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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS VOLUNTARIOS ITALIANOS
DE LA «HOSPITALITÉ NOTRE DAME DE LOURDES»
Y A UN CORO DE BOSTON

Sábado 8 de marzo de 1997

 

1. Me alegra acogeros, amadísimos voluntarios italianos, que participáis en la «Hospitalité Notre Dame de Lourdes». Os saludo con afecto, así como a los miembros del Comité de la archicofradía, que han querido acompañaros. También extiendo mi saludo a los miembros del coro del «Boston College», procedentes de los Estados Unidos.

Este encuentro me brinda una ocasión propicia para subrayar el valor de la hospitalidad, dimensión esencial y distintiva de la caridad cristiana, obra de misericordia que los discípulos de Cristo —como personas, como familias y como comunidades— están llamados a realizar con gozosa obediencia al mandato del Señor.

2. A causa de las modernas condiciones de vida, los valores de la acogida y de la hospitalidad, presentes en toda cultura, corren el riesgo de debilitarse y perderse: en efecto, son delegados a organismos y estructuras que proveen de forma específica. Aunque esto responda a oportunas exigencias organizativas, no debe reflejarse en una disminución de la sensibilidad y de la atención hacia el prójimo necesitado. Ciertamente, la hospitalidad profesional es valiosa, pero no debe perjudicar la cultura de la hospitalidad, cuyas motivaciones más profundas se hallan en la palabra de Dios y que es, como tal, patrimonio de todo el pueblo de Dios.

Me agrada recordar como referencia ejemplar el texto del libro del Génesis, en donde se narra el episodio de Abraham y de los tres misteriosos huéspedes en la encina de Mambré (cf. Gn 18, 1- 10). Bajo la apariencia de los tres extranjeros de paso, el antiguo patriarca acogió a Dios mismo. La hospitalidad encuentra su plenitud en Cristo, que acogió en su persona divina nuestra humanidad, convirtiéndose, como se expresa la liturgia, en «huésped y peregrino en medio de nosotros» (Misal romano, prefacio común, VII).

3. Amadísimos hermanos y hermanas, como manifiesta también vuestra actividad, la hospitalidad adquiere una importancia muy particular en relación con la experiencia de la peregrinación, sobre todo cuando se trata de peregrinos enfermos o muy ancianos, que necesitan cuidados especiales. ¡Cuántos santos han alcanzado la perfección de la caridad precisamente asistiendo a los enfermos con el amor que sólo Cristo, recibido en la Eucaristía y servido en el hermano, puede transmitir!

Uno de los aspectos importantes en la preparación del gran jubileo del año 2000 es la profundización del espíritu de hospitalidad. Todas las comunidades eclesiales están llamadas a desarrollar esta dimensión, abriendo su corazón y acogiendo a cuantos llaman a sus puertas. Así, el Año santo constituye para cada Iglesia particular una ocasión providencial de conversión al evangelio de la acogida y del servicio a los enfermos y a los que sufren.

4. La acogida de nuestros hermanos, con solicitud y disponibilidad, no puede limitarse a las ocasiones extraordinarias, sino que debe convertirse para todos los creyentes en un servicio habitual en la vida diaria. En este sentido, amadísimos hermanos y hermanas, vuestra inserción activa en la pastoral de los enfermos, tal como se practica en la diócesis a la que pertenecéis, es verdaderamente encomiable. Expresa la voluntad de prolongar la experiencia de la peregrinación a Lourdes en la vida eclesial de todos los días.

Por tanto, os animo a proseguir con generosidad vuestro compromiso, siempre en comunión concreta con vuestros pastores. Con el deseo de que vuestro servicio sea fuente de santificación para vosotros y de válido consuelo para las personas con las que tratáis, invoco la especial intercesión de vuestra patrona, la Virgen de Lourdes.

5. Me alegra también saludar al coro de la Boston College University. Os deseo una agradable estancia en la ciudad de los santos Pedro y Pablo. Espero que vuestra visita os ayude a ser sensibles ante la necesidad de profundizar vuestra adhesión a los auténticos valores cristianos y una visión trascendente del significado de la vida. Pertenecer al coro de la universidad os da seguramente mucha satisfacción, y pido a Dios que también os ayude a desarrollar un vida espiritual más profunda mediante la alabanza a Dios con el canto. Que el Señor os bendiga a todos; y transmitid mis saludos a vuestras familias y a vuestros amigos.

6. En este día 8 de marzo, dedicado a la reflexión sobre la dignidad y el papel de la mujer, deseo dirigir un pensamiento a todas las mujeres del mundo, de modo particular, a cuantas, por desgracia, se encuentran en condiciones de marginación y discriminación. ¡Ojalá que toda mujer exprese plenamente la riqueza de su personalidad al servicio de la vida, de la paz y del auténtico desarrollo humano! A todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, os renuevo mi agradecimiento por esta grata visita, y os imparto de corazón la bendición apostólica.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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