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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA FEDERACIÓN DE
ORGANISMOS CRISTIANOS DE SERVICIO INTERNACIONAL VOLUNTARIO
Sábado 22 de febrero de 1997
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra acogeros hoy, con
ocasión del 25 aniversario del nacimiento de vuestra benemérita federación.
Dirijo a todos un saludo cordial, comenzando por el presidente, señor Luca
Jahier, a quien agradezco las palabras con las que ha querido explicar el
significado de este encuentro. Asimismo, me alegra saludar a sus predecesores en
el cargo de presidente: gracias por vuestra presencia y gracias a la Federación
de organismos cristianos de servicio internacional voluntario (FOCSIV) por el
servicio que ha prestado durante estos años a la Iglesia, orientando la acción
de tantos cristianos deseosos de ser útiles a sus hermanos necesitados.
Queréis
ser «voluntarios en el mundo». Esto lleva a pensar en el papel
fundamental que, junto con las instituciones públicas, desempeñan en
varias partes del mundo los organismos de voluntariado. Sus miembros
brindan de modo directo y gratuito su servicio a sus hermanos, especialmente a
los necesitados o marginados. Su objetivo es salir al encuentro de quienes se
hallan en dificultad, para ayudarles a recorrer un camino de liberación y
promoción auténticamente humana.
2. El título «voluntarios en
el mundo» hace pensar en vuestro papel, pero antes aún en la inspiración que
os anima, ya que, si tenéis la «voluntad» de «estar en el mundo» no para
obtener beneficios sino para prestar un servicio, esto responde ciertamente a
una llamada ideal. Por tanto, vuestra obra es asunción de responsabilidades ante
vuestro prójimo y expresión de vuestro compromiso generoso para hacer que crezca
en el mundo la cultura del amor.
A este respecto, debo decir que apruebo
vuestra intención, que acaba de manifestar vuestro presidente, de profundizar el
compromiso de renovación de vuestra federación según la inspiración evangélica,
poniendo cada vez más en el centro de vuestras opciones personales y
asociativas a la persona de Jesucristo. En esto veo una elección
plenamente acorde con el itinerario de preparación del jubileo del año 2000, que
en 1997 pide que toda la Iglesia, en sus diversos componentes, fije su mirada en
Cristo, único salvador y único liberador del hombre y del mundo.
Ser
«voluntarios en el mundo» para un proyecto de liberación del hombre y de
promoción eficaz de su dignidad, supone un arraigo constante en el patrimonio de
valores que, a lo largo de los siglos, el Evangelio ha inspirado, alimentado y
sostenido. ¡Cuántos, recurriendo a estas límpidas fuentes, han sabido ser
testigos auténticos de la caridad, constructores de paz y artífices de justicia
y solidaridad!
3. Como nos acaban de recordar,
durante estos veinticinco años en las filas de vuestra federación han trabajado
voluntarios de probada coherencia y de gran generosidad. Han sido verdaderos
testigos: testigos de fidelidad al hombre y a Cristo. Espero que su
ejemplo sirva de estímulo e incentivo para todos vosotros y os anime a continuar
en esta línea, en la que la Iglesia os acompaña y anima.
¡Que nadie se deje
abatir por el desaliento, aunque las dificultades resulten más graves y parezcan
casi insuperables! Precisamente frente a las situaciones en las que
experimentamos una especie de impotencia debe sostenernos la fe en Dios, para
quien nada es imposible (cf. Lc 1, 37; Mt 19, 26). Vuestro
testimonio es importante, particularmente para las nuevas generaciones de
voluntarios, que deben aprender a conjugar el entusiasmo del impulso inicial con
el esfuerzo de un camino gradual y paciente de formación y perseverancia.
4. Queridos voluntarios, vuestras intervenciones silenciosas y
concretas en medio de hombres y mujeres necesitados constituyen un anuncio vivo
de la constante presencia de Cristo, que camina con la humanidad de todos los
tiempos. Amadísimos hermanos, os encomiendo a cada uno de vosotros, como también
a los organismos de vuestra federación, a la protección de María santísima. En
su «he aquí», al que rápidamente siguió el servicio concreto de caridad a su
prima Isabel (cf. Lc 1, 38. 56), podéis reconocer el «icono» del
voluntariado cristiano, inspirándoos en él para iniciativas siempre nuevas de
comunión con vuestros hermanos en todo el mundo.
Os acompañe también mi bendición, que os imparto de corazón a
vosotros y a todos los «voluntarios en el mundo».
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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