Señor Embajador:
1. Me complace recibirle en esta Audiencia en la que me presenta las Cartas
Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario
de la República de Bolivia ante la Santa Sede. Con gusto le doy la bienvenida al
asumir la alta responsabilidad que su Gobierno, teniendo en cuenta su
trayectoria personal en los campos de la cultura y la diplomacia, ha querido
confiarle con el deseo de continuar y robustecer las buenas relaciones
existentes entre su País y esta Sede Apostólica.
Le agradezco las amables palabras que me ha dirigido, y muy especialmente el
saludo del General Hugo Bánzer Suárez, que recientemente ha asumido el cargo de
Presidente de la República. En ellas aprecio no sólo el propósito de una
colaboración leal y constructiva, sino también la cercanía y el afecto del
pueblo boliviano hacia la Santa Sede y la persona del Papa. Hoy, cuando han
pasado casi diez años de mi visita a su amado País, correspondo a esos nobles
sentimientos de los bolivianos repitiendo lo que dije mientras sobrevolaba el
Santuario de Copacabana: "me siento aún con vosotros" (Radiomensaje, 14
mayo 1988).
2. Al finalizar mi Visita pastoral a su País en 1988, ponía de relieve que
"el pueblo de Bolivia va consiguiendo positivos logros en el desarrollo cívico e
institucional" (Despedida en Santa Cruz, 14 mayo 1988, 4). Celebro que
esta trayectoria haya continuado durante los últimos años, porque la estabilidad
en la organización de los pueblos es una premisa indispensable para poder
abordar con mayores esperanzas de éxito el gran desafío de progresar en el bien
común, de tal manera que todos los ciudadanos puedan vivir plenamente de acuerdo
con su dignidad.
Es importante poner cimientos firmes a los grandes proyectos, como es el
propósito de construir un País mejor, en el que sus ciudadanos puedan alcanzar
mejores condiciones de vida, que les permitan un desarrollo material y
espiritual. En este sentido, hay que tener en cuenta que la lucha contra la
marginación y la pobreza extrema de una parte de los habitantes requiere una
política económica adecuada, aplicando los principios de la equidad y de la
solidaridad. Animo, pues, a los gobernantes de su País a que pongan todo su
empeño en alcanzar estos objetivos tan importantes para la entera sociedad
boliviana.
3. Las buenas relaciones existentes entre la República de Bolivia y la Santa
Sede reflejan el aprecio de una Nación mayoritariamente católica por el Sucesor
de Pedro, así como la solicitud pastoral que él, como Pastor de toda la Iglesia,
siente por cada pueblo. Son también una garantía para ejercicio de la misión de
la Iglesia en su País, en el marco de una colaboración cordial y, a la vez, de
un auténtico respeto de las respectivas competencias.
La Iglesia, en su misión de iluminar la realidad humana a la luz de la fe,
contribuye a la construcción de una sociedad mejor, enseñando y promoviendo
aquellos valores a los que ni la persona ni la sociedad pueden renunciar sin
renegar de su propia dignidad: el valor de la vida humana, fuente de todo
derecho; el reconocimiento de la familia como célula fundamental de la sociedad;
la libertad religiosa, la educación y la solidaridad, especialmente con los más
necesitados.
4. La Iglesia en Bolivia tiene una gran historia desde los tiempos en que los
primeros misioneros llegaron a los más recónditos lugares de su geografía para
llevar la luz del Evangelio y anunciar la grandeza de la vocación cristiana, que
es ser hijos de Dios.
Esta historia conlleva también una gran responsabilidad ante un pueblo de
honda tradición cristiana, como es su País. Estoy seguro de que los fieles
bolivianos, bajo la guía espiritual de sus Pastores, no dejarán de trabajar
enconadamente para el progreso de la Nación, esforzándose en superar los
problemas aún existentes, gracias a la esperanza que no desfallece ante las
dificultades y obstáculos.
5. Confío en que el camino del diálogo para resolver los principales
problemas, internos y externos, obtenga los frutos deseados para el bien de todo
el pueblo boliviano. Lo deseo de todo corazón porque el diálogo conduce a la
concordia y a la colaboración entre todos, tan necesarias para superar los
grandes desafíos que esa Nación debe afrontar. En efecto, la participación
activa en un plan común, hace más convincentes los proyectos, más generosa la
capacidad de colaborar en ellos y más fuerte el compromiso por alcanzar los
objetivos.
Señor Embajador, al terminar este encuentro, renuevo mi saludo y bienvenida a
Usted y a su distinguida familia, a la vez que le deseo un fructífero trabajo,
junto con sus colaboradores, en favor de su País. Mientras deposito todos estos
sentimientos y esperanzas a los pies de Nuestra Señora de Copacabana, invoco
sobre el querido pueblo boliviano abundantes bendiciones del Altísimo.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XX, 2 p. 1068-1070.
L'Osservatore Romano 21.12.1997 p.6.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua españolan. 52 pp.9, 10 (pp.689, 690).
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