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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A LA FAMILIA
PONTIFICIA, LA CURIA Y LA PRELATURA ROMANA, CON OCASIÓN DE LA NAVIDAD
Lunes 22 de diciembre de 1997
1. «La vida de Cristo no es la demostración de una
fuerza omnipotente. Su gloria es para los que son capaces de percibirla; no es
para el mundo. Su poder consiste en el hecho de que renuncia a la fuerza. Esta
vida posee el poder decisivo del más elevado ideal ético y, por eso, Cristo es
el punto que divide la historia del mundo» (Alfred North Whitehead, Religion
in Making).
Estas palabras de Whitehead, pensador moderno no católico y sin
aparentes vínculos formales con ninguna Iglesia cristiana, pueden esclarecer de
modo excelente el sentido de este encuentro, que cae en vísperas de la fiesta de
Navidad, mientras nos estamos encaminando a grandes pasos hacia el final del
segundo milenio cristiano.
Refiriéndonos a las palabras de ese filósofo, ¿no
podemos definirnos hombres que se esfuerzan por percibir el verdadero sentido de
la gloria de Cristo? ¿No estamos convencidos de que su vida «no es la
demostración de una fuerza omnipotente; (...) no es para el mundo», sino que «su
poder consiste en el hecho de que renuncia a la fuerza»? En efecto, podemos
decir de nosotros mismos que nos hemos rendido precisamente a este «poder» de
Cristo y lo hemos seguido en nombre «del más elevado ideal ético», tratando de
realizar en la Iglesia nuestra vocación de obispos, sacerdotes, religiosos y
laicos, tan admirablemente ilustrada por el concilio ecuménico Vaticano II.
Venerados hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y hermanas, la divina
Providencia os ha llamado a este extraordinario servicio a la Sede apostólica,
que reviste una gran importancia para la Iglesia universal, pues os pone en
relación estrechísima con el «ministerium petrinum» del Obispo de Roma. De todo
corazón, deseo hoy expresarle mi agradecimiento más sincero a usted, señor
cardenal decano, por las amables y afectuosas palabras de adhesión y
felicitación que me ha dirigido, en nombre de la gran familia de la Curia
romana. Mi gratitud se extiende a vosotros, señores cardenales, arzobispos,
obispos, presbíteros, religiosos, religiosas y laicos, valiosos colaboradores de
la Sede apostólica: a todos os formulo el deseo de que sintáis como un honor y
un premio el hecho de haber sido llamados a servir, en el corazón de la Iglesia,
a Cristo mismo y a su obra de redención.
2. Cristo es «el punto que divide la historia del mundo». Con estas
palabras Whitehead, en cierto sentido, sugiere la razón por la cual la Iglesia
se está preparando a celebrar con particular solemnidad el año 2000. Acaba de
comenzar la segunda etapa del itinerario trienal, que la está llevando hacia el
gran jubileo, en el que quiere recordar el acontecimiento que hace dos mil años
cambió la historia. En esta perspectiva, cada creyente se dispone a renovar con
alegría su profesión de fe en el misterio de la encarnación del Verbo.
Gracias
al trabajo del Comité central para el gran jubileo, de los comités nacionales y
de las comunidades diocesanas, en todo el mundo se han puesto en marcha
numerosas y laudables iniciativas, para que el próximo Año santo sea tiempo de
gracia y de reconciliación. En la diócesis de Roma, después de la celebración
del Sínodo, para preparar el jubileo se está llevando a cabo la Misión
ciudadana, en la que las comunidades cristianas se están esforzando por llevar
el anuncio evangélico a las familias y a los ambientes de trabajo y de vida. Al
renovar mi aprecio por esta iniciativa, deseo dirigir un emotivo pensamiento al
cardenal Ugo Poletti, a quien Dios llamó al premio eterno el pasado mes de
febrero. Al poner en marcha el Sínodo diocesano, colaboró conmigo para iniciar
este nuevo fervor misionero en la ciudad.
Los múltiples compromisos que nos
esperan para preparar dignamente las celebraciones del Año santo no deben
hacernos olvidar que el jubileo es, sobre todo, un gran don que el Señor hace, a
través de la Iglesia, a la humanidad entera: una gracia que los creyentes deben
acoger con fe y conversión interior. Es un acontecimiento netamente espiritual,
al que deben orientarse los aspectos organizativos, que también son necesarios.
Que el Espíritu Santo, al que está dedicado este segundo año de preparación,
suscite en las Iglesias y en los cristianos la docilidad a las invitaciones del
Señor, para que acojan plenamente la gracia del evento jubilar.
3. «Id (...) y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28,
19). El celo misionero, que la cercanía del tercer milenio reaviva en toda la
familia de Dios, ha conocido momentos significativos en los viajes apostólicos
que el Señor me ha permitido realizar también durante este año.
¡Cómo no
recordar el viaje, tanto tiempo esperado, que hice a Sarajevo, ciudad símbolo de
las contradicciones y de las esperanzas del siglo que está a punto de terminar!
¡O el que realicé a la República Checa, donde tuve la alegría de participar en
las celebraciones del milenario de san Adalberto, gran evangelizador de los
pueblos de Europa central!
Otra visita, largamente esperada, fue la que hice al
Líbano, adonde fui con alegría para concluir la Asamblea especial del Sínodo de
los obispos, llevando una palabra de aliento y esperanza a cuantos con
sinceridad buscan un futuro de diálogo y de paz. También pude volver a mi
patria, para participar en el Congreso eucarístico internacional, celebrado en
Wrocław, y para dar gracias al Señor por el don de la fe cristiana anunciada,
hace mil años, al pueblo de Polonia, así como al de la vecina Bohemia, por el
gran obispo san Adalberto. Además, con ocasión de esa visita, tuve la dicha de
celebrar el VI centenario de la fundación de la «Alma Mater» donde fui
estudiante y profesor, la Universidad Jaguellónica de Cracovia, auténtico faro
de civilización y cultura para toda Polonia.
En la segunda mitad del año
participé, en París, en la XII Jornada mundial de la juventud; y luego, en Río
de Janeiro, en el II Encuentro mundial de las familias: dos acontecimientos
distantes en el espacio, pero unidos por la única fe y por el mismo compromiso
misionero. Recuerdo con intensa emoción a los jóvenes, procedentes de los cinco
continentes, que en Longchamp manifestaron con entusiasmo su amor a Cristo y su
alegría de anunciarlo por los caminos del mundo. A continuación, pude revivir
una experiencia semejante en Bolonia, junto a miles de jóvenes, allí reunidos
para celebrar el Congreso eucarístico nacional italiano.
Y ¿qué decir de las
inolvidables jornadas vividas en Brasil, con ocasión del II Encuentro mundial de
las familias? Gracias al generoso trabajo del Consejo pontificio para la familia
y de la archidiócesis de Río de Janeiro, ese acontecimiento dio nuevo impulso a
la pastoral familiar y constituyó la ocasión para proclamar los valores de la
familia y de la vida, como caminos privilegiados para construir la esperanza de
la humanidad. Encomiendo al Señor las peregrinaciones apostólicas que, con su
gracia, tendré la dicha de realizar en el año 1998; la primera será la visita
pastoral a Cuba, el próximo mes de enero.
4. «Os anuncio una gran alegría (...): os ha nacido hoy (...) un
salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). El clima sugestivo de las
fiestas navideñas nos recuerda que la Iglesia tiene como misión prioritaria
llevar a los hombres el alegre anuncio del Salvador. La Iglesia cumple esta
misión proclamando en todo tiempo y circunstancia la Verdad que libera y salva:
Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.
Un momento particular de este servicio
a la Verdad ha sido, este año, la publicación en latín de la «editio typica» del
Catecismo de la Iglesia católica, instrumento privilegiado para transmitir de
modo completo y sistemático el mensaje de la salvación. Pero también ha sido
servicio a la verdad evangélica el acontecimiento que tuvo lugar en el mes de
octubre, cuando incluí entre los doctores de la Iglesia a la joven carmelita de
Lisieux santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Con su «caminito» ofreció
a innumerables almas un itinerario sencillo, aunque exigente, hacia la
perfección y recordó a un mundo cada vez más expuesto a la tentación de la
indiferencia que la vida cristiana es convergencia entre doctrina y práctica,
entre verdad y vida; que es, sobre todo, encuentro con un Dios cercano y
misericordioso, que nos impulsa a amar a todos sin reservas y sin cálculos.
5. La Iglesia está llamada a ponerse al
servicio del Evangelio de múltiples formas, teniendo en cuenta los cambios de la
historia. Lo comprendió muy bien el apóstol san Pablo, quien afirmó: «Me he
hecho todo a todos para ganarlos a todos» (1 Co 9, 19). La misión
evangelizadora impulsa a la Iglesia a mostrar solicitud y prestar atención a los
dramas y a los problemas de la humanidad, para colaborar en la realización de
una paz justa y para defender el derecho de los más débiles, a menudo víctimas
inocentes de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Su constante
programa es ser portavoz de quien no tiene voz, acompañando su acción con signos
concretos de solidaridad y amor fraterno.
El compromiso de la Iglesia en favor
de los pobres en todas las latitudes de la tierra se realiza, de modo
particular, a través del trabajo diario y de la generosidad de los misioneros.
También este año, algunos de ellos han sido llamados a ser testigos del mayor
amor, sufriendo el martirio por la causa del Evangelio. En este marco de amor
preferencial por los «pequeños», recuerdo aquí con afecto y gratitud a la madre
Teresa de Calcuta, a quien el Señor llamó a sí después de una vida totalmente
consagrada al servicio de «los más pobres entre los pobres». Su singular
testimonio de oración, de entrega total a los últimos y de amor a la Iglesia
sigue siendo para los creyentes y para los no creyentes un patrimonio que es
preciso acoger y valorar.
6. El nacimiento del
Redentor, que vino «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban
dispersos» (Jn 11, 52) estimula a los que le pertenecen en
virtud del único bautismo a proseguir por el camino de la unidad plena. Con la
mirada puesta en el misterio de la manifestación de la «bondad de Dios, nuestro
Salvador y su amor a los hombres» (Tt 3, 4), también este año la Iglesia
ha seguido avanzando por la senda del ecumenismo. La preparación para el gran
jubileo y el deseo, difundido entre muchos cristianos, de superar los motivos de
división acumulados a lo largo del segundo milenio, han dado origen a numerosos
encuentros e iniciativas ecuménicas.
En particular, deseo recordar el encuentro con Su Santidad Aram I
Keshishian, Catholicós de Cilicia de los armenios, durante el cual reafirmamos
nuestra fe común en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, por encima de
las incomprensiones seculares, y nuestro compromiso común de ponernos al
servicio de la unidad cristiana en el campo teológico, cultural y pastoral. Otro
momento del camino ecuménico fue el encuentro con el cabildo de la catedral de Canterbury, con ocasión del XIV centenario de la misión encomendada a san
Agustín y a sus compañeros por el Papa san Gregorio Magno.
La Santa Sede,
además, estuvo presente en la II Asamblea ecuménica europea, celebrada en Graz
del 23 al 29 de junio, en la que se reunieron 700 delegados de las diversas
Iglesias cristianas de Europa para reflexionar juntos sobre el tema:
«Reconciliación, don de Dios y fuente de vida nueva», a fin de reafirmar la
voluntad de dar una contribución común a la dimensión espiritual de Europa y
llegar, después de siglos de divisiones, a la unidad tan anhelada entre los
cristianos.
7. Se acaba de concluir la Asamblea especial
para América del Sínodo de los obispos, en la que se han reunido por primera vez
representantes de los Episcopados de todo el continente y de la Curia romana. La
reflexión común sobre las grandes riquezas humanas y espirituales, así como
sobre las contradicciones, a veces dramáticas, presentes en el «nuevo mundo», ha
llevado a los padres sinodales a detectar los actuales caminos de evangelización
y reconciliación, para responder a los desafíos del continente. La fidelidad a
la enseñanza auténtica de la Iglesia, el redescubrimiento de las diversas
vocaciones y ministerios y el compromiso en favor de su interacción, la defensa
de la vida humana desde su concepción hasta su término natural, el papel
primordial de la familia en la sociedad, el esfuerzo por hacer que la sociedad
sea más acorde con las enseñanzas de Cristo, el valor del trabajo humano y el
anuncio del Evangelio en el mundo de la cultura, se señalaron como los
itinerarios fundamentales para una renovada misión eclesial en todo el
continente. Espero que de una gracia espiritual y pastoral tan grande nazca una
nueva solidaridad y una nueva comprensión entre los creyentes y los pueblos de
América.
El redescubrimiento del ecumenismo y de la dimensión sinodal de la
Iglesia es fruto del mayor acontecimiento eclesial de nuestro siglo: el concilio
ecuménico Vaticano II, que cada vez se manifiesta más como la «puerta santa»
ideal del gran jubileo del año 2000.
En la gran tarea de actualización de la
Iglesia, con la doble fidelidad: a Dios y al hombre, promovida por ese histórico
Concilio, desempeñó un papel de gran protagonista mi venerado predecesor Pablo VI, el centenario de cuyo nacimiento se celebra este año. Hemos querido
conmemorar solemnemente a ese gran Pontífice y gran hombre de nuestro siglo,
recordando con gratitud su profunda fe, su amor a la Iglesia, su celo por el
anuncio del Evangelio, que lo llevaron a una relación atenta y sufrida, pero sin
componendas, con el mundo contemporáneo.
8. Señores
cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; religiosos y
religiosas; queridos colaboradores laicos, he querido recordar algunos aspectos
de la acción llevada a cabo este año por la Santa Sede con el fin de traducir a
la vida concreta el mensaje de salvación que nos trajo el nacimiento del Señor.
Conozco muy bien la generosidad y la competencia con que colaboráis en este
insustituible servicio que la Sede apostólica presta a la Iglesia universal.
Asimismo, conozco las profundas motivaciones de fe y el sincero amor a la
Iglesia y al Papa que os mueven. Vuestro trabajo, a menudo silencioso y oculto,
es muy valioso, pues favorece la comunión de todos los creyentes en Cristo y
permite al Sucesor de Pedro cumplir concretamente su misión de «confirmar en la
fe a los hermanos» (cf. Lc 22, 31).
Os deseo a cada uno que encontréis en
esas motivaciones espirituales la fuerza para desempeñar con alegría y espíritu
evangélico las importantes tareas que la Providencia os encomienda. Quiero
expresar a todos mi gratitud por esta inteligente, afectuosa y discreta
colaboración, que acompaña continuamente y sostiene el ejercicio de mi
ministerio.
Con el corazón dirigido hacia el portal de Belén, acojamos con
alegría el mensaje de salvación y paz que nos traen los ángeles, mientras nos
anuncian que ese mensaje brota de la ternura paterna de Dios hacia cada uno de
nosotros. Que, en la Noche santa, la Virgen nos muestre «el fruto bendito de su
vientre» y nos enseñe a descubrir en la pobreza evangélica, en la obediencia al
proyecto del Padre y en la pureza del corazón, el camino real para «percibir su
gloria», adorarlo como Señor de nuestra vida y confesar con toda la Iglesia: «Incarnatus
est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine et homo factus est».
Con estos deseos, implorando sobre cada uno de vosotros toda
clase de bienes, de corazón os imparto a todos mi bendición apostólica.
¡Feliz Navidad!
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