornada mundial de la juventud. Se han puesto al servicio de la Iglesia; ¡ojalá que recojan numerosos frutos espirituales y prosigan su misión cristiana según su vocación propia!

3. Quisiera asegurar a todos los católicos de Francia mi afecto y mi profunda comunión espiritual; los invito a ser, en medio de sus hermanos, testigos de su fe y del amor de Dios, trabajando por una sociedad que aspire a la paz, a la convivencia y a la colaboración de todos, con vistas al bien común. Están convencidos de que, en el seno de una nación que tiene una tradición de fraternidad y libertad, por medio del diálogo, la expresión de diferentes convicciones religiosas debe permitir desarrollar las riquezas culturales y el sentido moral y espiritual de todo un pueblo; además, debe contribuir a la calidad de la vida pública, en particular mediante la atención a los más débiles de la sociedad.

4. Le agradezco que transmita mi profunda gratitud al señor presidente de la República. A través de su persona, señor primer ministro, saludo y doy las gracias a todos los miembros de su Gobierno y a todos los franceses, expresándoles mis mejores deseos de paz y prosperidad.

Renovándole mi gratitud, invoco sobre todos sus compatriotas la abundancia de las bendiciones divinas.

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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