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PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ALUMNOS Y PROFESORES
DEL INSTITUTO «VILLA FLAMINIA»

Domingo 23 de febrero de 1997

 

1. Os saludo con afecto a vosotros, alumnos, profesores y padres, con quienes tengo la alegría de encontrarme aquí, en el instituto «Villa Flaminia», fundado hace 40 años por los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

Me complace estar en este importante centro educativo, que desarrolla su actividad en el territorio de la parroquia de la Santa Cruz, en el barrio Flaminio. Os saludo, ante todo, a vosotros, queridos hijos de san Juan Bautista de la Salle, y os animo a continuar en vuestro servicio educativo, del que se han beneficiado numerosos muchachos y jóvenes durante estos cuarenta años. Extiendo mi saludo cordial a todo el claustro de profesores de las diversas áreas del Instituto.

Mi saludo también se dirige a los padres y, de modo particular, a los alumnos: gracias, amadísimos hermanos, por vuestra acogida calurosa. Gracias, en particular, a vuestros dos representantes, que han interpretado muy bien vuestros sentimientos. También han venido aquí los muchachos y muchachas de la parroquia que frecuentan otras escuelas, y por eso estamos celebrando un encuentro con la parroquia y, al mismo tiempo, con el mundo de la enseñanza.

2. Esta circunstancia me brinda la ocasión de subrayar la importancia de un proyecto educativo que, partiendo de la familia, encuentre después en la comunidad parroquial y en la escolar ámbitos diferentes y convergentes en los que se afiance. Esta esmerada atención educativa es compromiso específico de las escuelas católicas, como bien saben los religiosos de Villa Flaminia, que consagran toda su vida a la misión educativa.

Alguien podría observar: si los jóvenes frecuentan el «oratorio» parroquial, ¿qué necesidad hay de una escuela católica? O viceversa. Yo respondo: la comunidad parroquial es lugar de educación religiosa y espiritual; la escuela es lugar de educación cultural. Las dos dimensiones deben integrarse, porque los valores inspiradores son los mismos: son los valores de las familias cristianas, que, en una sociedad dominada por el relativismo y amenazada por el vacío existencial, desean brindar a sus hijos una educación fundada en los valores inmutables del Evangelio.

Hoy resulta más necesaria que nunca la cooperación entre la familia, la parroquia y la escuela, no para limitar la libertad de los adolescentes, sino para formarla, permitiéndole realizar opciones responsables y motivadas. Las escuelas católicas, mientras brindan una instrucción cualificada, proponen a los muchachos los valores cristianos, invitándolos a construir su vida basándose en ellos. La experiencia confirma que esta propuesta, en quien sabe acogerla y vivirla con coherencia, da resultados muy positivos, tanto en el plano personal como en el familiar y profesional.

3. En Italia está a punto de aprobarse una reforma global de la enseñanza: deseo de corazón que finalmente se aplique de modo concreto la equiparación de las escuelas no estatales, que prestan un servicio de interés público, apreciado y buscado por muchas familias.

Espero que vosotros, muchachos y muchachas, atesoréis las diversas experiencias educativas, ante todo la familiar, al igual que la escolar y parroquial. Sabed también comunicar los valores en los que creéis, sintiéndoos comprometidos a ser testigos de amor y de verdad en todos los ambientes de la vida. Quisiera concluir deseando un feliz domingo a todos los participantes, e impartiendo mi bendición a la escuela, a los educadores, a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, a los padres, a los jóvenes y a los muchachos. Os agradezco una vez más vuestra cordial acogida.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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