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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS RELIGIOSOS Y A TODAS LAS PERSONAS CONSAGRADAS

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia» (Ef 1,3-4). Con estas palabras de san Pablo saludo a todas las órdenes, las congregaciones religiosas, las sociedades de vida apostólica y los institutos seculares de Polonia. «Bendito sea Dios» por el don de la vocación a la vida consagrada. Por este don es preciso alabarlo y darle gracias sin cesar. Antes de la fundación del mundo, os ha elegido en Jesucristo y por amor os ha destinado a sí. Cada uno de vosotros ha experimentado en su vida un encuentro particular con Cristo, durante el cual ha escuchado en lo más íntimo de su corazón la misteriosa llamada: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). A diferencia del joven del evangelio, habéis respondido con generosidad a esa invitación, abrazando la senda de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Con el corazón abierto habéis acogido la gracia de la vocación, como una «perla preciosa» (cf. Mt 13, 45).

Junto con vosotros, doy gracias hoy a la santísima Trinidad por el don de la vida consagrada en nuestra patria, por los santos, los beatos y los candidatos a los altares de vuestros institutos y por todos vosotros que «lucháis por el Evangelio» (cf. Flp 4, 3) en tierra polaca, y también en varias regiones del mundo, especialmente en los países de misión, anunciando, a veces hasta el heroísmo, «la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres» (Tt 3, 4).

Con gratitud pienso en aquellos de entre vosotros que prestan ayuda a la Iglesia en los países limítrofes, para que allí, después de años de opresión y persecución de la fe, no haya «ovejas sin pastor» (cf. Mt 9, 36).

Dirijo palabras de particular saludo y aprecio a las comunidades de vida contemplativa, consagradas totalmente a la oración y al sacrificio y, precisamente por eso, tan fructuosas para el desarrollo del reino de Dios en la tierra. «Paz a todos los que estáis en Cristo» (1P 5,14).

2. El concilio Vaticano II ha puesto de relieve la vida consagrada, afirmando que está profundamente unida a la santidad y a la misión de la Iglesia. Se encuentra en el corazón mismo de la Iglesia, pues expresa la esencia más profunda de la vocación cristiana: es el don radical que la persona hace de sí misma por amor a Cristo, Maestro y Esposo, y a sus hermanos redimidos en la cruz con la sangre del Salvador. El magisterio conciliar, presentado principalmente en la constitución dogmática Lumen gentium y en los decretos Perfectae caritatis y Ad gentes, fue recogido y desarrollado en los años siguientes, especialmente por Pablo VI, en la exhortación apostólica Evangelica testificatio y en los documentos emanados por la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica.

Yo mismo, desde el inicio de mi pontificado, para promover la renovación conciliar de la Iglesia, dirigí mi atención de pastor a la vida y al apostolado de los consagrados, a los que corresponde un papel sumamente importante en la evangelización del mundo contemporáneo. Conservo en mi corazón todos los encuentros con los religiosos y las religiosas y con los representantes de los institutos laicales, celebrados durante los viajes apostólicos y en la ciudad eterna. Cada año, en la fiesta de la Presentación del Señor, invito a las personas consagradas a la basílica de San Pedro para celebrar juntos la eucaristía, durante la cual los presentes renuevan sus votos de castidad, pobreza y obediencia.

En varias circunstancias me he dirigido a las comunidades de vida consagrada, expresando el amor que la Iglesia siente por su vocación y por su servicio al pueblo de Dios. En el Año jubilar de la Redención, dirigí a todos los religiosos y las religiosas del mundo la exhortación apostólica Redemptionis donum, y en el Año mariano la Carta dedicada a la presencia de la Virgen Madre de Dios en la vida consagrada. Esta vida, vuestra vida, ha sido también el tema de muchas de mis catequesis dirigidas a los peregrinos durante las audiencias generales y fue tratada con la máxima amplitud durante los trabajos de la IX Asamblea general del Sínodo de los obispos, en octubre de 1994.

Los trabajos del Sínodo y, sucesivamente, la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, que publiqué el año pasado, dieron nuevo impulso a la vida consagrada, profundizando su identidad, espiritualidad y misión en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. Este rico magisterio conciliar y posconciliar de la Iglesia con respecto a la vida consagrada debe ser cada vez mejor conocido, meditado, hecho objeto de reflexión personal y comunitaria, para que vuestras congregaciones y vuestros institutos puedan renovarse y desarrollarse según el designio divino, conforme al espíritu de vuestros fundadores y en plena comunión con los pastores de la Iglesia. Albergo también la esperanza de que las celebraciones de la Jornada de la vida consagrada, que he instituido este año, constituyan para el clero y para los fieles un estímulo a profundizar en el conocimiento de la belleza de la senda de los consejos evangélicos, a expresar a Dios la gratitud por este don y a desarrollar la pastoral vocacional.

3. Cristo, en el discurso de despedida que hizo a los Apóstoles antes de su pasión, dijo: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto» (Jn 15, 16). Son las palabras que Cristo dirige incesantemente a todos los que ha amado y elegido y a los que ha encomendado la obra de la evangelización. En virtud de la consagración bautismal y de la religiosa, estáis llamados a una entrega total a la misión de Cristo «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10, 36).

En la Iglesia, las comunidades de vida consagrada siempre se han distinguido por esa actitud de responsabilidad con respecto al anuncio del Evangelio. En los momentos difíciles de la historia y en los momentos de crisis, el Espíritu Santo ha suscitado nuevas órdenes e institutos, para que, mediante la santidad, el servicio desinteresado, los carismas de los fundadores, contribuyeran a la renovación de la Iglesia. Vuestra vocación brota del núcleo más profundo del Evangelio y sirve, del modo más fructuoso, a la obra de la evangelización.

«¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! » (1Co 9, 16). Estas palabras del Apóstol de las gentes animaban también los pensamientos y las obras de san Adalberto. El amor a Cristo lo guió hacia países y pueblos que no habían escuchado aún la buena nueva de la salvación. Selló con el sufrimiento y la muerte por martirio su profesión de fe y el anuncio del Evangelio en el Báltico, asemejándose a su Maestro y Señor. En la actitud y en la actividad apostólica de san Adalberto se manifiesta el universalismo de la misión de la Iglesia, el universalismo del amor y del servicio, cuya fuente es el Espíritu de Jesucristo. El jubileo del martirio de san Adalberto, obispo de Praga y monje benedictino, invita a reflexionar en el mandato de Cristo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19) e invita a la Iglesia en Polonia a proseguir con nuevo impulso la obra de la nueva evangelización en los años del gran jubileo del año 2000.

En el umbral del tercer milenio del cristianismo, todos debemos unirnos en la misión fundamental de «revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre a sí mismo en él, ayudar a las generaciones contemporáneas de nuestros hermanos y hermanas, pueblos, naciones, estados, humanidad, países en vías de desarrollo y países de la opulencia, a todos en definitiva, a conocer las "insondables riquezas de Cristo" (Ef 3, 8), porque éstas son para todo hombre y constituyen el bien de cada uno» (Redemptor hominis, 11).

Vivimos en tiempos de caos, de extravío y de confusión espirituales, en los que se perciben varias tendencias liberales y secularistas; a menudo se elimina abiertamente a Dios de la vida social, se quiere reducir la fe a la esfera puramente privada y, en la conducta moral de los hombres, se infiltra un dañoso relativismo. Se difunde la indiferencia religiosa. La nueva evangelización es una apremiante necesidad del momento también en la nación polaca, bautizada hace mil años. La Iglesia espera de vosotros que os dediquéis con todas vuestras fuerzas a anunciar a la generación contemporánea de los polacos la verdad sobre la cruz y sobre la resurrección de Cristo, oponiéndoos a la gran tentación de nuestro tiempo: la de rechazar al Dios del amor.

Teniendo presente el ejemplo de san Adalberto, trabajad con celo y perseverancia en la profundización de la fe y en la renovación de la vida religiosa de los fieles, en la educación cristiana de los niños y de los jóvenes, en la formación del clero, en el compromiso misionero «hasta los últimos confines de la tierra» (Hch 1, 8), en los varios campos de la pastoral, del apostolado social, del ecumenismo, de la instrucción, del mundo de la cultura y de los medios de comunicación social.

Tened especial solicitud por los ambientes más necesitados de ayuda: las familias que se encuentran en una situación difícil, los pobres, los abandonados, los que sufren, los que son rechazados por todos. Buscad nuevos caminos, para que el Evangelio pueda penetrar en todos los sectores de la realidad humana, teniendo presente que la nueva evangelización no puede omitir el anuncio de la fe y de la justicia, la defensa del derecho fundamental a la vida, desde el momento de la concepción hasta su muerte natural, la explicación del misterio de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

Amad vosotros mismos a la Madre Iglesia y vivid sus problemas, imitando a Cristo, que «amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25). Que la característica de vuestro servicio sea siempre el profundo sensus Ecclesiae, que distinguía a vuestros fundadores. Formad también en los laicos una conciencia más madura y profunda de la Iglesia, para que aumente en ellos el sentido de pertenencia y responsabilidad hacia ella.

4. «Y, por lo tanto, aunque son muy importantes las múltiples obras apostólicas que realizáis, sin embargo, la obra de apostolado verdaderamente fundamental permanece siempre lo que (y a la vez quienes) sois dentro de la Iglesia » (Redemptionis donum, 15). El alma de la nueva evangelización es una profunda vida interior, pues sólo quien «permanece» en Cristo «da mucho fruto » (cf. Jn 15, 5).

Los preparativos para el Congreso eucarístico internacional de Wrocław y su solemne desarrollo han vuelto a proponer a la Iglesia, especialmente en nuestra patria, el inefable misterio de la Eucaristía y han recordado el «mandamiento nuevo» que anunció Cristo durante la última cena.

La Eucaristía, «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual» (Sacrosanctum Concilium, 47), expresa del modo más perfecto el sentido y la verdad sobre vuestra vocación, sobre la vida fraterna en comunidad y sobre la necesidad de evangelización. La Eucaristía es sacrificio y don. Como tal, exige una respuesta digna del don y del sacrificio. Las palabras del conocido canto eucarístico dicen de Cristo Señor: «Se nos da totalmente». Una coherente respuesta a este extraordinario Don es el pleno y generoso don de sí, que encuentra su propia expresión en el cumplimiento fiel de los consejos evangélicos, es decir, en la aspiración al amor perfecto a Dios y al prójimo, y, como consecuencia, al celoso anuncio del mensaje de la salvación.

La Eucaristía es una fuente inagotable de energía espiritual que proviene directamente del Señor, el cual, aunque en este «misterio de la fe» calla, sin embargo repite continuamente: «Yo soy el primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1, 17-18). Su ayuda, que recibís en la medida en que os abrís al misterio del amor, sostiene siempre nuevamente vuestras fuerzas, que a veces se debilitan, y esclarece con su luz «las noches del alma». Gracias a esa ayuda y en virtud de vuestra correspondencia, ciertamente se hará realidad la exhortación del Señor: «Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (Ap 2, 10). Él, «virgen, pobre y obediente al Padre», y hoy en la Eucaristía ya glorioso, es para vosotros la garantía para alcanzar la meta de vuestro difícil y fascinante camino hacia la santidad.

Nunca debéis olvidar que estáis llamados a dar un testimonio personal y comunitario de la santidad que es la llamada esencial de la vida consagrada y fuente del dinamismo apostólico de la Iglesia. Los laicos esperan de vosotros que seáis ante todo testigos de la santidad y guías que señalan el camino para alcanzarla en la vida diaria. Así pues, conviene que acojáis con generosidad y acompañéis espiritualmente a los que buscan un contacto vivo con Dios y desean corroborar junto con vosotros su compromiso de santidad. Hace falta vuestro testimonio para «favorecer y sostener el esfuerzo de todo cristiano por la perfección. (...) El hecho de que todos sean llamados a la santidad debe animar más aún a quienes, por su misma opción de vida, tienen la misión de recordarlo a los demás» (Vita consecrata, 39).

El empobrecimiento de los valores humanos que está aumentando, vinculado a los modelos de vida que se difunden también en Polonia, basados en la triple concupiscencia, hace que una sincera práctica de los consejos evangélicos adquiera un carácter particular de signo profético. En efecto, los consejos evangélicos «proponen (...) una "terapia espiritual" para la humanidad, puesto que rechazan la idolatría de las criaturas y hacen visible de algún modo al Dios vivo » (ib., 87). La Iglesia de nuestros días en Polonia tiene muchísima necesidad de este signo profético, si quiere ayudar al hombre a usar correctamente su libertad.

El testimonio de vuestra vida, entregada auténticamente y sin reservas a Dios y a los hermanos, es indispensable para hacer presente en el mundo a Cristo y para llegar con su Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, que escuchan con más gusto a los testigos que a los maestros y son más sensibles a los ejemplos vivos que a las palabras. Los consagrados deben ser en el mundo la sal que no se vuelve insípida, la luz que no deja de irradiar en su ambiente, la ciudad situada sobre el monte, que desde lejos atrae la mirada (cf. Mt 5, 13-16).

Es evidente que la realización del ideal de santidad en la vida personal y en la comunitaria conlleva luchas espirituales y trabajo. Los procesos de secularización que se producen en la sociedad afectan también a las personas consagradas a Dios, que sufren asimismo la tentación de «hacer», más que «ser». Los participantes en el Sínodo de los obispos de 1994 pusieron en guardia contra estos peligros. Siempre es necesaria la vigilancia y el discernimiento de espíritu para proteger la vida consagrada contra los peligros externos e internos, contra todo lo que pueda llevar al debilitamiento del impulso original, a la superficialidad y a la mediocridad en el servicio divino. «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2).

Me alegro porque la vida religiosa en Polonia se está desarrollando y produce frutos de santidad, como puedo testimoniar ante la Iglesia también durante esta peregrinación, elevando a la gloria de los altares a los santos y beatos: Juan de Dukla, y las siervas de Dios Bernardina Jabłonska y María Karłowska.

5. Os transmito este mensaje en el santuario de la Señora de Jasna Góra, donde con tanta frecuencia os reunís para orar, para hacer algún día de retiro y para los ejercicios espirituales. María, la primera entre las criaturas humanas, en el momento de la Anunciación recibió el don de Dios: el eterno designio de su participación en la misión de su Hijo. Jesús, cuando agonizaba en la cruz, con sus palabras «Mujer, he ahí a tu hijo» (Jn 19, 26), le encomendó a ella, como Madre, a Juan y a todos los hombres, y de modo particular a los que el Padre «de antemano conoció y predestinó a reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8, 29). Todos los que, en el decurso de los siglos, han seguido la senda de la imitación de Jesús, han sido llamados, al igual que el «discípulo a quien amaba», a «acoger a María en su casa» (cf. Jn 19, 27), a amarla y a imitarla radicalmente, para experimentar a cambio su particular ternura materna.

María, la primera consagrada, es para vosotros modelo de apertura al don de Dios y de acogida de la gracia por parte de la criatura, el modelo de la entrega total a Dios sumamente amado. Ella respondió al don de Dios con la obediencia de la fe que la acompañó durante toda su vida. Cada día estaba en contacto con el misterio inefable del Hijo de Dios, no sólo en la vida oculta de Jesús, cuando junto a José permanecía a su lado, sino también en los momentos decisivos de su actividad pública, y especialmente en el Calvario, cuando junto a la cruz, profundamente unida a él, sufría y alababa a Dios: «Feliz la que ha creído» (Lc 1, 45). La fe de María superó todas las pruebas sin ceder jamás. Para toda persona consagrada la Virgen de Nazaret es «maestra de seguimiento incondicional y de servicio asiduo» (Vita consecrata, 28). Buscad en la fe de María el apoyo para vuestra fe, para anunciar a los hombres de hoy «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6).

En el umbral del gran jubileo del año 2000, encomiendo al sacratísimo Corazón de Jesús y al Corazón inmaculado de María todas las órdenes, las congregaciones, las sociedades de vida apostólica y los institutos seculares en Polonia, tanto masculinos como femeninos. En el camino de vuestra vida y del trabajo apostólico, os acompañe mi bendición apostólica, «para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo» (1 P 4, 11).

Jasna Góra, 4 de junio de 1997

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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