DISCURSO DEL SANTO PADRE EN RESPUESTA A LOS
AUGURIOS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE
Excelencias, Señoras y Señores:
1. Vuestro Decano, el Señor Embajador Joseph Amichia, acaba de
presentarme vuestros amables augurios con la serenidad y la delicadeza que todos
conocemos. Lo ha hecho por última vez, ya que, después de
veinticinco años, regresará definitivamente a su querida Costa de
Marfil. A su esposa, a su familia, a sus compatriotas y a él mismo deseo
ofrecer, en nombre de todos, los mejores votos para que en el futuro pueda
llevar a cabo sus proyectos más entrañables.
A todos Ustedes, Excelencias, Señoras y Señores, expreso mi
cordial agradecimiento por sus augurios y les manifiesto mi reconocimiento por
las muestras de aprecio que manifiestan tan a menudo hacia la labor
internacional de la Santa Sede. Dentro de poco tendré ocasión de
saludarles personalmente y expresarles mis sentimientos de estima. Por medio de
Ustedes deseo también hacer llegar mis afectuosos y fervientes votos a
los dirigentes de sus Países y a sus compatriotas: ¡que el año
1997 marque una etapa decisiva en la consolidación de la paz y en una
prosperidad mejor compartida por todos los pueblos de la tierra!
En mi Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1997, invitaba a todos
los hombres de buena voluntad a "emprender juntos y con ánimo
resuelto una verdadera peregrinación de paz, cada uno desde su propia
situación" (n. 1). ¿Cómo empezarla mejor, sino con
Ustedes, Señoras y Señores, que son observadores cualificados y
atentos de la vida de las Naciones? En este inicio de año, ¿dónde
están la esperanza y la paz? Esta es la pregunta que quisiera responder
con Ustedes.
2. La esperanza. Muy afortunadamente no está ausente en el horizonte
de la humanidad. El desarme ha superado etapas importantes con la firma del
Tratado de prohibición completa de las pruebas nucleares, que la Santa
Sede ha firmado, con la esperanza de una adhesión universal. Desde ahora
la carrera de los armamentos nucleares y su proliferación están
puestas al margen de la sociedad.
Sin embargo, esto no debe hacernos menos vigilantes respecto a la producción
de armas convencionales o químicas cada vez más sofisticadas, ni
indiferentes a los problemas planteados por las minas antipersonas. A propósito
de éstas últimas, espero que un acuerdo, jurídicamente
obligatorio y con adecuados mecanismos de control, vea la luz durante la reunión
prevista en Bruselas el mes de junio próximo. ¡Debe hacerse todo lo
posible para construir un mundo más seguro!
Casi todos los Gobiernos, reunidos en el marco de la Organización de
las Naciones Unidas en Estambul para la II Conferencia sobre los Asentamientos
humanos y en Roma para la Cumbre mundial de la F.A.O., han asumido compromisos
concretos de cara a conciliar mejor el desarrollo, el crecimiento económico
y la solidaridad. El derecho a la vivienda y a la distribución equitativa
de los recursos de la tierra se han tomado como prioridades para los años
futuros: éstos son pasos decisivos.
Nosotros debemos tomar nota igualmente del acuerdo concluido a finales de año
en Abidjan para la paz en Sierra Leona, esperando que el desarme y la
desmovilización de los hombres armados tengan lugar sin demora. Es de
desear que suceda lo mismo en la vecina Liberia, comprometida también en
un difícil proceso de normalización y de preparación para
elecciones libres.
En Guatemala, parece que la paz se perfila finalmente en el horizonte después
de muy largos años de luchas fratricidas. El acuerdo firmado el 29 de
diciembre último, creando un clima de con fianza, debería
favorecer, en la unidad y con valentía, la solución de los
numerosos problemas sociales aún sin resolver.
Dirigiendo nuestra mirada hacia Asia, esperamos la fecha del 1º de
julio de 1997, cuando Hong kong será reintegrado a la China continental.
En consideración de la consistencia y vitalidad de la comunidad católica
que reside en aquel territorio, la Santa Sede seguirá con gran interés
esta nueva etapa, esperando que el respeto de las diferencias, de los derechos
fundamentales de la persona humana y de la supremacía del derecho jalonen
este nuevo itinerario, preparado con pacientes negociaciones.
3. La paz, en segundo término. Parece aún precaria en más
de un lugar del planeta y, en todo caso, está siempre a merced de egoísmos
o imprevisiones de muchos protagonistas de la vida internacional.
Muy cerca de nosotros, Argelia sigue debatiéndose en un abismo de
violencia inaudita, dando la triste imagen de todo un pueblo tomado como rehén.
La Iglesia católica ha pagado allí un pesado tributo, el año
pasado, con el bárbaro asesinato de siete monjes de la Trapa de
Notre-Dame de el Atlas y la muerte brutal de Monseñor Pierre Claverie,
Obispo de Orán. Chipre, todavía dividido en dos, espera una solución
política que debería ser resuelta en un contexto europeo ofreciéndole
horizontes más diversificados. Además, en la orilla oriental del
Mediterráneo, el Próximo Oriente continúa buscando a
tientas el camino de la paz. Se debe intentar todo para que los sacrificios y
los esfuerzos realizados en estos últimos años, después de
la Conferencia de Madrid, no resulten vanos. Para los cristianos, en particular,
la "Tierra Santa" es el lugar donde resonó por primera vez este
mensaje de amor y de reconciliación: ¡"Paz en la tierra a los
hombres que Dios ama"!
Todos juntos, judíos, cristianos y musulmanes, israelitas y árabes,
creyentes y no creyentes, deben crear y consolidar la paz: ¡la paz de los
tratados, la paz de la confianza, la paz de los corazo nes! En esta área
del mundo, como en otras, la paz podrá ser justa y duradera sólo
si se apoya en el diálogo leal entre partes iguales, desde el respeto de
la identidad y de la historia de cada uno, sólo si se apoya en el derecho
de los pueblos a la libre determinación de su destino, su independencia y
su seguridad. ¡No puede haber excepciones! Y quienes han acompañado
a las partes más directamente comprometidas en el difícil proceso
de paz en Medio Oriente deben multiplicar esfuerzos para que el modesto capital
de confianza acumulado no se disipe, sino que, al contrario, aumente y
fructifique.
En estos últimos meses se ha extendido dramáticamente un foco
de tensión en toda la región de los Grandes Lagos en Africa. En
particular Burundi, Ruanda y Zaire se han visto envueltos en el engranaje fatal
de la violencia sin freno y del etnocentrismo, sumiendo naciones enteras en
dramas humanos que no deberían dejar a nadie indiferente. No se podrá
encontrar ninguna solución mientras los responsables políticos y
militares de estos Países no se sienten en torno a una mesa de negociación,
con la ayuda de la comunidad internacional, para examinar juntos cómo
configurar sus necesarias e inevitables relaciones. La comunidad internacional
-incluidas las Organizaciones regio nales africanas- no sólo ha de poner
remedio a la indiferencia manifestada en estos últimos tiempos ante unos
dramas humanitarios de los que es testigo el mundo entero, sino que debe
acrecentar aún su acción política para evitar que nuevos
acontecimientos trágicos, desmembraciones de territorios o
desplazamientos de poblaciones lleguen a crear situaciones que nadie sería
capaz de controlar. No se puede basar la seguridad de un País o de una
región sobre un cúmulo de riesgos.
En Sri Lanka, las esperanzas de paz se han quebrado ante los combates que
nuevamente han devastado regiones enteras de la isla. La permanencia de estas
luchas impide evidentemente el progreso económico. Allí convendría
que se reanudaran las negociaciones para llegar al menos a un alto el fuego que
permita enfocar el futuro de manera más serena.
Finalmente, si miramos hacia Europa, se puede observar que la instauración
de Instituciones europeas y la profundización del concepto europeo de
seguridad y de defensa deberían asegurar a los ciudadanos de los Países
del Continente un futuro más estable, ya que se basa en un patrimonio de
valores comunes: el respeto de los derechos humanos, la primacía de la
libertad y de la democracia, el Estado de derecho, el derecho al progreso económico
y social. Todo esto, ciertamente, en vistas de un desarrollo integral de la
persona humana. Pero los europeos deben estar también vigilantes, porque
siempre es posible ir a la deriva, como lo ha demostrado la crisis de los
Balcanes: la persistencia de tensiones étnicas, los nacionalismos
exacerbados y las intolerancias de todo tipo son amenazas permanentes. Los focos
de tensión que quedan en el Cáucaso nos muestran que el contagio
de estas energías negativas sólo puede detenerse con la instauración
de una verdadera cultura y de una verdadera pedagogía de la paz. Por
ahora, en demasiadas regiones de Europa, se tiene la impresión de que los
pueblos, más que cooperar, coexisten. No olvidemos jamás que uno
de los "padres fundadores" de la Europa de la posguerra -cito aquí
a Jean Monnet- escribía como epígrafe a sus memorias : ¡"Nosotros
no hacemos coalición de Estados; nosotros unimos a los hombres"!
4. Este rápido panorama de la situación internacional
es suficiente para mostrar que entre los progresos realizados y los problemas no
resueltos, los responsables políticos tienen un vasto campo de acción.
Y, tal vez, lo que más falta hoy a los protagonistas de la comunidad
internacional no son ni los Acuerdos escritos ni las sedes donde expresarse: ¡éstas
son muchísimas! Lo que falta es una ley moral y la valentía de
guiarse por ella.
La comunidad de las naciones, como toda sociedad humana, no escapa a este
principio básico: debe regirse por una regla de derecho válida
para todos sin excepción. Todo sistema jurídico, lo sabemos, tiene
como fundamento y como fin el bien común. Esto se aplica también a
la comunidad internacional: ¡el bien de todos y el bien de todo! Esto
permite llegar a soluciones equitativas donde nadie es perjudicado en provecho
de otros, aunque sean mayoría: la justicia es para todos, sin que la
injusticia sea infligida a nadie. La función del derecho es dar a cada
uno lo que le corresponde, devolviéndole lo que le es debido en plena
justicia. El derecho tiene pues una fuerte connotación moral. El derecho
internacional mismo está basado en unos valores. La dignidad de la
persona o la garantía de los derechos de las naciones, por ejemplo, son
principios morales antes que normas jurídicas. Esto explica que fueran
filósofos y teólogos, entre los siglos XV y XVII, los primeros teóricos
de la sociedad internacional y los precursores de un reconocimientos explícito
del derecho de gentes. Además, se puede constatar que el derecho
internacional no es sólo un derecho interestatal, sino que tiende cada
vez más a alcanzar a los individuos, por las definiciones internacionales
de los derechos humanos, del derecho médico internacional o del derecho
humani tario, por citar sólo algunos ejemplos.
Es pues urgente organizar la paz de la posguerra fría y la libertad
del "post" 1989 basándose en unos valores morales que están
en las antípodas de la ley de los más fuertes, de los más
ricos o de los más grandes que imponen sus modelos culturales, sus reglas
económicas o sus modas ideológicas. Los intentos de organizar una
justicia penal internacional son en este sentido un progreso real de la
conciencia moral de las naciones. El desarrollo de iniciativas humanitarias,
intergubernamentales o privadas, es también una señal positiva de
un despertar de la solidaridad ante situaciones de violencia o de injusticia
intolerables. Pero, más aún, es necesario estar atentos a que
estas generosidades no se conviertan rápidamente en la justicia de los
vencedores o no encubran intenciones ocultas hegemónicas, que evocarían
una especie de esferas de influencia, de espacios acotados o de conquista de
mercados.
El derecho internacional ha sido durante mucho tiempo un derecho de la
guerra y de la paz. Creo que está llamado cada vez más a ser
exclusivamente un derecho de la paz concebida en función de la justicia y
de la solidaridad. Y, en este contexto, la moral debe fecundar el derecho; ella
puede ejercer también una función de anticipación del
derecho, en la medida en que indica la dirección de lo que es justo y
bueno.
5. Excelencias, Señoras y Señores: éstas son
las reflexiones que deseaba compartir con Ustedes al inicio del año. Tal
vez puedan inspirar su reflexión y su labor al servicio de la justicia,
de la solida ridad y de la paz entre las naciones que Ustedes representan.
En mi plegaria encomiendo a Dios el bien y la prosperidad de sus
conciudadanos, los proyectos de sus Gobiernos para el bien espiritual y temporal
de sus pueblos, así como los esfuerzos de la comunidad internacional para
que triunfen la razón y el derecho.
Que en nuestra peregrinación de paz nos guíe la estrella de
Navidad y nos señale el verdadero camino del hombre, invitándonos
a tomar el camino de Dios.
¡Que Dios bendiga a vuestras personas y a vuestras Patrias, y os
conceda a todos un feliz año!
13 de enero de 1997
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