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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LA REGIÓN APOSTÓLICA DEL OESTE
DE FRANCIA EN VISITA «AD LIMINA»


Sábado 1 de febrero de 1997

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Después de los obispos de vuestro país que ya he recibido, ahora os corresponde realizar la visita ad limina Apostolorum a vosotros, pastores de las diócesis del oeste de Francia. Recuerdo, naturalmente, mi reciente visita a Saint- Laurent-sur-Sèvre, en la diócesis de Luçon, y a Sainte-Anne-D’Auray, en la diócesis de Vannes, durante el mes de septiembre del año pasado. La acogida calurosa que recibí en vuestra tierra por parte de los fieles de toda vuestra región hizo de ese otoño incipiente un signo de la eterna primavera de la Iglesia.

Agradezco vivamente a monseñor Jacques Fihey, obispo de Coutances y vuestro presidente, el informe sintético que ha presentado en vuestro nombre sobre la situación pastoral en vuestra región apostólica del oeste. Bienvenidos a la sede del Sucesor de Pedro, en la ciudad donde se ha cumplido sin interrupción el mandato confiado por Cristo al príncipe de los Apóstoles, que dio al Señor el testimonio de su sangre.

2. La formación de los fieles laicos representa una de las actividades que tratáis frecuentemente en vuestros informes con un sentido pastoral que quiero apoyar. La actividad de vuestra Conferencia episcopal, que ha llevado a la carta titulada «Proponer la fe en la sociedad actual», permitirá guiar provechosamente a vuestros diocesanos y estimularlos para que su testimonio sea cada vez más ponderado. Quisiera dedicar este encuentro a subrayar algunos puntos significativos para los diversos tipos de formación que estáis llamados a impartir.

Todo cristiano debe profundizar su fe constantemente; esto lo ayudará a acercarse más a Cristo resucitado y a ser su testigo en la sociedad. En efecto, en un mundo donde las personas no dejan de perfeccionar sus conocimientos científicos y técnicos, el conocimiento de la fe no puede limitarse al catecismo aprendido en la infancia. Para crecer humana y espiritualmente, el cristiano necesita evidentemente una formación permanente. Sin ella, corre el riesgo de no acertar en las opciones, a veces arduas, que tiene que hacer durante su vida y en el cumplimiento de su misión cristiana específica, en medio de sus hermanos. Porque, como dice uno de los textos más antiguos de la literatura patrística, «lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo (...). El lugar que Dios les ha confiado es tan hermoso, que no pueden abandonarlo» (Carta a Diogneto, n. 6).

Exhorto, por tanto, a todos los discípulos de Cristo a responder a vuestros llamamientos y a dedicar tiempo para desarrollar su vida cristiana y su inteligencia de la fe. El cristiano debe ser consciente de esta verdad fundamental: Dios ha creado el hombre a su imagen y le ha otorgado el poder de dominar la creación para ponerla a su servicio y glorificar a su Creador. Al crearlo ser razonable, también le ha dado la posibilidad de acceder a una forma de conocimiento racional de Dios que, además, lo invita a entrar en un ámbito de fe.

La formación personal tiene como objetivo primordial ofrecer a los fieles la posibilidad de interiorizar todos los conocimientos adquiridos, para permitirles unificar su ser y su vida alrededor de este punto central de la persona, que los Padres de la Iglesia llaman el «corazón del corazón»; así, desde el fondo de su alma, se adherirán a Cristo y desarrollarán todas las dimensiones de su existencia, de modo particular en su compromiso profesional y en la vida social. Efectivamente, todos los fieles tienen el deber de participar en la construcción de la sociedad, poniéndose al servicio de sus hermanos mediante la búsqueda del bien común. Con su trabajo, que les permite proveer a sus necesidades y a las de su familia, participan también en el desarrollo y el perfeccionamiento de la creación.

En virtud de su bautismo, el cristiano está llamado a ser miembro plenamente consciente y activo de todo el cuerpo de la Iglesia: «En Cristo —dice san Pablo— también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2, 22). Y, puesto que lleva en sí a Cristo, está llamado a ayudar a sus hermanos a descubrirlo y a convertirse en un apóstol, es decir, en un enviado.

3. En las ciudades y aldeas de vuestras diócesis, los laicos asumen cada vez más responsabilidades en la vida eclesial. Están dispuestos a participar en la evangelización; aseguran los servicios de catequesis, animación litúrgica y preparación para los sacramentos, de asistencia espiritual a los enfermos o a los presos, de reflexión y acción en los diversos sectores de la vida social. Para realizarlo con el espíritu del Evangelio, os piden frecuentemente que los ayudéis a adquirir la formación necesaria. En vuestras diócesis, como ha destacado monseñor Fihey en su informe regional, se han emprendido diversas iniciativas: a escala diocesana, o incluso en el ámbito de varias diócesis asociadas, habéis organizado ciclos de formación, que a veces duran varios años, para personas llamadas a asumir responsabilidades; es importante que los fieles laicos dispongan así de los medios para cumplir del mejor modo posible las funciones que podéis confiarles.

Más en la base, a los feligreses interesados en ser testigos del Evangelio se les proponen algunos grupos bíblicos o de formación teológica elemental. No puedo menos de invitaros a proseguir en este sentido vuestros esfuerzos ya muy positivos, con el desinterés de todo apóstol, porque «uno es el que siembra y otro el que cosecha».

Sabiendo cuántas dificultades puede presentar esto en cada diócesis, os pido que atribuyáis una verdadera prioridad a la formación de algunos sacerdotes o laicos, y también de religiosos y religiosas, a los que es necesario permitirles que adquieran una competencia reforzada y una experiencia duradera, para que ellos mismos sean buenos formadores. Se trata de inversiones indispensables, cuyos frutos se verán con el paso de los años. Vuestra región cuenta con una universidad católica, cuyo papel es esencial en la formación. A largo plazo, conviene preparar profesores e investigadores, que aseguren el relevo y den impulso a la teología y, al mismo tiempo, a la pastoral.

4. No pretendo trazar aquí programas para las diversas instancias de la formación; más bien quisiera recordar algunas características esenciales. Especialmente cuando se trata de personas llamadas a prestar servicios de orden pastoral, conviene asegurar el equilibrio entre la enseñanza y el compromiso efectivo en una misión. En suma, la formación logrará su objetivo en la medida en que implique a personas que viven una experiencia cristiana activa: no aislar el trabajo intelectual, que se exige a las personas, de su compromiso en favor de la comunidad, a fin de que progresen en el sentido de Iglesia. Y, a la vez que se les dan los medios de formación teórica y práctica, es preciso ofrecerles también los medios para una renovación propiamente espiritual, es decir, una iniciación continua en la oración y tiempos dedicados al recogimiento y a retiros.

5. Como en toda formación o actividad catequística, la sagrada Escritura ha de ocupar un lugar privilegiado. Tal como ha recordado el concilio Vaticano II en la constitución dogmática Dei Verbum, la sagrada Escritura es el alma de la teología (cf. n. 24). San Jerónimo decía que «el desconocimiento de la Escritura es el desconocimiento de Cristo» (Comentario sobre Isaías, prólogo). Sabemos que la Escritura, leída en la Iglesia, es la tierra en la que puede crecer el árbol de la ciencia de Dios. El pueblo de Dios no puede esperar vivir la vida de su Maestro si no asimila las mismas palabras que se le han transmitido para que, creyendo en Cristo, tenga «la vida en su nombre» (Jn 20, 31). Una buena familiaridad con la Escritura alimenta la vida espiritual y permite participar a fondo en la liturgia.

Dos milenios de meditación y reflexión sobre el misterio de Cristo han llevado a la Iglesia a una inteligencia de la fe, que cada uno debe hacer suya. Los cristianos, para no dejarse «zarandear por cualquier viento de doctrina» (Ef 4, 14), han de sacar provecho de una sólida reflexión sobre el Credo, lo cual no significa necesariamente un estudio erudito. En la cultura general de nuestro tiempo, la imagen de Cristo puede ser deformada si se descuida el descubrimiento de su riqueza, lograda con la elaboración hecha a lo largo de los siglos por los Concilios, los Padres y los teólogos, sin olvidar a los autores de libros de espiritualidad. El estudio del Credo, realizado correctamente, no es una actividad intelectual gratuita; da una estructura a la fe y ayuda a transmitirla. Con este espíritu, el concilio Vaticano II ha mostrado claramente que la Iglesia encuentra su razón de ser en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, revelados por la obra de Cristo redentor. El Catecismo de la Iglesia católica ha sido escrito para proporcionar puntos de referencia indispensables, que vuestra Conferencia episcopal, al igual que otras en todo el mundo, ha recogido, siguiendo una pedagogía propia de vuestra cultura.

6. Los datos de la fe, iluminados por una presentación clara y sólida, contribuirán eficazmente a hacer comprender que la adhesión a Cristo supone una regla de vida, una ley que libera en lugar de limitar. El vínculo profundo que existe entre la fe y la moral escapa a muchos de nuestros contemporáneos, que sólo consideran sus prohibiciones, tal como muestran varios de vuestros informes. Es importante permitir a los fieles atentos captar el sentido positivo y vital de la enseñanza moral de la Iglesia. Me ha parecido necesario exponer esto particularmente en las encíclicas Veritatis splendor y Evangelium vitae.

Día tras día los católicos tienen necesidad de realizar un discernimiento claro con respecto a las corrientes de opinión cuya influencia se difunde y frente a las cuales es preciso permanecer libres. Ya se trate de la moral personal o de la moral social, un discípulo de Cristo debe saber reconocer dónde se encuentra verdaderamente el justo camino, la verdad del hombre y el respeto a la vida. Lo que se denomina evolución de las costumbres no puede de suyo cambiar las reglas de vida fundadas en la ley natural —que todo hombre de buena voluntad es capaz de conocer mediante la recta razón— y en el Evangelio. Lo que las normas jurídicas civiles autorizan no corresponde necesariamente a la verdad de la vocación humana ni al bien que todo hombre debe tratar de realizar en sus opciones personales y en su conducta con relación a los demás.

En suma, en un ambiente cultural que tiende a relativizar la mayoría de las convicciones, el fiel debe comprometerse en la búsqueda y el amor a la verdad. Este es un principio central. El mismo Señor Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6) y prometió a sus discípulos el Espíritu de la verdad, que los «guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). Es preciso repetir una vez más que, una formación que ayude realmente a vivir la condición cristiana implica una adhesión inteligente y responsable a la verdad recibida de Dios mediante el Evangelio.

7. Es oportuno recordar aquí que la formación es uno de los objetivos de los movimientos, que reúnen a los cristianos según diferentes finalidades y sostienen el dinamismo de las personas. Los movimientos de espiritualidad, de apostolado o de ayuda mutua, los equipos de acogida o de preparación para los sacramentos, impulsan a sus miembros a ponerse al servicio de sus hermanos y hermanas que sólo practican de forma ocasional o de personas alejadas de la Iglesia. Mediante su testimonio de fe y amor concreto al prójimo, pueden ser los mejores heraldos del mensaje cristiano en ambientes donde se desconoce o se deforma el Evangelio.

Me habéis informado del desarrollo actual del catecumenado de jóvenes o adultos en vuestras diócesis. Se trata, naturalmente, de un lugar privilegiado de formación para hombres y mujeres que aspiran a descubrir la fe en la Iglesia. Me congratulo con vosotros por el espíritu fraterno y la competencia de numerosos cristianos que acompañan a los catecúmenos y neófitos a lo largo de su camino. Continuando mi discurso, también quiero alentar a los fieles que trabajan en los medios de comunicación, sean cristianos o no, tanto a nivel nacional como local, para iluminar a los numerosos lectores u oyentes sobre el sentido de su vida y el de los acontecimientos. La comunicación social de las comunidades exige portavoces bien formados que, a su vez, sepan aportar elementos positivos de formación para quienes los escuchan.

8. Desde otro punto de vista, quiero recordar también que la acción pastoral debe estar atenta a los diferentes estados de vida que los fieles pueden escoger, y que todos tienen un gran valor. Si se viven con fidelidad a la opción inicial, son una forma eminente de profesión de fe, porque muestran que, tanto en los momentos de alegría como en las dificultades, la vida con Cristo es el camino de la felicidad. Este es el caso de quienes están comprometidos en el sacerdocio, el diaconado o la vida consagrada, sobre los que ya he hablado con los obispos de otra región apostólica.

Quienes viven en el matrimonio son testigos privilegiados de la alianza de Dios con su pueblo. Gracias al sacramento, su amor humano cobra un valor infinito, porque los cónyuges manifiestan, de manera particular, el amor del Padre y asumen una responsabilidad importante en el mundo: engendrar hijos llamados a convertirse en hijos de Dios, y ayudarlos en su crecimiento humano y sobrenatural. En el mundo actual, el amor humano es a menudo objeto de burla. Los pastores y las parejas comprometidas en la Iglesia deberán particularmente esmerarse por profundizar la teología del sacramento del matrimonio, para ayudar a los jóvenes esposos y a las familias en dificultad a reconocer mejor el valor de su compromiso y acoger la gracia de la alianza. Invito a los laicos casados a testimoniar la grandeza de la vida conyugal y familiar, fundada en el compromiso y en la fidelidad. Sólo la entrega total permite ser plenamente libres para amar de verdad, no sólo según la dimensión afectiva de su ser, sino con lo más profundo de sí mismos, para realizar la unión de los corazones y de los cuerpos, fuente de alegría profunda e imagen de la unión del hombre con Dios, a la que todos estamos llamados.

No me olvido de quienes no han tenido la posibilidad de realizar este proyecto de vida. Si no han elegido quedar célibes pueden, tal vez, sentir que su vida ha fracasado. ¡Que no se desalienten, porque Cristo no abandona jamás a quienes confían en él! Pueden consagrarse a los demás y desarrollar fecundas relaciones fraternas. Son un ejemplo para muchos. Tienen su lugar en la comunidad eclesial. En cualquier condición, una vida entregada es fuente de alegría.

9. Con ocasión de mi reciente visita a Francia, dije que apreciaba la vitalidad de la Iglesia en vuestro país, a pesar de las dificultades que encuentra. Estoy convencido de que vuestras iniciativas en los campos de la formación de los fieles, así como vuestra preocupación por ayudar a cada uno a realizarse en la comunidad y a dar testimonio en la sociedad, darán sus frutos en este tiempo de renovación, que es la cercanía del gran jubileo.

Queridos hermanos en el episcopado, a través de vosotros, vuestros diocesanos están presentes aquí. En el año del centenario de la muerte de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, confío a su intercesión vuestras personas y vuestro ministerio, así como a todos los fieles de vuestra región apostólica. Pensando en todos ellos, os imparto de corazón mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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