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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A SU EXCELENCIA JORGE SILES SALINAS,
EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE BOLIVIA
ANTE LA SANTA SEDE*

20 de diciembre de 1997

 

Señor Embajador:

1. Me complace recibirle en esta Audiencia en la que me presenta las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Bolivia ante la Santa Sede. Con gusto le doy la bienvenida al asumir la alta responsabilidad que su Gobierno, teniendo en cuenta su trayectoria personal en los campos de la cultura y la diplomacia, ha querido confiarle con el deseo de continuar y robustecer las buenas relaciones existentes entre su País y esta Sede Apostólica.

Le agradezco las amables palabras que me ha dirigido, y muy especialmente el saludo del General Hugo Bánzer Suárez, que recientemente ha asumido el cargo de Presidente de la República. En ellas aprecio no sólo el propósito de una colaboración leal y constructiva, sino también la cercanía y el afecto del pueblo boliviano hacia la Santa Sede y la persona del Papa. Hoy, cuando han pasado casi diez años de mi visita a su amado País, correspondo a esos nobles sentimientos de los bolivianos repitiendo lo que dije mientras sobrevolaba el Santuario de Copacabana: "me siento aún con vosotros" (Radiomensaje, 14 mayo 1988).

2. Al finalizar mi Visita pastoral a su País en 1988, ponía de relieve que "el pueblo de Bolivia va consiguiendo positivos logros en el desarrollo cívico e institucional" (Despedida en Santa Cruz, 14 mayo 1988, 4). Celebro que esta trayectoria haya continuado durante los últimos años, porque la estabilidad en la organización de los pueblos es una premisa indispensable para poder abordar con mayores esperanzas de éxito el gran desafío de progresar en el bien común, de tal manera que todos los ciudadanos puedan vivir plenamente de acuerdo con su dignidad.

Es importante poner cimientos firmes a los grandes proyectos, como es el propósito de construir un País mejor, en el que sus ciudadanos puedan alcanzar mejores condiciones de vida, que les permitan un desarrollo material y espiritual. En este sentido, hay que tener en cuenta que la lucha contra la marginación y la pobreza extrema de una parte de los habitantes requiere una política económica adecuada, aplicando los principios de la equidad y de la solidaridad. Animo, pues, a los gobernantes de su País a que pongan todo su empeño en alcanzar estos objetivos tan importantes para la entera sociedad boliviana.

3. Las buenas relaciones existentes entre la República de Bolivia y la Santa Sede reflejan el aprecio de una Nación mayoritariamente católica por el Sucesor de Pedro, así como la solicitud pastoral que él, como Pastor de toda la Iglesia, siente por cada pueblo. Son también una garantía para ejercicio de la misión de la Iglesia en su País, en el marco de una colaboración cordial y, a la vez, de un auténtico respeto de las respectivas competencias.

La Iglesia, en su misión de iluminar la realidad humana a la luz de la fe, contribuye a la construcción de una sociedad mejor, enseñando y promoviendo aquellos valores a los que ni la persona ni la sociedad pueden renunciar sin renegar de su propia dignidad: el valor de la vida humana, fuente de todo derecho; el reconocimiento de la familia como célula fundamental de la sociedad; la libertad religiosa, la educación y la solidaridad, especialmente con los más necesitados.

4. La Iglesia en Bolivia tiene una gran historia desde los tiempos en que los primeros misioneros llegaron a los más recónditos lugares de su geografía para llevar la luz del Evangelio y anunciar la grandeza de la vocación cristiana, que es ser hijos de Dios.

Esta historia conlleva también una gran responsabilidad ante un pueblo de honda tradición cristiana, como es su País. Estoy seguro de que los fieles bolivianos, bajo la guía espiritual de sus Pastores, no dejarán de trabajar enconadamente para el progreso de la Nación, esforzándose en superar los problemas aún existentes, gracias a la esperanza que no desfallece ante las dificultades y obstáculos.

5. Confío en que el camino del diálogo para resolver los principales problemas, internos y externos, obtenga los frutos deseados para el bien de todo el pueblo boliviano. Lo deseo de todo corazón porque el diálogo conduce a la concordia y a la colaboración entre todos, tan necesarias para superar los grandes desafíos que esa Nación debe afrontar. En efecto, la participación activa en un plan común, hace más convincentes los proyectos, más generosa la capacidad de colaborar en ellos y más fuerte el compromiso por alcanzar los objetivos.

Señor Embajador, al terminar este encuentro, renuevo mi saludo y bienvenida a Usted y a su distinguida familia, a la vez que le deseo un fructífero trabajo, junto con sus colaboradores, en favor de su País. Mientras deposito todos estos sentimientos y esperanzas a los pies de Nuestra Señora de Copacabana, invoco sobre el querido pueblo boliviano abundantes bendiciones del Altísimo.


*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XX, 2 p. 1068-1070.

L'Osservatore Romano 21.12.1997 p.6.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua españolan. 52 pp.9, 10 (pp.689, 690).

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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