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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL DOCTOR JUL BUSHATI, NUEVO EMBAJADOR DE ALBANIA
ANTE LA SANTA SEDE*


Viernes 5 de diciembre de 1997

 

Señor embajador:

Me alegra acogerlo en su calidad de nuevo embajador de la República de Albania ante la Santa Sede. Mi deferente saludo va, ante todo, al presidente de la República de su país, profesor Rexhep Mejdani. Le ruego que le transmita mi cordial saludo, junto con la expresión de mi gratitud por sus buenos sentimientos, de los cuales usted se ha hecho intérprete.

Como usted acaba de recordar, desde hace algunos años Albania está viviendo una profunda fase de transformaciones sociales. Terminado el duro régimen comunista, el país que usted representa se está abriendo, a través de acontecimientos a veces dramáticos, a una nueva época de democracia e integración en la gran familia de los pueblos de Europa, a la que pertenece no sólo por su situación geográfica, sino sobre todo por su historia milenaria y por su cultura.

Durante los meses pasados he seguido con particular atención y participación espiritual los acontecimientos que han llevado a la actual fase política. Tengo presente continuamente los sufrimientos y las esperanzas de los numerosos ciudadanos albaneses que, impulsados por la necesidad y por el deseo de un futuro mejor, para ellos y para sus seres queridos, dejan su tierra con medios a menudo inadecuados y en condiciones precarias. Mientras formulo votos para que la comunidad internacional se ocupe de un problema tan urgente, a través de medidas inspiradas en la solidaridad y la equidad, deseo asegurar la colaboración efectiva de la Iglesia católica para encontrar soluciones adecuadas a las precarias condiciones en su patria o en otros lugares. Es importante que se aseguren a todos condiciones de vida dignas y justas. A este propósito, deseo hacer mía la exhortación dirigida por los obispos albaneses a Europa, «para que afronte la cuestión de Albania con un compromiso grande y más eficaz».

La reciente crisis, que ha agitado a la República de Albania y ha llegado de modo preocupante al Parlamento, debe hacer que tanto el Gobierno como la oposición sean particularmente solícitos para emprender el camino del diálogo y la colaboración. Hay que evitar la tentación de buscar el enfrentamiento con el adversario político, en primer lugar porque es moralmente inaceptable; pero también porque dicha actitud es siempre perjudicial para la consolidación de una correcta dialéctica democrática y para el desarrollo integral de todos los ciudadanos del país.

Con razón, los obispos, interviniendo muchas veces durante este año, indicaban que el camino para un futuro real de paz y prosperidad consistía en el rechazo del odio y en la reconciliación con Dios y el prójimo. Por eso, han invitado a los albaneses a hacer todo lo posible para restaurar con medios legales un orden público eficiente y restituir a los ciudadanos la seguridad en la vida diaria, también gracias a la confianza recuperada en las instituciones legítimas del Estado. Para alcanzar este objetivo es preciso impulsar todo tipo de esfuerzo, a fin de desarmar lo más rápidamente posible a cuantos poseen ilegítimamente las armas y organizar luego las fuerzas de la policía local y del ejército.

Al proponer estas sugerencias, «no se mueve la Iglesia por ninguna ambición terrena; sólo pretende una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra del mismo Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (Gaudium et spes, 3). La Iglesia participa activamente en la vida social del país, trabajando para que pueda encaminarse hacia horizontes de paz y prosperidad. Esta participación sincera en el destino del pueblo albanés ha sido testimoniada por numerosos misioneros católicos, que durante la reciente crisis política han optado por permanecer en su puesto, a pesar de los peligros y las dificultades. No sólo los católicos, sino también numerosos musulmanes y ortodoxos han reconocido de modo significativo su obra.

El nuevo clima que se ha creado en la República albanesa después del fin de la trágica dictadura comunista ha permitido a la Iglesia católica comenzar una significativa obra de evangelización y promoción humana, a través de la reapertura de las iglesias, la institución de nuevos centros pastorales, la fundación de escuelas y dispensarios, y una red de servicios organizados por Cáritas.

Para que esta acción en favor del pueblo albanés pueda seguir incrementándose, espero que, con el consentimiento de todas las fuerzas políticas, se llegue a la redacción de una nueva Constitución y una legislación adecuada, en la que se ofrezca una base jurídica sólida a las libertades humanas fundamentales, entre las que figura la religiosa.

Es conocido, además, el clima de tolerancia que caracteriza desde siempre la convivencia de ciudadanos de fe diversa en el único pueblo albanés. Este clima hunde sus raíces en una larga tradición de respeto recíproco entre los musulmanes, los ortodoxos y los católicos, que constituyen las tres religiones históricas de Albania. ¡Ojalá que esta valiosa herencia, conservada celosamente, represente una premisa importante para la reconstrucción material y espiritual de Albania!

Con estos sentimientos, al recibir con placer sus cartas credenciales, le deseo que la alta misión que se le ha confiado sea rica en satisfacciones, que el Señor concede siempre a quien sirve generosamente a sus hermanos. Al mismo tiempo, le aseguro un recuerdo constante en mi oración, mientras invoco la bendición de Dios omnipotente sobre usted, señor embajador, sobre los gobernantes de su noble país y sobre todo el pueblo albanés.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 51 p.10 (p.666).

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

  

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