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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA
ORACIÓN DEL PAPA
JUAN PABLO II A LA VIRGEN DE JASNA GÓRA
Czestochowa, miércoles 4 de junio
de 1997
«Oh Madre de Dios, oh Virgen,
Dios te ha glorificado».
Madre de Jasna Góra y Reina, vengo hoy a ti
en una peregrinación de fe, para darte gracias por tu incesante protección sobre
toda la Iglesia y sobre mí, especialmente durante los cincuenta años de mi
sacerdocio y durante los años de mi servicio en la sede de Pedro. Con gran
confianza vengo a este santo lugar, en la colina de Jasna Góra, tan querida a mi
corazón, para exclamar una vez más: Madre de Dios y nuestra, te doy gracias
porque eres la Estrella polar de la construcción de un futuro mejor para el
mundo; porque eres Patrona de la edificación de la civilización del amor en todo
el género humano. Madre, te lo pido humildemente, rodea con tu protección
maternal los días y los años que nos faltan aún para el año 2000. Encomiendo a
tu intercesión la preparación para el gran jubileo del cristianismo. Ayuda a
todas las naciones del mundo a comenzar el nuevo milenio en unión con Cristo,
Rey de los siglos.
Madre de la Iglesia, Virgen auxiliadora, en la
humildad de la fe de Pedro, traigo a tus pies a toda la Iglesia, todos los
continentes, países y naciones, que han creído en Jesucristo y han reconocido en
él el estandarte que los guía en el camino a través de la historia. Te traigo,
oh Madre, a la humanidad entera, incluso a los que aún están buscando el camino
hacia Cristo. Sé tú su guía; ayúdales a abrirse al Dios que viene. Te traigo, en
mi oración, a los pueblos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, y
encomiendo a tu solicitud maternal todas las familias de las naciones. Madre de
la fe de la Iglesia, de la misma forma que, en el cenáculo de Jerusalén,
permanecías en oración con los discípulos de Cristo, así también hoy permanece
con nosotros en el cenáculo de la Iglesia hacia el segundo milenio de la fe y
alcánzanos la gracia de abrirnos al don del Espíritu de Dios.
Templo del
Espíritu Santo, hoy, en el santuario de Jasna Góra, te doy gracias por todo
el bien que ha entrado a formar parte de mi nación en años de profundas
transformaciones. Durante mi primera peregrinación a la patria, recé para que
sobre ella se derramara el Espíritu Santo, invocando: «Descienda tu Espíritu, y
renueve la faz de la tierra, de esta tierra» (Homilía durante la misa en la
plaza de la Victoria, de Varsovia, 2 de junio de 1979). Más tarde, visité
Polonia con las tablas del Decálogo. Aquí convoqué también a los jóvenes del
mundo entero. Siempre he vuelvo a mi patria por una necesidad del corazón,
trayendo un mensaje de fe, esperanza y caridad.
La historia de nuestra patria
sobre el Vístula está marcada por el testimonio de la fe de san Adalberto, y
también por el de tantos santos polacos y candidatos a los altares, y también
por el esfuerzo de muchas generaciones, que consolidaban la Polonia fiel a
Cristo. Durante diez siglos hemos sido una nación bautizada, fiel a ti, a tu
Hijo, a su cruz y al Evangelio, a la santa Iglesia y a sus pastores.
Vengo hoy a
ti, oh Madre, para exhortar a mis hermanos y hermanas a perseverar en unión con
Cristo y su Iglesia, para estimular a emplear con sabiduría la libertad
reconquistada, con el espíritu de lo más hermoso de nuestra tradición cristiana.
Reina de Polonia, recordando con gratitud tu protección maternal, te
encomiendo mi patria, las transformaciones sociales, económicas y políticas, que
se producen en ella. Que el deseo del bien común supere el egoísmo y las
divisiones. Que todos los que prestan un servicio público vean en ti a la
humilde esclava del Señor, aprendan a servir y a reconocer las necesidades de
sus compatriotas, como hiciste tú en Caná de Galilea, para que Polonia se
convierta en una nación donde reinen el amor, la verdad, la justicia y la paz.
Que sea glorificado en ella el nombre de tu Hijo.
Hija fiel del Padre eterno, Templo del amor que abarca
el cielo y la tierra, te encomiendo el servicio de la Iglesia en el mundo, que
tiene tanta necesidad de amor. Madre de Dios, Madre del Hijo unigénito, que nos
dio como principio de vida el mandamiento nuevo del amor, alcánzanos que nos
convirtamos en constructores de un mundo solidario, en el que la paz prevalezca
sobre la guerra, y el amor a la vida sustituya a la civilización de la muerte.
Que el Congreso eucarístico internacional en tierra polaca sea
para todas las naciones el inicio de un milagro de transformación en el espíritu
de la libertad, traída por el Evangelio de Cristo. Que la humanidad se ponga con
decisión del lado de Dios, al que pertenece el mundo entero.
Madre de la unidad y de la paz, afianza el vínculo de comunión en la Iglesia
de tu Hijo, reaviva los compromisos ecuménicos, para que todos los cristianos,
en virtud del Espíritu Santo, se transformen en una familia de hermanos y
hermanas de Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre (cf. Hb
13, 8).
Virgen, Madre de Dios, ayúdanos a entrar en el tercer milenio
del cristianismo por la puerta santa de la fe, la esperanza y la caridad.
Oh
clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María,
acepta nuestra confianza, robustécela en nuestro corazón y preséntala ante el
rostro del Dios único en la santísima Trinidad. Amén.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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