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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS PARTICIPANTES EN EL XXIV CONGRESO NACIONAL
DEL CENTRO ITALIANO FEMENINO


Sábado 6 de diciembre de 1997

 

Amadísimas hermanas:

1. Con ocasión del XXIV Congreso de vuestra Asociación, me agrada acogeros en esta audiencia especial. Saludo cordialmente a vuestra presidenta, la señora María Chiaia, a quien agradezco sus amables palabras, a las participantes en el Congreso y a todas las mujeres que forman parte del Centro italiano femenino.

Os formulo a todas mis mejores votos, acompañados de mi ferviente deseo de que vuestro encuentro, cuyo tema es Mujeres y cultura europea hacia el tercer milenio, favorezca la valoración de la insustituible aportación de la reflexión y de la sensibilidad femeninas a los rápidos procesos que están viviendo Italia y Europa en este último período del segundo milenio.

El compromiso femenino al servicio de la sociedad y de la comunidad cristiana, iluminado por la fe, enraizado en la fuente inagotable de la revelación e injertado en la vida de la Iglesia, puede mostrar válidamente, en las formas apropiadas y para beneficio de todos, el «genio» con que Dios creador ha querido enriquecer a la mujer.

2. Las narraciones evangélicas nos muestran que la actitud de Cristo con las mujeres se inspiró siempre en la afirmación de la verdad sobre su ser y su misión. Con sus palabras y sus obras, Cristo se opuso a todo lo que ofendía su dignidad. Por tanto, el mensaje del Redentor es obra de liberación; verdad que, una vez conocida, hace libres (cf. Jn 8, 32), de modo que quien vive en ella va a la luz (cf. Jn 3, 21).

Lo comprendieron muy bien la Madre de Jesús y las discípulas, que no abandonaron jamás al Maestro, ni siquiera cuando parecía que su vida terrena había concluido con la tragedia de la cruz. Para premiar su fidelidad, Cristo quiso elegirlas como primeros testigos de su resurrección (cf. Mt 28,1-10; Lc 24,8-11; Jn 20, 18).

La sensibilidad característica de la femineidad hizo de las discípulas anunciadoras privilegiadas de las maravillas realizadas por Dios en Cristo (cf. Hch 2, 11), manifestando así la vocación profética que compete a la mujer en la Iglesia y en el mundo. «Entendida así la vocación, lo que es personalmente femenino adquiere una medida nueva: la medida de las "maravillas de Dios", de las que la mujer es sujeto vivo y testigo insustituible » (Mulieris dignitatem, 16). La sensibilidad femenina se transforma en riqueza para la comunidad de los creyentes y en instrumento insustituible para la edificación del humanismo cristiano, que es el fundamento de la «civilización del amor». El papel de la mujer en la sociedad y en la Iglesia

3. Amadísimas hermanas, en virtud de esta vocación específica, la mujer está llamada a ser sujeto activo en los procesos que se refieren, ante todo, a ella misma, como el respeto a su dignidad personal, su igualdad efectiva como trabajadora, la valoración de la aportación cultural y política que puede ofrecer a la vida civil, su papel en el anuncio del Evangelio, y la promoción de las riquezas de su femineidad en los ámbitos social y eclesial.

Pero hay que reconocerle, además, un mayor espacio en los esfuerzos que la sociedad realiza para resolver los problemas que la afectan. En particular, el papel de la mujer es muy importante por lo que concierne a la calidad de la vida y el necesario cuidado del ambiente, la prestación de servicios sociales con atención a las auténticas necesidades de las características específicas de la persona, la humanización de las medidas legislativas relativas a los fenómenos migratorios, la organización del tiempo libre, la protección de la maternidad y de la familia, la afirmación de la preeminencia de la dignidad humana sobre los procesos productivos y económicos, y la educación de las generaciones jóvenes.

4. Esta obra de atenta promoción de las características humanas, espirituales, morales e intelectuales específicas que el genio femenino puede ofrecer a la sociedad contemporánea, se vuelve más urgente aún en la perspectiva del próximo milenio. Se trata de valorar las potencialidades típicas de la mujer, complementarias de los dones con los que Dios ha enriquecido la sensibilidad masculina. Ambos constituyen un complemento recíproco y, gracias a esta dualidad, lo «humano» se realiza plenamente.

Hermanas amadísimas, dejaos guiar y sostener por la fuerza de Cristo redentor; así, viviréis más profundamente la misión que Dios os ha confiado de estar al servicio de la vida por el amor, a imagen de María, «la esclava del Señor» (Lc 1, 38). Esta misión os impulsa a vosotras, mujeres, a ser protagonistas en la humanización de las complejas cuestiones que interpelan o preocupan a la humanidad de nuestro tiempo. Estáis llamadas a ser constructoras de esperanza efectiva, una esperanza que para los creyentes está fortalecida por la gracia del Espíritu Santo, el cual guía y sostiene los esfuerzos en favor de la edificación de una civilización y de una historia cada vez más inspiradas en los valores evangélicos de la justicia, el amor y la paz. Que en este segundo año de preparación del acontecimiento jubilar del año 2000, que acaba de empezar, el ejemplo y la intercesión de la Virgen, mujer dócil que, «esperando contra toda esperanza» (Rm 4, 18), dio al mundo el Salvador, sostengan vuestra obra y la de tantas otras mujeres que, con la ayuda de Dios, quieren y pueden contribuir a la edificación de un mundo mejor.

Con estos deseos, e invocando la abundancia de los favores celestiales sobre vosotras y sobre vuestras amadísimas hermanas que comparten los ideales del Centro italiano femenino, os imparto a todas mi cordial bendición.

 

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