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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES Y RELIGIOSOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Convento franciscano de Dukla
Lunes 9 de junio de 1997

 

1. «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra» (Sal 96, 1).

Queridos hermanos y hermanas, ¡cómo se alegra mi corazón porque hoy, en mi itinerario de peregrino, tengo la ocasión de detenerme en la ciudad en que nació el beato Juan de Dukla! Vuelvo con mi memoria a aquel día, hace muchos años, en que visité el santuario de Dukla, especialmente la capilla del beato Juan «en el desierto», como se solía decir. Hoy vengo de nuevo a vuestra ciudad, que con toda su historia «canta al Señor un cántico de gloria y alabanza» por el don de este piadoso religioso, cuya canonización tendrá lugar mañana en Krosno.

Saludo de todo corazón a los padres Bernardinos, custodios fieles de este lugar. Vosotros conserváis con cariño las reliquias de vuestro excelente hermano Juan. Saludo cordialmente también a los sacerdotes que trabajan en esta ciudad, y en particular al decano, a las autoridades civiles y a todos los habitantes de Dukla y de sus alrededores. Hoy, en cierto sentido, es vuestra fiesta, que Dios en su bondad preparó para vosotros. Este es el día que nos dio el Señor.

Saludo también a los que han llegado de lejos, de varias partes del país, y sobre todo al Episcopado, encabezado por el primado; como hemos escuchado, no sólo provienen del país, sino también del extranjero, de más allá de la frontera meridional y de no sé qué otra frontera, para tomar parte en este encuentro.

2. ¡Qué cercano me parece el beato Juan en este templo donde se conservan sus reliquias! Tenía muchos deseos de venir aquí, para escuchar, en el silencio del convento, la voz de su corazón y, junto con vosotros, ahondar en el misterio de su vida y de su santidad. Fue una vida totalmente entregada a Dios. Comenzó en el eremitorio cercano. Allí, en el silencio, y en medio de luchas espirituales, «Dios lo conquistó», de forma que desde ese momento permanecieron unidos hasta el final. Entre estos montes aprendió a orar con intensidad y a vivir los misterios de Dios. Lentamente se consolidó su fe y se fortaleció su amor, para producir más tarde frutos de salvación, ya no en la soledad, en el eremitorio, sino dentro de las paredes del convento de los Franciscanos Conventuales y, luego, de los Bernardinos, donde pasó el último período de su vida.

El beato Juan se ganó la fama de sabio predicador y de celoso confesor. Acudían a él en gran número las personas sedientas de sana doctrina de Dios, para escuchar sus predicaciones o para buscar consuelo y consejo en el confesionario. Se hizo famoso como guía de almas y prudente consejero de muchos. Los textos dicen que, a pesar de la vejez y de la pérdida de la vista, seguía trabajando, pedía que le leyeran las predicaciones, con tal de poder continuar. Iba a tientas al confesionario, para poder convertir a las almas y llevarlas a Dios.

3. La santidad del beato Juan brotaba de su profunda fe. Toda su vida y su impulso apostólico, así como su amor a la oración y a la Iglesia, se basaban en la fe, que era para él una fuerza, gracias a la cual sabía rechazar todo lo material y temporal, para dedicarse a lo que era de Dios y espiritual.

Quiero agradecer cordialmente al arzobispo de Przemyśl el haberme invitado a Dukla y sus esfuerzos para que este encuentro pudiera realizarse. Doy las gracias a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas presentes en esta diócesis de frontera, que, siguiendo las huellas del beato Juan, llevan al pueblo de Dios por los caminos de la fe. Que Dios os recompense vuestro esfuerzo y vuestro empeño.

Expreso también mi agradecimiento a los enfermos y a los que sufren, que llevan la cruz de la vejez y de la soledad, en la vecina localidad de Korczyna y en otros lugares del Gólgota humano. Me dirijo también a los jóvenes: No tengáis miedo de las contrariedades. No os desalentéis a causa de ellas; al contrario, llenos de confianza en la poderosa ayuda del piadoso Juan, llevad con valentía y entusiasmo la luz del Evangelio. Tened el valor de convertiros en sal de la tierra y luz del mundo. También oremos aquí, en este lugar, para obtener numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas, y nuevas vocaciones apostólicas entre los seglares. Por lo que yo sé, aquí no faltan las vocaciones; más bien son abundantes; pero la mies es mucha y todo el mundo espera.

4. Hermanos y hermanas, visitad a menudo este lugar. Es el gran tesoro de esta tierra, porque aquí el Espíritu del Señor habla a los corazones de los hombres por medio de vuestro santo paisano. Él os dice que la vida personal, familiar y social se ha de edificar sobre la fe en Jesucristo, pues la fe da sentido a todos nuestros esfuerzos. Ayuda a descubrir el verdadero bien, plantea una correcta jerarquía de valores e impregna toda la vida. ¡Con cuánta previsión se expresa todo eso en las palabras de la carta del apóstol san Juan: «Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe» (1 Jn 5, 4).

Para concluir, recibid mi bendición, con la que quiero abrazaros a vosotros, a vuestras familias y a vuestros seres queridos. Bendigo a esta ciudad y a todos sus habitantes.

Que san Juan en el cielo escuche cómo lo aplaudís aquí. Ahora es preciso terminar este primer encuentro; esperemos a mañana. Aún debemos orar, y luego os imparto mi bendición.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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