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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LA REGIÓN SUROESTE DE FRANCIA
EN VISITA «AD LIMINA»


Sábado 25 de enero de 1997

 

Señor cardenal;
queridos hermanos en el episcopado:

1. Me alegra acogeros a vosotros, pastores de las diez diócesis de la región apostólica del suroeste de Francia, durante vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles. Junto con vosotros, invoco a san Pedro y a san Pablo, columnas de la Iglesia. Quiera Dios que el príncipe de los Apóstoles y el Apóstol de los gentiles os obtengan la gracia de desempeñar bien vuestro ministerio pastoral con la luz y la fuerza que da el Espíritu del Señor.

Agradezco al cardenal Pierre Eyt, arzobispo de Burdeos y presidente de vuestra región apostólica, sus lúcidas reflexiones sobre la situación de la Iglesia en vuestras diócesis. Son notables las dificultades y las limitaciones que sufrís, pero también podéis dar gracias por las numerosas manifestaciones del dinamismo real de vuestras comunidades.

2. En este momento, muchas diócesis necesitan reorganizarse y, sobre todo, reagruparse o reformar sus estructuras territoriales. En efecto, se han producido, y siguen produciéndose, algunos cambios importantes en la población y la actividad económica. Los modos de vivir se modifican. También se observa una mayor movilidad de las personas, cuyos centros de interés y cuya cultura evolucionan. La fisonomía de la sociedad se transforma de manera muy notable.

Para la Iglesia, los hechos más evidentes son la disminución del número de sacerdotes y, con frecuencia, la disminución del número de católicos practicantes. Las causas de estos cambios preocupantes son complejas y no se puede ignorar el influjo de las transformaciones de la sociedad en la práctica de los fieles y de las comunidades cristianas que se han establecido desde hace tanto tiempo en esas tierras; así, las modificaciones institucionales no se explican únicamente con el cambio de los miembros efectivos del clero. Ciertas personas pueden echar de menos costumbres y hábitos respetables hoy abandonados, pero no se trata de cultivar el recuerdo nostálgico de un pasado que, por lo demás, a veces se ha idealizado, ni de censurar a nadie. En los informes quinquenales, vuestros análisis muestran que sois lúcidos al juzgar esta situación y activos para continuar construyendo en condiciones nuevas.

También algunos cambios influyen de manera positiva en el comportamiento de los católicos. Habéis constatado itinerarios espirituales, conversiones y compromisos en el seno de la Iglesia, que manifiestan una profunda renovación cualitativa de la fe y de la acción cristiana. Una verdadera fuente de esperanza es el hecho de que un número apreciable de laicos estén dispuestos a desempeñar un papel más activo y más diversificado en la vida eclesial, y a usar los medios para formarse seriamente con este objetivo.

En este ámbito, vuestra misión esencial de pastores os impulsa a renovar la organización de las comunidades. Habéis mostrado que se pueden realizar los cambios gracias a amplias consultas, que no sólo abordan las condiciones prácticas de los reagrupamientos de parroquias o la creación de unidades pastorales nuevas. Para los sacerdotes y los fieles se trata de determinar las condiciones en las que se podrá anunciar la buena nueva, y guiar y congregar al pueblo de Dios mediante la presencia sacramental de Cristo. Los sínodos diocesanos han sido frecuentemente el marco de una notable maduración de los bautizados, pues han descubierto mejor sus responsabilidades inalienables y su complementariedad en la vida eclesial.

En función de las situaciones actuales y de las nuevas estructuras que os habéis sentido impulsados a crear, deseo sencillamente compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la vida de los organismos pastorales. Mi intención es la de alentaros, al igual que al clero y a los fieles de las diócesis de vuestro país, a fundar cada vez más el cumplimiento diario de vuestra misión común en la roca de Cristo y en la comunión de toda la Iglesia.

3. Las fuerzas vivas de muchas de vuestras diócesis, efectuando los cambios que acabo de mencionar, han comprendido bien la importancia de la implantación territorial de la Iglesia: en una buena coordinación con los demás organismos pastorales, es ante todo la parroquia la que hace existir concretamente a la Iglesia, de modo que esté abierta a todos. Cualquiera que sea su dimensión, la parroquia no es una simple asociación. Debe ser un hogar donde se reúnen los miembros del Cuerpo de Cristo, abiertos al encuentro con Dios Padre, lleno de amor y Salvador en su Hijo, incorporados por el Espíritu Santo a la Iglesia en el momento de su bautismo y dispuestos en el amor fraterno a acoger a sus hermanos y hermanas, cualquiera que sea su condición o su origen.

La institución parroquial está destinada a asegurar las grandes funciones de la Iglesia: la oración común y la lectura de la palabra de Dios, las celebraciones, y principalmente la de la Eucaristía, la catequesis de los niños y el catecumenado de los adultos, la formación permanente de los fieles, la comunicación adecuada para dar a conocer el mensaje cristiano, los servicios caritativos y de solidaridad, y la actividad local de los movimientos. En suma, a imagen del templo, que es su signo visible, se trata de un edificio que hay que construir juntos, un cuerpo que hay que hacer vivir y crecer juntos, una comunidad en la que se reciben los dones de Dios y donde los bautizados dan generosamente su respuesta de fe, esperanza y amor a las llamadas evangélicas. En este tiempo en que deben renovarse las estructuras pastorales, conviene considerar en profundidad la doctrina eclesiológica del concilio Vaticano II, expresada en la constitución Lumen gentium sobre la Iglesia, y en los diversos documentos de orientaciones relativas sobre todo a los sacerdotes y a los laicos.

Me parece que la principal preocupación en la reorganización que se ha hecho necesaria es la de permitir a la parroquia cumplir efectivamente las funciones que acabo de mencionar. Por tanto, conviene que no sea demasiado pequeña y también, en la medida de lo posible, que esté al alcance de los fieles practicantes y del conjunto de sus hermanos. Incluso cuando un organismo nuevo reúne a los miembros de la Iglesia de varias localidades, es preciso hacer todo lo posible para salvaguardar el patrimonio histórico, material y también humano, haciendo todo lo que está a nuestro alcance para que los cristianos reciban el apoyo espiritual necesario, para que los santuarios sigan siendo lugares de oración frecuentados y para que las prácticas de devoción popular no caigan en el olvido.

4. Una cuestión primordial es, evidentemente, la de los responsables. Para guiar y animar a las unidades pastorales, es preciso incrementar la colaboración de los sacerdotes y los laicos. En torno al pastor, los consejos pastorales, los equipos de animación y los delegados pastorales desempeñan un papel indispensable. En especial, permiten articular del mejor modo posible los diversos niveles de la vida eclesial: la comunidad local a veces pequeña, pero que es un centro vivo y activo; la parroquia misma; el sector o la zona pastoral más vasta; y, en fin, el conjunto de la diócesis. Es importante procurar que los cambios se alimenten en los dos sentidos: que los responsables escuchen las llamadas que vienen de la base, y que a todos lleguen las orientaciones que dan esos mismos responsables, comenzando por las del obispo.

Todo esto supone que los sacerdotes y los laicos coordinen claramente, sin confusión, lo que compete al sacerdocio ministerial y al sacerdocio universal, según la enseñanza del Concilio en la constitución sobre la Iglesia, tal como lo indiqué en Reims (cf. Discurso en la catedral, n. 4). Los fieles laicos que ejercen cargos eclesiales saben que no sustituyen al sacerdote, sino que cooperan en una obra común, la de toda la Iglesia.

Una de las primeras preocupaciones de los pastores y los fieles que tienen responsabilidades es la de promover la unidad armoniosa de la comunidad. Es una condición esencial para que la Iglesia local sea un signo transparente de la presencia de Cristo, tanto para los bautizados que ya no participan en su vida diaria como para el conjunto de la sociedad. Entre los cristianos, hay gran diversidad de ambiente social, de cultura o de centros de interés, así como de carismas. La vocación de las parroquias es precisamente la de permitir a cada uno expresarse y entrar en la unidad del cuerpo formado por miembros diferentes, pero complementarios. Sigamos meditando las lecciones de san Pablo a este respecto (cf. 1 Co 12).

En particular, no es necesario renunciar a que las comunidades eclesiales sean un lugar de encuentro de las generaciones, a pesar de las distancias que se notan frecuentemente. Sin esperar pasivamente, los adultos deben mantener el contacto con los jóvenes, saberlos acoger, escuchar sus demandas, comprender sus dificultades y sus inquietudes con respecto al futuro, darles un lugar de pleno derecho, y confiarles responsabilidades. Los sínodos diocesanos han tenido a menudo esa preocupación; conviene hacer todo lo posible para permitir a los jóvenes proseguir su formación cristiana entre ellos, tal como muchas veces lo desean, pero también para ayudarlos a integrarse en el mundo de los adultos, al que tienen mucho que aportar. Volveré a referirme a la pastoral de la juventud, pero quiero advertiros ya desde ahora que es necesario estar atentos para no aislarla del conjunto de la vida pastoral.

5. La vitalidad de la comunidad eclesial se manifiesta en su fidelidad a la misión que el Señor confió a sus discípulos: la evangelización. Somos depositarios y portadores de la buena nueva. En todas sus formas, el apostolado consiste principalmente en transmitir y proponer la palabra de la salvación y el conocimiento del Verbo que es camino, verdad y vida. Sólo la Palabra de Dios puede iluminar verdaderamente el camino de cada uno, dar un sentido pleno a la vida familiar, a la actividad profesional y al sinfín de tareas de la vida social, y abrir a la esperanza.

La Palabra que aclamamos en la liturgia, y por la cual glorificamos a Dios, se dirige directamente a los fieles presentes. La comunidad reunida debe ser evangelizada continuamente: cada fiel necesita siempre dejarse interpelar por Cristo y convertirse a la escucha de la Palabra, que implica grandes exigencias, pero que es también un don inestimable, porque es el anuncio de la salvación, de la reconciliación y de la victoria de la vida sobre la muerte.

Ayudar a los niños y a los jóvenes a acoger la Palabra de vida es una misión fundamental de evangelización para las comunidades. «Lo que hemos oído (...), lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la palabra de vida» (1 Jn 1, 1), tenemos que anunciarlo de generación en generación. El despertar de los niños a la fe, la catequesis y la iniciación cristiana deben impulsar lo más posible el compromiso de las personas que aceptan dedicarse a esa tarea y quieren ser competentes, sin que por ello los demás fieles se desinteresen de lo que sigue siendo una misión de todos.

¿No deberíamos también preguntar continuamente a los católicos qué es lo que hacen para proponer el mensaje de Cristo a quienes sólo van ocasionalmente a la iglesia, a los bautizados que dejan escondida la gracia recibida en su infancia? Que encuentren entre ellos a testigos convencidos, acogedores, respetuosos del itinerario de cada uno, pero dispuestos a dar razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15). El creer es fuente de gozo y es necesario compartirlo.

Quien está penetrado por la gracia de la fe vivificada por la esperanza y animada por la caridad, no puede ser insensible ante ningún aspecto, feliz o triste, de la vida del barrio o de la ciudad. Así, la evangelización tomará formas diversas en la solidaridad social, en la vida familiar, en el trabajo y en las relaciones de vecindario. Un testigo aislado experimenta sus límites, pero unos testigos estimulados por la comunidad sabrán compartir mejor «la esperanza que no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

En el marco de las parroquias o de los sectores pastorales —lo recuerdo brevemente— los movimientos y las asociaciones de fieles aportan un gran estímulo a la misión, permaneciendo atentos a una buena coordinación y a una buena integración en el conjunto. Ayudan a alimentar la vida espiritual, a formar a los jóvenes, a compartir la preocupación apostólica en los diferentes ámbitos de la vida, a hacer eficaces y constantes la acogida y el servicio a los más necesitados (cf. Apostolicam actuositatem, 24, y Christifideles laici, 30).

Hoy quisiera también alentar a los fieles de vuestras diócesis a renovar sus compromisos en la evangelización, personalmente, en la familia y en los grupos constituidos. Se sentirán estimulados felizmente por la Carta a los católicos de Francia, escrita recientemente por vuestra Conferencia episcopal.

6. Después de abordar la cuestión de la animación responsable de las comunidades por parte de los sacerdotes y los laicos, y la de las misiones de evangelización, conviene ahora recordar brevemente el centro de la vida eclesial: porque la parroquia es el lugar principal de la celebración de los sacramentos y, en particular, de la Eucaristía, fuente de santificación para todos los estados de vida. La vocación de una parroquia sólo puede definirse en función de la estructura sacramental de la Iglesia. En ella se nos manifiesta visiblemente la presencia de Cristo en el misterio pascual. En la misa convergen las ofrendas de todos, las de las alegrías y los sufrimientos, los esfuerzos del apostolado y los diversos servicios fraternos. El Señor asocia a su sacrificio los de todos sus hermanos, nos reúne en su Espíritu Santo, fortalece la fe y la caridad, escucha nuestra súplica al Padre para que extienda a todo el mundo la reconciliación, la salvación y la paz, y nos une a los santos de todos los tiempos a la espera de la comunión plena en su Reino.

Es verdad que muchos fieles sufren porque la misa no puede celebrarse cerca de donde viven y con tanta frecuencia como en el pasado; los sacerdotes son menos numerosos y están más alejados. Por eso es más importante dar su pleno valor a la Eucaristía. Una comunidad se empobrece si no recupera con fervor este vínculo vital con el Señor, fuente de toda vida cristiana y de todo apostolado. El encuentro eucarístico es el lugar donde esta realidad fundamental de la fe se reconoce de manera tangible.

No hay que escatimar ningún esfuerzo por hacer accesibles los dones mayores, que son los sacramentos en todas las etapas de la existencia. La vida cristiana se abre a la gracia santificante del bautismo; el ingreso de los jóvenes en la madurez cristiana se afirma mediante la confirmación; la constitución de la pareja y la fundación de la familia se consagran mediante la participación en la alianza del matrimonio; el mal y el pecado se afrontan con la gracia del perdón y de la reconciliación, que se concede y se significa explícitamente mediante el sacramento de la penitencia; el sufrimiento se une a la cruz en el sacramento de los enfermos. En el centro de la misión de las comunidades cristianas, la preparación para los sacramentos es evidentemente primordial.

Sin duda alguna, una conciencia más viva de los dones que el Señor ha confiado a su Iglesia invitará a valorizar las vocaciones al ministerio sacerdotal, para difundir la palabra de Dios, hacer presente sacramentalmente a Cristo y guiar al pueblo de Dios. Que vuestras comunidades pastorales no dejen de suplicar al Señor que llame a jóvenes a consagrarse totalmente a él, para servirlo entre sus hermanos.

7. Es verdad que la amplitud de la misión puede parecer superior a las posibilidades de unas comunidades que tienen conciencia de sus límites y de su pobreza. En la fe deben redescubrir que son imagen del Hijo del hombre y de su grupo restringido de discípulos, que tenían sus debilidades; sin embargo, pusieron los cimientos de la Iglesia, que ha recibido la promesa de la fidelidad de Cristo, buen pastor.

La escasez del número, de los medios y de las capacidades debe invitar a apoyarse verdaderamente en el Señor. La Iglesia se reconoce vulnerable, pero los signos de la gracia se manifiestan en el dinamismo apostólico, cuyos testigos sois vosotros, y del que tenemos que dar gracias a Cristo, que no abandona a su grey, sino que la guía mediante el Espíritu Santo.

Que vuestro encuentro con el Obispo de Roma os fortifique en vuestro ministerio. Llevad mi saludo afectuoso y mi aliento a los sacerdotes diocesanos, a los diáconos, a los religiosos y a las religiosas, a los laicos comprometidos en los consejos pastorales y en los equipos de animación o en las funciones de los delegados pastorales, a los enfermos y al conjunto de los fieles, para que progresen en sus diversas misiones de bautizados, en la unidad orgánica de la Iglesia, cuerpo de Cristo.

Invoco sobre todos vosotros y vuestras comunidades diocesanas la intercesión maternal de Nuestra Señora y la gracia de las bendiciones divinas.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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