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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE EGIPTO
EN VISITA «AD LIMINA»


Martes 24 de junio de 1997

 

Beatitud;
queridos hermanos en el episcopado:

1. Con gran alegría y afecto fraterno os acojo con ocasión de vuestra visita ad limina. Vuestra venida a Roma es para vosotros, ante todo, una peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, que dieron testimonio de Cristo hasta el derramamiento de su sangre; es, también, un gesto que manifiesta la comunión de las Iglesias particulares esparcidas por todo el mundo con el Sucesor de Pedro. Vuestra presencia en la ciudad eterna, al aproximarse la fiesta de los santos Apóstoles, subraya la dimensión de unidad entre todas las comunidades católicas. Agradezco a vuestro patriarca sus amables palabras, que me permiten sentirme cerca de los fieles cuyos pastores sois vosotros.

Al recibiros aquí, mi pensamiento se dirige a vuestras comunidades; son las herederas del evangelista san Marcos quien, hace casi dos mil años, llevó el Evangelio a vuestra región, después de haber sido confirmado él mismo en su fe y en su misión por la contemplación del Señor y la proximidad de los Apóstoles. Oro para que los cristianos de vuestras diócesis, a ejemplo de sus antecesores, sean auténticos discípulos de Cristo, encontrando en la lectura del Evangelio y en los sacramentos la fuerza para dar testimonio de él. Como Iglesia, estáis llamados a hacer presente el rostro de Cristo en vuestra tierra, para que nuestros contemporáneos puedan descubrir el esplendor y la luz de nuestro Dios, que ilumina toda acción humana y da a la existencia su sentido pleno.

2. Por vuestra ordenación episcopal, habéis sido elegidos para guiar al pueblo de Dios, para instruirlo y para organizar, con una caridad afectiva y efectiva, los diferentes servicios diocesanos. Os esforzáis por estar cerca de vuestros sacerdotes y vuestros fieles, formando así comunidades unidas, donde cada uno está dispuesto a ayudar y sostener a sus hermanos. En particular, me alegro por las relaciones de colaboración confiada y fraterna que mantenéis con los sacerdotes diocesanos, relaciones fundadas, «sobre todo, en los lazos del amor sobrenatural» (Christus Dominus, 28). A veces llevan dolorosamente el peso de la jornada y de situaciones difíciles. Apoyadlos en su vida espiritual, pues su apostolado supone, ante todo, estar cerca del Maestro, que da la gracia para el servicio pastoral y el valor para realizar gestos proféticos de diálogo y reconciliación.

Al igual que vosotros, exhorto a los sacerdotes a no descuidar el tiempo de la oración personal y de la meditación. La vida en intimidad con Cristo forja su ser profundo, conformándolos cada día con el sumo Sacerdote. Esmerándose en la celebración de la liturgia de las Horas, solos o en grupo, se asocian a la oración de toda la Iglesia y toman conciencia del hecho de que la misión primordial del ministro ordenado consiste en presentar cada día a Dios a los hombres de su tiempo, para que el Señor haga de ellos un pueblo santo y les infunda su Espíritu.

Para que puedan ejercer su ministerio, los sacerdotes también deben disponer de condiciones de vida material dignas, que les permitan dedicarse a sus tareas pastorales. Sé que procuráis que, en todas las eparquías, los ministros sagrados dispongan de las mismos beneficios y de la misma protección social, para que, sin miedo al futuro, puedan entregarse totalmente a su misión.

Quisiera manifestar mi aprecio por la valentía y el trabajo paciente de los sacerdotes, en particular por su ministerio de cercanía. Se esfuerzan por encontrarse regularmente con sus fieles para ayudarles a vivir su vida cristiana y profundizar el sentido de los sacramentos, y para sostenerlos en las diferentes decisiones que tienen que tomar cada día. Subrayáis también el interés que ponen para anunciar el Evangelio en las homilías dominicales, preparadas con mucho esmero y gran sentido pedagógico. Así, introducen a los fieles en el misterio del dogma cristiano. En este campo, gracias a los programas de catequesis establecidos en el ámbito de las parroquias, de las eparquías y de la entera Iglesia particular, y gracias también a vuestra enseñanza, los fieles son fortalecidos en su fe para ser testigos sólidos. La finalidad de la enseñanza catequística es que «la fe se haga viva, explícita y activa en la vida de los hombres» (ib., 14).

3. En vuestro ministerio episcopal, velad muy particularmente por la pastoral de las vocaciones, ejerciendo un discernimiento atento con respecto a los candidatos al sacerdocio y formando a los seminaristas, a fin de que se preparen para llegar a ser vuestros colaboradores directos. El dinamismo de la Iglesia del futuro se basa, en gran parte, en la atención que prestemos a la preparación para el sacerdocio. No dudéis en invitar a los jóvenes a consagrarse total y radicalmente a Cristo. Por su parte, los sacerdotes, con su testimonio y su alegría espiritual, pueden impulsar a los jóvenes a comprometerse en el seguimiento de Cristo en el ministerio ordenado.

4. Doy gracias al Señor por la larga tradición, la rica historia de la Iglesia copta católica y el apostolado activo del conjunto de sus fieles. Manifestáis vuestros vínculos fraternos durante vuestros diferentes encuentros periódicos. En efecto, en el seno de los organismos patriarcales, colaboráis activamente a fin de realizar las estructuras necesarias para un mejor dinamismo pastoral, preocupándoos por asociar estrechamente a vuestra misión, en las diferentes comisiones del patriarcado y de las eparquías, a sacerdotes, a religiosos y religiosas, y también a laicos.

5. Habéis elaborado un programa de preparación para el matrimonio, a fin de ayudar a los fieles a comprender el sentido de ese sacramento y asumir plenamente sus responsabilidades de esposos y padres, respetuosos del significado de la sexualidad en el matrimonio, vivida según el plan de Dios, de la dignidad de la mujer y del valor de toda vida humana confiada por el Creador. Es conveniente que los sacerdotes y los laicos llamados a acompañar a los novios reciban suficiente formación teológica, espiritual y psicológica para presentar la doctrina de la Iglesia en este campo. La preparación seria de los jóvenes para la vida conyugal es particularmente importante, ya que están llamados a ser testigos de Cristo, con el ejemplo de su vida y con sus opciones morales específicas, ante sus hijos y ante sus compatriotas. Sus hermanos descubrirán así la alegría de vivir en la libertad de los hijos de Dios.

Os felicito por el trabajo que habéis realizado para la reforma de los diferentes rituales y su traducción a una lengua moderna, movidos por el deseo de conservar vuestro patrimonio litúrgico y espiritual específico y transmitirlo a las generaciones jóvenes. De esta forma contribuís a que el pueblo cristiano comprenda mejor el dogma cristiano y participe de manera más activa en la liturgia divina.

6. El hecho de que entre todas las comunidades católicas de Egipto exista una justa repartición de bienes y de dones, que manifiesta el amor de Dios, es un signo elocuente para los hombres. Doy gracias a las Iglesias particulares y a los movimientos que os sostienen financieramente. Los animo a proseguir y a intensificar sus esfuerzos en favor de vuestras eparquías. Esta comunión también debe realizarse cada vez más en el seno de vuestro patriarcado, para que las eparquías que reciben más subvenciones ayuden a las más pobres y a las que han sido fundadas recientemente. Así, entre vosotros y con vuestros hermanos de otros países, realizáis una obra de caridad comparable con la que existía en los tiempos apostólicos, cuando «los discípulos determinaron enviar algunos recursos, según las posibilidades de cada uno, para los hermanos que vivían en Judea» (Hch 11, 29).

7. El patriarcado copto católico y el vicariato latino de vuestro país tienen una larga tradición educativa. Conozco los sacrificios que esta obra conlleva para vuestras comunidades. Al proponer una enseñanza gratuita en algunas escuelas, tenéis en cuenta las condiciones actuales de vida que a veces ponen en peligro la vida de las familias, que disponen cada vez de menos recursos para proveer a sus necesidades fundamentales a fin de criar y educar a los niños. Algunos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos están comprometidos en la formación intelectual de la juventud egipcia, cristiana y musulmana. Además, la comunidad educativa contribuye al desarrollo de la personalidad integral de los jóvenes, proponiéndoles los valores humanos, espirituales y morales esenciales, en el respeto de los que no comparten las convicciones cristianas; pero los padres que envían a sus hijos a las escuelas católicas deben aceptar que los discípulos de Cristo hablen abiertamente de los valores cristianos que fundan sus convicciones, su enseñanza y su estilo de vida.

Llevad mi apoyo cordial a todos los que están comprometidos en este servicio a los hombres y a la Iglesia. Los educadores y los padres deben recordar que los jóvenes tienen necesidad de modelos y que la escuela es un lugar de convivencia e integración social, donde cada uno está llamado a aceptar al otro, a acogerlo con su sensibilidad propia y a reconocerlo como un hermano. Los jóvenes aprenderán así que lo que cuenta más para la edificación social es la solidaridad entre todos y el respeto a cada persona. Estas son las condiciones esenciales para la paz y la realización de las personas. Se aprecia la atención que las autoridades egipcias y el conjunto de vuestros compatriotas brindan a la alta calidad de la enseñanza y de la educación humana y moral en las escuelas católicas, así como al compromiso de los fieles en la pastoral caritativa y en la asistencia sanitaria y social.

8. En vuestros informes quinquenales, habéis recordado los vínculos fraternos que os unen a la Iglesia copta ortodoxa y las posibilidades de colaboración que ofrecen la enseñanza de la religión y la ayuda caritativa. Se trata de los primeros pasos en el diálogo ecuménico, que impulsan a realizar otros. Quisiera invitaros a proseguir vuestra apertura a las demás Iglesias y las relaciones ecuménicas con ellas. También me uno a vuestros sufrimientos, de los que me habéis informado, y que experimentáis frente a las incomprensiones de vuestros hermanos muy queridos, con los que compartís la misma tradición espiritual y el mismo deseo de dar a conocer y amar al Señor. A pesar de las dificultades, los pastores y los fieles católicos no dejen nunca de realizar gestos fraternos. Recuerden que el amor impulsa al amor y que una actitud de caridad invita a la reciprocidad. Los testimonios de caridad contribuyen a restablecer y mantener un clima sereno entre las Iglesias, y a encontrar solución a los problemas que obstaculizan aún la comunión plena. A este respecto, me alegra constatar los signos tangibles que han realizado vuestras comunidades para ayudar generosamente a la Iglesia copta ortodoxa, en particular, el traspaso de iglesias que le permite celebrar con sus fieles la liturgia divina.

El diálogo y el acercamiento no impiden en absoluto que cada comunidad respete la sensibilidad propia de las demás comunidades, así como la manera específica de expresar la fe común en Cristo y de celebrar los sacramentos, que las Iglesias deben reconocer mutuamente como administrados en nombre del mismo Señor. En efecto, el Catecismo de la Iglesia católica recuerda claramente que «el bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos» (n. 1.271), puesto que representa «un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por Cristo» (Unitatis redintegratio, 22).

9. Es importante que todos los hombres de buena voluntad se unan para reducir las incomprensiones, las divisiones y las fracturas que pueden poner trabas a la vida diaria; cada uno debe trabajar para que todos los sectores de la población de un país, incluso las minorías, sean considerados con todo el respeto y la atención a que tienen derecho en la sociedad, y para que cada persona sea considerada un ciudadano con pleno derecho. En este ámbito de la defensa de las personas y los pueblos, en el seno de cada nación, la Iglesia tiene una misión particular. «Se siente interpelada (...) a superar dichas divisiones» (Ecclesia in Africa, 49) y a construir puentes entre todos los componentes culturales de un pueblo. Con este espíritu, la Iglesia invita incansablemente a cristianos y musulmanes a buscar sinceramente la comprensión mutua, así como a proteger y promover juntos la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad para todos los hombres. Como han recordado recientemente los patriarcas católicos de Oriente, «el islam no es un enemigo, sino el interlocutor de un diálogo indispensable para la construcción de la nueva civilización humana». Del mismo modo, «el cristianismo (...) no es un enemigo, sino el interlocutor principal en el diálogo indispensable para la construcción de un mundo nuevo» (III Carta pastoral, Navidad de 1994, n. 40).

Por tanto, los cristianos tienen el derecho legítimo y el deber de comprometerse en la vida pública y poner su competencia al servicio de las comunidades locales, para participar en la edificación de la sociedad, en la paz entre todos y en la gestión del bien común. En su enseñanza, la Iglesia ha recordado frecuentemente los principios de la justicia y la equidad en la participación en la vida social. En efecto, a nadie se ha de excluir de la res publica a causa de sus opiniones políticas o religiosas. Cada cultura particular está marcada para siempre por las aportaciones religiosas y civiles de las diferentes civilizaciones que han prevalecido en una región determinada y que deben considerarse como elementos de la cultura común (cf. exhortación apostólica postsinodal Una nueva esperanza para el Líbano, 93). Por tanto, corresponde al conjunto de los protagonistas de la vida social asegurar, en nombre de la simple reciprocidad, la libertad necesaria para la vida religiosa y moral, sin que ello entrañe una exclusión del pueblo al que uno pertenece y ama porque constituye sus raíces y porque es el pueblo de sus antepasados. En esta perspectiva, invito a los cristianos de vuestras comunidades a ser incansablemente levadura de concordia y reconciliación.

10. En vuestros informes, habéis subrayado el importante lugar que ocupan los religiosos y las religiosas en medio del pueblo egipcio, en algunos sectores como la educación, la sanidad, las obras caritativas, la promoción de la igualdad entre el hombre y la mujer, y las relaciones con los cristianos de las demás confesiones y con los musulmanes. Transmitidles mis saludos cordiales. Doy gracias al Señor por lo que han podido realizar. Las personas consagradas, presentes en medio de los hombres, recuerdan de manera profética, mediante la práctica de los consejos evangélicos, que Cristo es lo primero y que puede colmar plenamente a los que se comprometen a seguirlo. El pueblo cristiano necesita hombres y mujeres que se consagren totalmente al Señor y a sus hermanos, y puedan expresar su amor a Dios y al prójimo mediante opciones coherentes y proyectos concretos. Doy las gracias a las congregaciones y a los institutos por enviar regularmente nuevas personas a vuestro país para responder a las necesidades pastorales más urgentes.

11. Amadísimos hermanos de la Iglesia copta católica, debéis afrontar numerosas dificultades en el crecimiento de vuestras comunidades, que no siempre disponen de los lugares de culto necesarios para sus asambleas litúrgicas, y cuyos fieles se ven obligados a veces a abandonar su Iglesia únicamente a causa de las condiciones sociales impuestas a los cristianos. ¡Ojalá que podáis procurar a los miembros de vuestras eparquías los medios espirituales que les permitan permanecer firmes en la fe en medio de sus compatriotas, para que la Iglesia siga legítimamente presente y visible en el país!

Recientemente fui al Líbano para entregar a los cristianos de ese país la exhortación apostólica postsinodal Una nueva esperanza para el Líbano, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los obispos. Os invito a dedicar también vuestra atención a este documento, que contiene aspectos relacionados con las diferentes comunidades católicas orientales y los vínculos con los hombres de otras religiones.

12. Beatitud, deseo felicitarlo cordialmente con ocasión del trigésimo aniversario de su ordenación episcopal, para reavivar en usted el don de Dios recibido con la imposición de las manos. Asimismo, felicito a todos vuestros sacerdotes y a los que entre vosotros celebran durante este mes de junio un aniversario de ordenación. Pido al Espíritu Santo que os acompañe y os colme de sus dones. También encomiendo en mi oración a todos los católicos de rito copto y del vicariato apostólico latino. Llevadles el saludo afectuoso y el aliento cordial del Sucesor de Pedro. Ojalá que, en medio de las dificultades actuales, los discípulos de Cristo no pierdan la esperanza y el Espíritu les inspire a todos sentimientos de concordia y paz. Por intercesión del apóstol san Marcos, os imparto de todo corazón la bendición apostólica a vosotros y a los miembros del pueblo de Dios encomendado a vuestra solicitud pastoral.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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