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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL ARZOBISPO DE LUXEMBURGO EN VISITA «AD LIMINA 

Viernes 19 de diciembre de 1997

1. En este momento, en que usted realiza su visita ad limina, me alegra acogerlo en la sede del Sucesor de Pedro. A cada obispo le brinda una ocasión incomparable para fortalecer su ministerio, orando ante las tumbas de san Pedro y san Pablo, y para vivir tiempos fuertes de comunión eclesial, gracias a los diferentes encuentros con los miembros de los dicasterios de la Curia. Que los Apóstoles le obtengan proseguir su misión pastoral en la alegría, con la fuerza yla luz que da el Espíritu Santo.

2. En su relación quinquenal, me ha hecho partícipe de la vitalidad espiritual de la archidiócesis de Luxemburgo. En la perspectiva del gran jubileo y de la nueva evangelización que la Iglesia debe realizar durante el tercer milenio, usted ha comprometido a la comunidad diocesana en un proceso sinodal, titulado Iglesia 2005: en camino con Jesucristo, juntos en favor de los hombres. Así, invita oportunamente a los pastores y a los fieles a contemplar a Cristo y el misterio cristiano, con propuestas de formación, con una acogida siempre renovada de la palabra de Dios, con una profundización de la liturgia y con una vida comunitaria más intensa. En efecto, con ese itinerario espiritual e intelectual todos los miembros del pueblo de Dios acrecientan su fe y se comprometen más decididamente en la misión, cada uno según su carisma y el servicio que le corresponde realizar en la Iglesia y en la sociedad.

3. Le felicito por el trabajo que realizan los sacerdotes, que se dedican a transmitir fielmente el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia, en particular el mensaje conciliar, y a guiar y santificar al pueblo cristiano, para que todos los hombres lleguen a ser discípulos de Cristo. Conozco la importancia y la multiplicidad de sus tareas, especialmente en una época en la que, lamentablemente, se comienza a sentir la falta de sacerdotes. Los exhorto a no desalentarse, y a permanecer vigilantes en la oración y en su vida espiritual. Así, reavivarán el carisma que Dios le ha otorgado por la imposición de las manos (cf. 2 Tm 1, 6), para ejercer plenamente el ministerio que se les ha confiado.

4. Los pastores están llamados a realizar su misión en relación con los laicos, de manera coordinada y sin confusión entre lo que compete al ministerio ordenado y lo que pertenece al sacerdocio universal de los bautizados. «Cada uno, en su unicidad e irrepetibilidad, con su ser y con su obrar, se pone al servicio del crecimiento de la comunión eclesial; así como, por otra parte, recibe personalmente y hace suya la riqueza común de toda la Iglesia» (Christifideles laici, 28). En esta perspectiva, según la cual la riqueza y la diversidad se han de poner al servicio de todos, los sacerdotes están invitados a «reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia» (Presbyterorum ordinis, 9). En los cargos eclesiales que pueden confiárseles en virtud de su bautismo y su confirmación, o en las asociaciones de laicos de las que forman parte, teniendo en cuenta los criterios de eclesialidad que he recordado (cf. Christifideles laici, 30), los fieles saben que no sustituyen al sacerdote o al diácono, sino que colaboran en una obra común: la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, «la evangelización y santificación de los hombres» (Apostolicam actuositatem, 20).

5. Gracias a la colaboración armoniosa de los diferentes servicios diocesanos, usted ha intensificado la formación cristiana de los adultos. Me alegran los esfuerzos realizados en este campo. Estoy seguro de que usted ya contempla sus frutos en el seno de la Iglesia particular, especialmente en la calidad de la liturgia y en la colaboración de los fieles en las diferentes tareas eclesiales. Animo a los laicos a proseguir su participación activa en la comunidad parroquial a la que pertenecen, ya que especialmente en el seno de la parroquia se expresa el legítimo pluralismo de las sensibilidades y de los modos de obrar, y se realizan colaboraciones útiles. En la Iglesia se nos han dado hermanos y hermanas, para que todo contribuya al beneficio de todo el Cuerpo.

También para afrontar las cuestiones morales de nuestro tiempo y renovar el orden temporal, los laicos necesitan profundizar incesantemente el mensaje evangélico. Si lo hacen, estarán mejor preparados para asumir compromisos y responsabilidades al servicio de sus hermanos, en el marco de la sociedad civil, que se construye sobre la base de las normas objetivas de la moralidad (cf. Gaudium et spes, 16). En el mundo moderno, caracterizado por el materialismo y el poder del dinero, la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia es particularmente útil para recordar que el hombre es el centro de la vida social y que el desarrollo de la solidaridad y de la vida fraterna supone «una conciencia cada vez más viva de estas disparidades » entre las personas y «un cambio en la mentalidad y la actitud de todos» (ib., 63). Desde este punto de vista, su archidiócesis desempeña también un papel específico en el seno de la gran Europa. Congratulándome por los importantes esfuerzos que han realizado los fieles de su diócesis en el curso de estos últimos años en el campo de la caridad, los exhorto a proseguir y a intensificar su apoyo a los hombres y a los pueblos que tienen necesidad de su talento y de su ayuda. Así, manifestarán de manera evidente el sentido de la catolicidad, que es la apertura a la universalidad, según el ejemplo de las primeras comunidades cristianas (cf. Rm 16, 25-27).

6. Quisiera expresar mi agradecimiento cordial a los institutos de vida consagrada, cuyo apostolado es muy apreciado. En particular, conviene señalar la importancia de su presencia en la enseñanza, en la que numerosos jóvenes pueden tomar conciencia de su vocación, y en los servicios de la sanidad. Las instituciones de formación de la juventud deben ser objeto de la atención de las comunidades cristianas y movilizar a numerosos adultos, padres, profesores, educadores, sacerdotes y religiosos. Los jóvenes necesitan recibir una educación moral y espiritual adecuada, y se les debe acompañar en la maduración de su personalidad, en la preparación de su futuro y en la realización de su vocación específica, sea el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada. A este propósito, me alegra la nueva vitalidad de los movimientos de jóvenes, sobre los que usted me ha informado. Tienen que desempeñar un papel muy importante en el apostolado de la juventud de su país.

7. A través de usted, también saludo con afecto a las comunidades católicas melquita y ucraniana de su archidiócesis. Transmita mi aliento cordial a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos y religiosas, y a los fieles, llamados todos a trabajar en comunión con usted en la misión de la Iglesia. Invoco sobre usted y sobre su comunidad diocesana la intercesión materna de Nuestra Señora de Luxemburgo, Consuelo de los afligidos, y de san Willibrordo, y le imparto de todo corazón la bendición apostólica.

 

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