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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO ORGANIZADO
POR EL OBSERVATORIO ASTRONÓMICO VATICANO


Sábado 11 de enero
de 1997

 

 Señoras y señores:

1. Me complace dar la bienvenida a los distinguidos participantes en la Conferencia internacional sobre investigación espacial, que acaba de concluir su reunión en la universidad de Padua sobre el tema «Los tres Galileos: el hombre, la nave espacial y el telescopio». Habéis centrado vuestra atención en el reciente éxito científico de la nave espacial Galileo y en vuestras expectativas sobre los futuros descubrimientos, tanto de la nave espacial como del telescopio nacional italiano, que también se llama Galileo, e inaugurado hace precisamente ocho meses en una localidad de las islas Canarias. Me congratulo con los científicos del Laboratorio de propulsión a reacción y de la Administración nacional de la aeronáutica y del espacio, cuyos descubrimientos han sido reconocidos solemnemente por la universidad de Padua, donde el gran físico vivió muchos años fecundos.

2. La nave espacial Galileo y el telescopio nacional italiano están dando significativas contribuciones a la formación de una visión más completa del universo. Vosotros, y otros científicos en todo el mundo, al trabajar sobre resultados experimentales bien fundados, estáis perfeccionando un modelo que describe toda la evolución del universo desde un instante infinitesimal después del punto de partida del tiempo hasta la actualidad y, más allá, hacia el futuro remoto. Hoy, más que nunca, la mirada del hombre está abierta hacia las maravillas del universo. Y lo admirable de todo esto es una constante llamada a apreciar cada vez más seriamente la grandeza del destino del hombre y su dependencia del Creador. Así, mientras nos asombra la inmensidad del cosmos y el dinamismo que lo impregna, nuestro corazón se hace eco de ciertas cuestiones fascinantes y fundamentales, que siguen constituyendo desafíos para la humanidad en el umbral del nuevo milenio.

3. La participación del Observatorio vaticano en vuestro trabajo es un signo práctico de la estima de la Iglesia por el genio particular, la objetividad, la autodisciplina y el respeto a la verdad que los científicos tienen con respecto a la exploración del universo. Vuestra dedicación a la investigación científica constituye una verdadera vocación al servicio de la familia humana, una vocación que la Iglesia honra y estima en gran medida. Esta vocación es más fructífera cuando nos ayuda a reconocer la relación que existe entre la belleza y el orden del universo y la dignidad de la persona humana, reflejos de la majestad creadora de Dios. Cuantos más hombres y mujeres de ciencia se comprometan en una investigación rigurosa de las leyes del universo, tanto más insistente llegará a ser la cuestión de su significado y su finalidad, y tanto más urgente será la exigencia de una reflexión contemplativa, que no puede por menos de llevar a una profunda estima del sentido de la trascendencia del hombre con respecto al mundo, y de Dios con respecto al hombre (cf. Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980, n. 22).

A través de vosotros, que habéis querido amablemente compartir conmigo las reflexiones de vuestra conferencia, dirijo un llamamiento a todos vuestros colegas en los diversos campos de la investigación científica: haced todo lo posible por respetar la primacía de la ética en vuestro trabajo; preocupaos siempre por las implicaciones morales de vuestros métodos y descubrimientos. Oro para que los científicos no olviden nunca que sólo se sirve auténticamente a la causa de la humanidad cuando el conocimiento va unido a la conciencia.

4. Señoras y señores, al concluir estas breves observaciones, os confío mi esperanza de que la investigación, que tanto os acerca a los maravillosos misterios del universo, os infunda una estima más profunda del poder y la sabiduría de Dios. Que vuestros descubrimientos contribuyan a construir una sociedad cada vez más respetuosa de todo lo que es verdaderamente humano. El Señor del cielo y de la tierra os bendiga a todos abundantemente.

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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