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ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES DE ROMA COMO PREPARACIÓN
PARA LA XII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD


Sala Pablo VI,
Jueves 20 de marzo de 1997



1. «Non sum dignus, non sum dignus». Queridos jóvenes, he leído durante estos últimos días un libro francés: «Jean Paul II le resistant». El Papa es resistente. Hoy veo que me he ganado otro titulo: «desconcertante», porque he cambiado vuestro programa. Pero es necesario pasar «ad rem»,. ¿Sabéis que quiere decir pasar «ad rem»? No quiero haceros un examen de latín. «Ad rem», quiere decir pasar al asunto, al tema, a lo que esta escrito aquí, en las hojas que tengo en mis manos. Después veremos.

«Misión quiere decir: ¡transmite la Palabra!».

Amadísimos jóvenes de Roma, este es el lema que ha resonado varias veces en el encuentro de hoy y que sintetiza bien el significado de cuanto esta celebrando la Iglesia de Roma: la misión ciudadana. En efecto, la misión ciudadana ¿no significa comprometerse juntos a acoger y a transmitir a todos, en nuestra vida diaria, la palabra de Dios que penetra en el corazón del hombre? La palabra de Dios, como leemos en la carta a los Hebreos, «es viva y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4, 12).

2. Queridos muchachos y muchachas, os lo digo para anticiparos la entrega de esta Palabra. Os entrego a vosotros, es decir, os «transmito» el evangelio de san Marcos.

Evangelio quiere decir «buena nueva» y la «buena nueva» es Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvar al mundo. El corazón del Evangelio es, precisamente, la predicación de Jesús, sus gestos, su muerte y resurrección; es Jesucristo; es el mismo, Jesucristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por todos.

Durante el encuentro habéis escuchado la lectura de un párrafo muy significativo del evangelio de san Marcos: la doble pregunta de Jesús a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?», «y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»; y la respuesta de Pedro en nombre de todos: «Tú eres el Cristo» (cf. Mc 8, 15-30). Esta respuesta es la síntesis del evangelio de san Marcos: todo lo que podéis leer antes es un camino lento y progresivo hacia esta proclamación de que Jesús es el Mesías. Todo lo que sigue es una explicitación continua de cómo Jesús es el Mesías. El es el Mesías —y se trata de una novedad absoluta— cuando, obedeciendo al Padre, muere en la cruz por amor a nosotros. Ante su muerte el centurión romano exclama: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39). Vemos aquí condensado el anhelo misionero de san Marcos y su convicción mar profunda. Ante el gesto mas grande de amor que una persona puede realizar, «dar la vida por los amigos» (cf. Jn 15, 13), es posible convertirse; cambiar de vida. También el centurión, que no pertenece al pueblo elegido, reconoce en Jesús al Hijo de Dios, al salvador no solo de un pueblo o de una nación, sino de todo hombre y de toda mujer que lo acoge y lo conoce en el momento de su humillación extrema, en su anonadamiento extremo.

3. Queridos jóvenes en el pasaje del evangelio de san Marcos que se refiere a la resurrección, el ángel dice a las mujeres: «Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado; ha resucitado, no está aquí (...). Irá delante de vosotros a Galilea», (Mc 16, 6-7), como si nos dijera que no debemos detenernos ante el sepulcro. Si queréis encontrarlo —nos repite el ángel a todos— seguid el camino que Jesús os indica. «Irá delante de vosotros a Galilea y, para verlo vivo y resucitado, es necesario ir a donde nos cita. Dos momentos de san Marcos que ya nos hacen pensar.

Si este es el contenido del Evangelio, requiere que lo «transmitamos» a los demás. Esta es la misión, misión apostólica, la misión de las mujeres, las primeras apóstoles, como Magdalena; la misión de Pedro, de los Doce y, ahora, la misión ciudadana; misión de los ciudadanos, de todos vosotros los romanos, porque la misión ciudadana es una ocasión única también para vosotros, queridos jóvenes de las parroquias, de las asociaciones y de los movimientos romanos, para conocer y «transmitir», la palabra de Dios y no faltar a la cita con él. Conocer a Jesús en su palabra. Conocer a Jesús crucificado y resucitado a través de su palabra, a través del evangelio de san Marcos.

La misión ciudadana significa, ante todo, comprender que no hay cristianismo auténtico si no hay «misionariedad», que Jesús es un don de Dios que hay que llevar a todos.

La misión ciudadana es aprender de Cristo a salir de nosotros mismos, de nuestros grupos, de nuestras parroquias, de nuestras hermosas asambleas, para llevar su Evangelio a tantos amigos que conocemos y que esperan como nosotros la salvación que sólo Cristo sabe y puede dar.

4. Por tanto, id, jóvenes a los jóvenes. Pero, ¿quienes son los jóvenes? Vosotros sois los jóvenes de Roma.

Gracias a los muchos encuentros que he tenido con vosotros durante estos años, me he hecho una idea bastante precisa de vosotros, los jóvenes.

Tenéis muchas aspiraciones positivas y muchos deseos; queréis ser y os sentís protagonistas de la vida. Queréis vivir en libertad y dedicaros libremente a hacer las cosas que más os gustan.

Sin embargo, esta libertad puede constituir un riesgo. Sí, la libertad es un riesgo: es un gran desafío y un gran riesgo. Se puede utilizar bien y se puede utilizar mal. Si la libertad no obedece a la verdad, puede aplastaros. Hay quienes son aplastados por su libertad. Lo son, si no es la verdad la que guía su libertad. No puede ser una fuerza ciega abandonada a los instintos. La verdad debe guiar a la libertad.

La verdad libera verdaderamente, y esta verdad viene de Cristo, más aún, es Cristo. Leemos en el evangelio de san Juan: «Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32).

Ahora bien, conviene que conozcáis y deis a conocer, a vuestros amigos a Jesucristo, el centro unificador de vuestra existencia. Por esta razón os entrego hoy su Evangelio y os pido que seáis misioneros valerosos. Id a todo el mundo. Jesús dio a conocer el Evangelio a los Apóstoles y después les dijo: id a todo el mundo. Os lo digo a vosotros, jóvenes de Roma: id a todo el mundo que es Roma.

Por tanto, conoced a Jesucristo. Conocedlo en primer lugar vosotros. A través de una lectura y una meditación constantes; a través de la oración, que es una confrontación continua entre la vida y la palabra de Jesús. Ver quiere decir ya poner manos a la obra.

Así pues, os digo: conoced el Evangelio. Vosotros en primer lugar. Conoced el Evangelio buscando la ayuda de guías sabios y testigos de Cristo. Buscad personas que os ayuden a conocer y vivir el amor, que es el corazón del Evangelio. ¿Qué personas? Vuestros padres, abuelos, profesores, sacerdotes, catequistas y animadores de vuestros grupos y de los movimientos de los que formáis parte. Todos os pueden ayudar a conocer mejor el Evangelio. Conociendo el Evangelio, confrontaos con Cristo, y no tengáis miedo de lo que os pida.

Porque Cristo también es exigente, ¡gracias a Dios! Es exigente. Cuando yo era joven como vosotros, este Cristo era exigente y me convenció. Si no fuera exigente, no habría nada que escuchar ni seguir. Pero si es exigente, es porque presenta los valores, y los valores que predica son exigentes.

5. Al mismo tiempo, dad a conocer el Evangelio de Jesús a vuestros amigos, a los demás jóvenes que hoy no están aquí y que, habitualmente, no frecuentan vuestros grupos. Todos los que están fuera de la parroquia, fuera de los ambientes pastorales, esperan asimismo esta palabra. Cristo también los busca a ellos a través de vosotros. Así se debe construir la misión ciudadana de los jóvenes.

Esta misión os pide a todos un compromiso generoso en este sentido. Debéis escuchar y seguir a Jesús en serio, y testimoniar lo que creéis. Ver, juzgar y actuar: también estas tres palabras os han de acompañar.

No basta ir a la parroquia o a los grupos. Ha llegado el momento de salir al encuentro de quien no viene a nosotros, de quien busca el sentido de la vida y no lo encuentra porque nadie se lo anuncia. Debéis ser personas que sepan anunciar esta buena nueva. Para toda la Iglesia de Roma ha llegado el momento de abrir las puertas y salir al encuentro de los hombres y las mujeres, los muchachos y las muchachas que viven en esta ciudad como si Cristo no existiera.

¿Qué os pide Cristo? Jesús os pide que no os avergoncéis de él y que os comprometáis a anunciarlo a vuestros coetáneos. Haced vuestra esta frase de san Pablo a los Romanos: «No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree, (Rm 1, 16). Así escribió san Pablo a los Romanos, y a nosotros.

¡No tengáis miedo, porque Jesús esta con vosotros! ¡No tengáis miedo de perderos: cuanto más os entreguéis, tanto más os encontraréis a vosotros mismos! Esta es la lógica de una entrega sincera, como enseña el Vaticano II.

Muchos de vuestros amigos no tienen guías ni puntos de referencias a los que dirigirse para aprender a conocer a Jesús y superar los momentos de dificultad, desilusión y desconsuelo que suelen vivir. Además, ¿cómo no pensar en vuestros coetáneos menos afortunados, que deben afrontar problemas más graves aun, como el desempleo, la consiguiente dificultad para poder formar una familia, la drogadicción a otras formas de evasión de la realidad? Sabéis bien que muchos ni siquiera tienen una familia, porque muchas familias hoy viven una crisis preocupante. Queridos jóvenes, convertíos vosotros mismos en una familia para ellos, en un punto de referencia para vuestros coetáneos. Sed amigos de quien no tiene amigos, familia de quien no tiene familia y comunidad de quien no tiene comunidad. Esta es la misión ciudadana de los jóvenes ciudadanos de Roma. También el Papa es ciudadano de Roma. Como buen ciudadano de Roma, durante los próximos meses quiero visitar el Capitolio. Esperemos que mis jóvenes conciudadanos estén conmigo.

6. La palabra de Dios, como he escrito en el Mensaje a los jóvenes para la XII Jornada mundial de la juventud, «no es imposición que desquicia las puertas de la conciencia; es voz persuasiva, don gratuito que, para llegar a ser salvífico en la vida concreta de cada uno, pide una actitud disponible y responsable, un corazón puro y una mente libre» (n. 6: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de agosto de 1996, p. 5). Sembrad la Palabra. Su acogida dependerá del terreno. Jesús respeta la libertad de cada uno: Cuando invita a seguirlo, añade siempre el «si quieres... » (cf. Mt 19, 21).

Dialogad, para anunciar la palabra de Dios. El diálogo ha de ser el método de la misión. El diálogo requiere, ante todo, el encuentro en el ámbito de las relaciones personales y se propone hacer que los interlocutores salgan del aislamiento y de la desconfianza mutua, para crear estima y simpatía recíprocas. El diálogo requiere el encuentro en el ámbito de la búsqueda de la verdad; y también, en el ámbito de la acción, tiende a establecer las condiciones para una colaboración con vistas a objetivos concretos de servicio al prójimo: El diálogo exige al cristiano una fuerte conciencia de verdad; exige que tengamos bien claro que somos testigos de Cristo, camino, verdad y vida.

Se que para esta empresa ya se esta haciendo mucho en la diócesis, también con respecto a la formación de los misioneros y, en el futuro próximo, de los formadores de los jóvenes. Os animo a todos a proseguir por este camino, desarrollando vuestra creatividad para que juntos podáis «transmitir la Palabra» a todos.

7. Queridos jóvenes de Roma, al termino de este encuentro, permitid que os agradezca vuestra presencia y también vuestra calurosa acogida. ¡Era tan calurosa que, en un momento determinado, me he preguntado a mi mismo si llegaría a sobrevivir a este encuentro!

Doy las gracias al cardenal vicario por sus palabras, y a Carmela, la joven que a mi llegada me ha saludado y besado cordialmente. Doy las gracias a todos los que han preparado y animado este encuentro, y son muchos; a todos los que han brindado su testimonio personal y han puesto a disposición del Evangelio y de los jóvenes también sus talentos artísticos. ¡Y son numerosos! No he podido ver mucho, pero lo que he podido ver y escuchar me ha emocionado.

Quisiera saludar también en este momento a una delegación de jóvenes franceses que, como preparación para el encuentro de París, a través de la revista «Phosphore», han escrito al Papa y desean entregarle sus cartas. Doy las gracias a cuantos han querido ponerse en contacto de este modo con nosotros.

Queridos amigos franceses, llevad a vuestros coetáneos el saludo cordial del Papa y de los jóvenes romanos reunidos hoy aquí con vosotros. Decidles que nos sentiremos felices de encontramos con ellos del 18 al 24 de agosto en París, y que nos estamos preparando para este encuentro con intensa oración.

Nos alegrará mucho poder encontrarnos con vosotros en París. Vosotros, los jóvenes franceses, debéis ser los testigos de nuestra voluntad de preparación, que se manifiesta también por la disponibilidad de vuestra parte. Sé que hay mucha disponibilidad por parte de los obispos franceses y de los jóvenes en Francia. Os deseo una buena continuación.

Por último, antes de entregaros el evangelio, deseo daros a todos cita para la Jornada mundial de la juventud, que tendrá por tema: «Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo vereis» (cf. Jn 1, 38-39). Sé que ya estáis organizándoos y que también desde Roma iréis en gran número a París. Será una gran ocasión para vivir juntos la alegría del Evangelio. Serán días en los que la Palabra, si la dejáis actuar, se encontrará con vuestra vida, impulsando proyectos exaltantes para vuestro futuro personal y para el futuro de la Iglesia y de la sociedad.

Invoquemos a la Virgen «Salus populi romani», para que nos acompañe en este itinerario espiritual hacia el encuentro de París. Y mientras os aseguro a cada uno de vosotros y a vuestras familias un recuerdo particular en la oraci6n, os bendigo a todos de corazón.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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