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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL DEFINITORIO
GENERAL DE LA ORDEN DE FRAILES MENORES
Martes 16 de diciembre
de 1997
Amadísimos Frailes Menores:
1. Me alegra acogeros hoy y os
saludo cordialmente a cada uno con las palabras que solía decir san Francisco:
«El Señor os conceda su paz». Os agradezco vuestra visita: habéis venido para
renovar los vínculos de íntima comunión con el Sucesor de Pedro, que el seráfico
padre, en su Regla, quiso que fueran el carácter distintivo de vuestra orden.
Saludo de modo particular al padre
Giacomo Bini, recientemente elegido ministro general, y le expreso mis mejores
deseos para la ardua tarea que se le ha confiado. Saludo también al padre
Hermann Schalück, que ha desempeñado con espíritu de servicio su mandato al
frente de la orden.
Vuestra presencia me ofrece, esta
mañana, la grata ocasión de hacer llegar a vuestros hermanos esparcidos por el
mundo mis sentimientos de agradecimiento por su generoso y provechoso compromiso
de fidelidad a Cristo y de activa evangelización. Vuestro trabajo apostólico,
muy apreciado, se orienta de varias maneras especialmente a la atención de los
pobres y de los más necesitados, siguiendo las huellas de vuestro santo
fundador.
2. El pasado mes de mayo
celebrasteis vuestro capítulo general en el santuario de la Porciúncula, lugar
tan querido para san Francisco, donde recibió la iluminación sobre su vocación y
desde donde comenzó su fecunda obra espiritual y misionera, que generó una gran
renovación en la Iglesia y en la sociedad de ese tiempo. El gesto de reuniros
allí para una acto de fundamental importancia en la vida de un instituto
religioso cobra especial significado pues expresa el deseo de volver a las
raíces de vuestro carisma específico. La Porciúncula, lugar sagrado conocido en
todo el mundo, ha vuelto a ser noticia a causa de las trágicas consecuencias del
reciente terremoto, que ha afectado a las regiones de Umbría y Las Marcas,
dejando en la gente y en los edificios heridas profundas que aún deben sanar.
Hablando de la Porciúncula, ¡cómo
no recordar la famosa invitación que allí recibió Francisco: «Ve, y repara mi
iglesia »! Vosotros, atentos a los signos de los tiempos, queréis captar toda
llamada para intensificar el entusiasmo y la generosidad de vuestro servicio a
la Iglesia con fidelidad inmutable al espíritu de los orígenes. Acogiendo las
inspiraciones del Espíritu del Señor, queréis abriros, en una línea de
continuidad dinámica con vuestra auténtica tradición, a las expectativas y a los
desafíos del presente, para contribuir a guiar a los hombres al encuentro del
Señor que viene.
Ciertamente, son graves los
terremotos que afectan a las estructuras materiales; pero, no conviene olvidar
otros fenómenos, quizá más preocupantes aún, que turban la existencia de las
personas y muestran la ausencia y el vacío de humanidad y de sentido de Dios. Me
refiero aquí a la pérdida del respeto a la dignidad del hombre y a la
intangibilidad de su vida, a la indiferencia religiosa y al ateísmo práctico,
que llevan a que el pensamiento de Dios se aleje del horizonte de la vida,
abriendo el camino a un peligroso vacío de valores e ideales.
Si los desafíos de nuestro tiempo
inducen, por una parte, a mirar con preocupación al futuro, por otra interpelan
con vigor a la comunidad de los creyentes para que los acepte y los afronte con
urgencia. El tiempo es breve, nos advierte la liturgia del Adviento, y es
preciso preparar el camino para el Señor que viene. Este espíritu, típico del
tiempo litúrgico que estamos viviendo, debe animar todas las actividades de los
institutos religiosos.
Deseo ardientemente que ese
espíritu penetre cada vez más intensamente también en vuestra familia religiosa,
llamada a llevar el evangelio de la alegría y del amor a los hombres de nuestro
tiempo. Por eso, la misión que os espera, con vistas al tercer milenio, consiste
en partir nuevamente de vuestros orígenes para intensificar la atención a los
hermanos, promoviendo una acción pastoral actualizada según vuestro carisma. En
el centro de esta ardua renovación apostólica está la escucha de Dios en el
estilo de vida contemplativo típico de san Francisco. Él solía repetir que «el
predicador debe recibir primero en la oración lo que después comunicará en sus
predicaciones». Deseándoos que sigáis fielmente los pasos de vuestro seráfico
padre, invoco sobre vosotros y sobre toda la orden la renovada efusión de los
dones del Espíritu Santo, para que os sostengan y guíen en vuestro servicio a
Cristo y a la Iglesia.
Os deseo a todos una santa Navidad
y un año nuevo lleno de paz y alegría. Con estos sentimientos, os bendigo a
todos.
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Libreria Editrice Vaticana
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