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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LA REGIÓN CENTRAL DE FRANCIA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Sábado 11 de enero de 1997

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Algunos meses después de mi última visita pastoral a Francia, de la que guardo un recuerdo muy vivo, me alegra comenzar hoy los encuentros que voy a tener con los obispos de las diferentes regiones apostólicas, con ocasión de su peregrinación a las tumbas de los Apóstoles, principal sentido de la visita ad limina. Vuestras reuniones con el Sucesor de Pedro y con sus colaboradores constituyen un gesto de comunión eclesial y una expresión del espíritu colegial que nos une. Estos contactos son, también, la ocasión de una reflexión profunda sobre los diversos aspectos de vuestra misión.

Agradezco a monseñor Michel Moutel, obispo de Nevers y presidente de la región apostólica del centro, los sentimientos de afecto que acaba de manifestarme en vuestro nombre y el resumen que me ha presentado de vuestra situación eclesial. Os saludo cordialmente a cada uno de vosotros y, en particular, a monseñor Jean Honoré, arzobispo de Tours, que me acogió con gran deferencia en su ciudad episcopal en septiembre del año pasado, haciendo que mi peregrinación a la tumba de san Martín fuera un gran momento, al que no puedo menos de referirme en esta reunión con vosotros.

Recordamos hoy a monseñor Jean Cuminal, obispo de Blois, que nos abandonó prematuramente, antes de la celebración del tercer centenario de la fundación de su diócesis. Pidamos al Señor que conceda a este servidor fiel su recompensa en la paz.

2. Monseñor Moutel ha recordado algunas características de vuestras diócesis, que están asociadas en el marco de una región extensa y de gran diversidad. A pesar de una relativa dispersión, es consolador el hecho de que podáis colaborar entre vosotros en diferentes iniciativas. Pienso, en particular, en el seminario de Orleans, que concierne a casi todas vuestras diócesis y al que, recientemente, habéis proporcionado mejores condiciones de vida.

Numerosos fieles muestran gran generosidad y participan de manera activa y lúcida en la vida eclesial. Se trata de verdaderos motivos de esperanza y signos de la presencia activa del Espíritu Santo en el corazón de los bautizados y en sus comunidades. Os pido que llevéis a vuestros diocesanos el saludo cordial y el aliento del Obispo de Roma. Quisiera manifestar en particular a los sacerdotes, a los diáconos, a las personas consagradas y a los responsables laicos mi estima y mi confianza, pues, a costa de grandes sacrificios, toman parte junto con vosotros en la misión que Jesús confió a sus discípulos.

Con los diferentes grupos de obispos de Francia que vendrán para la visita ad limina en las próximas semanas, deseo abordar muchos temas significativos para la Iglesia de hoy, pues quiero brindaros algunos elementos de reflexión, con el espíritu de lo que el Señor pidió a Pedro: «Confirma a tus hermanos » (Lc 22, 32). Hoy me detendré más en algunos aspectos de vuestro ministerio episcopal, pero sin pretender esbozar un panorama completo.

3. Monseñor Moutel ha señalado las principales dificultades que afrontáis. Quiero mencionar dos aspectos, que afectan a toda la Iglesia que está en vuestro país: en primer lugar, el hecho de que una parte importante de la población está alejada de la Iglesia y no recibe fácilmente su mensaje; en segundo lugar, la disminución del número de sacerdotes condiciona las actividades pastorales, que son más difíciles de asegurar, aunque numerosos laicos asumen cada vez mayores responsabilidades.

Como sucede en muchas otras naciones, debéis afrontar diferentes formas de empobrecimiento o debilitamiento de la Iglesia, que dificultan la misión episcopal. En calidad de apóstoles de Cristo, sois los primeros en experimentar la cruz de la indiferencia, de la incomprensión y, a veces, de la hostilidad. En una sociedad que duda frecuentemente de sí misma y sufre desde hace tiempo una crisis económica y social, veis a demasiadas personas, y a demasiados bautizados, quedarse fuera de la comunidad eclesial, por una especie de rechazo de la institución, en favor de un repliegue individualista: cada uno se siente árbitro de sus reglas de vida y, aunque conserva un sentido religioso o la Iglesia sigue siendo para él un punto de referencia lejano, no vive una fe personal en Jesucristo e ignora su dimensión eclesial.

4. Esta situación, cuyo análisis debe evidentemente matizarse de acuerdo con los lugares, condiciona al pastor, que no puede permanecer pasivo. Vosotros lo habéis dicho, siguiendo a san Pablo: «Misericordiosamente investidos de este ministerio, no desfallecemos (...), porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor » (2 Co 4, 1.5). El obispo basa su confianza en las promesas de Cristo y en el don de su Espíritu, porque «fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro» (1 Co 1, 9).

Es necesario reafirmar que el oficio episcopal es, ante todo, de orden espiritual. El pastor, centinela, vigilante, contempla a los fieles y a toda la sociedad con una mirada iluminada por la perspectiva evangélica y la experiencia eclesial. Escuchando lo que «el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2, 7), puede ejercer sus responsabilidades, comenzando por un discernimiento abierto y benévolo sobre los éxitos o los fallos, las iniciativas dinámicas o la pasividad lamentable que jalonan el camino del pueblo de Dios.

El concilio Vaticano II enunció claramente las principales funciones de los sucesores de los Apóstoles, en la constitución Lumen gentium sobre la Iglesia y en el decreto Christus Dominus sobre el oficio pastoral de los obispos. Conviene proseguir la meditación de estos textos fundamentales del magisterio eclesial; esta reflexión ayuda seguramente a quien está investido de una misión constitutiva al servicio del pueblo que se le ha confiado, pero también debe interesar a los fieles.

5. Quisiera confirmaros fraternalmente en vuestro oficio de enseñar y anunciar a los hombres el evangelio de Cristo (cf. Christus Dominus, 11). El obispo, profeta que proclama la buena nueva, la propone incansablemente, buscando el lenguaje que abra el sentido de las Escrituras, como hizo el Señor con los discípulos de Emaús. El Concilio afirma, en particular: «Los obispos han de exponer las enseñanzas cristianas con un método adaptado a las necesidades de nuestro tiempo, que dé una respuesta a las dificultades y problemas que más oprimen y angustian a los hombres» (ib., 13).

Estas palabras bastan para mostrar que vuestro ministerio apostólico se dirige a los hombres de nuestro tiempo, en función de las necesidades manifiestas o latentes tanto de los fieles presentes visiblemente en la comunidad diocesana como de las personas que permanecen en el umbral y que difícilmente encuentran el sentido de su vida.

En particular, el obispo está en la vanguardia por su compromiso en favor de los pobres y los marginados de la sociedad. Habla en defensa de la dignidad de la persona, del respeto a la vida de cada uno, de la justicia en la caridad y de la solidaridad. Exhorta a servir a las personas que habéis llamado los «heridos de la vida», porque sufren a causa de enfermedades y deficiencias físicas, a causa de problemas sociales o de falta de fe y esperanza espiritual.

A ejemplo del Señor, que vino para servir, el pastor abre los caminos del servicio a todos los que está llamado a guiar.

En la caridad, el ministerio apostólico es el de la unidad del pueblo, en estrecha colaboración con los miembros del presbiterio, que comparten sus tareas. Volveré a tratar sobre las exigencias actuales del sacerdocio de los presbíteros, que es vuestra principal preocupación. Hoy basta señalar que los sacerdotes, y con ellos los responsables de los servicios o de los movimientos, cuentan con el obispo para coordinar el conjunto de las misiones, a fin de que todos contribuyan a la unidad y al dinamismo de la Iglesia diocesana.

La suma de vuestras responsabilidades puede pareceros un peso muy grande. Sólo el Espíritu del Señor, en la comunión de toda la Iglesia, puede daros la fuerza y la luz que necesitáis. Tengamos confianza en el único Espíritu, «que es Señor y da la vida». Meditemos incesantemente en esta promesa de Jesús: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio» (Jn 15, 26-27).

6. La experiencia de estos últimos decenios ha permitido a los obispos encontrar siempre apoyo para cumplir su misión. Se han dado importantes formas de colaboración, tanto regionales como nacionales. Ya os hablé de ellas en Reims. El Concilio recomienda que los obispos se reúnan «para que el intercambio de pareceres permita llegar a una santa armonía de fuerzas, en orden al bien común de las Iglesias» (cf. Christus Dominus, 37). En efecto, más allá de una simple concertación, las asambleas episcopales permiten esbozar orientaciones comunes, hacer oír mensajes útiles para el país y poner en común, en el ámbito regional o nacional, los medios de profundización y acción, de los que no puede disponer una diócesis sola.

Pongo por ejemplo el importante trabajo que habéis realizado algunos de vosotros, con la ayuda de expertos, de representantes de movimientos laicales y de numerosos fieles, que os ha llevado a dirigir a los católicos de Francia la Carta titulada Proponer la fe en la sociedad actual. Ojalá que esta iniciativa de los obispos contribuya a valorar lúcidamente la situación de los católicos en la sociedad actual, impulsándolos a ir al corazón del misterio de la fe, para formar una Iglesia que sepa proponer y compartir cada vez mejor los dones recibidos por gracia.

Juntos, estaréis en mejores condiciones para seguir la evolución y la animación de las diferentes comunidades o grupos que componen el panorama actual de la Iglesia en vuestro país. Infundiréis también dinamismo a las principales instituciones de servicio, mediante las cuales la Iglesia actúa siempre, sobre todo en la enseñanza, el cuidado de los enfermos y la ayuda concreta y sabia, tanto en vuestra tierra como fuera, a vuestros hermanos de las regiones más desfavorecidas.

Juntos también se os escuchará mejor cuando defendáis la solidaridad social hacia todos los habitantes de vuestra tierra, cualesquiera que sean sus orígenes.

7. Vuestra presencia en Roma manifiesta también vuestra comunión con la Iglesia universal. Os agradezco la atención que prestáis al magisterio y a la acción del Obispo de Roma, que contribuís a dar a conocer y a explicar. Pienso asimismo en la solicitud por todas las Iglesias, con respecto a la cual el concilio Vaticano II ha señalado con fuerza que incumbe a cada uno de los sucesores de los Apóstoles (cf. Lumen gentium, 23 y Christus Dominus, 6).

Sé que vuestras diócesis siguen arraigadas en su gran tradición misionera y que, en virtud de sus vínculos antiguos o más recientes, mantienen relaciones vivas con otras Iglesias particulares, principalmente con Iglesias jóvenes, que han sido fundadas a menudo por misioneros procedentes de vuestras regiones, o con Iglesias antiguas que renacen después de tiempos de prueba y desean el intercambio efectivo de dones, al que he exhortado frecuentemente. Esto ya lo recomendó la Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos, de la que ya anuncié una nueva sesión.

Vuestra comunión con toda la Iglesia se manifiesta también en los Sínodos generales, como el que se está preparando precisamente sobre el ministerio episcopal, después de las reflexiones hechas sobre los laicos, los sacerdotes y la vida consagrada.

8. Durante los próximos meses y años, os esperan importantes tareas. Dentro de poco, tendrá lugar en París la Jornada mundial de la juventud, después de que todas las diócesis de Francia hayan acogido a los jóvenes procedentes de todo el mundo. Doy las gracias a todos los que trabajan por el éxito de esta reunión, porque estos encuentros suscitan una gran esperanza: los jóvenes confrontan sus enfoques de la fe con Cristo, quien los llama a seguirlo: «Venid y lo veréis» (Jn 1, 39).

Este acontecimiento, que se celebrará el próximo mes de agosto, se inserta en la preparación directa del gran jubileo del año 2000, que ha empezado con una reflexión renovada sobre «Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre» (cf. Hb 13, 8). Ayudad a los fieles a redescubrir el bautismo y la llamada universal a la santidad, a reforzar su fe y su testimonio, a intensificar la catequesis dirigida a todas las generaciones, a orar con confianza a la santísima Virgen, con quien la «Iglesia (...) penetra más íntimamente en el misterio supremo de la Encarnación» (Lumen gentium, 65; cf. Tertio millennio adveniente, 40-43). Y el jubileo debe caracterizarse por un nuevo impulso a la evangelización (cf. ib., 21 y 40).

9. Queridos hermanos, ahora que comienzan las visitas ad limina de los obispos de Francia, os aseguro mi profunda comunión en la oración, con una firme esperanza en el futuro de vuestras diócesis, donde se manifiesta una grande y viva generosidad, a pesar de las pruebas. Que el Señor Jesucristo os dé la alegría de servirlo, guiando en su nombre las Iglesias diocesanas que se os han confiado. Que la Virgen santísima y todos los santos de Francia intercedan por vosotros.

A vosotros, pastores de la región apostólica del centro, a todos los que junto con vosotros hacen vivir la Iglesia y a vuestros compatriotas, imparto de todo corazón la bendición apostólica.

 

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