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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONGRESO INTERNACIONAL "UNIV 97"

Martes 25 de marzo de 1997

 

Amadísimos jóvenes:

1. Me alegra daros una cordial bienvenida a todos vosotros, que habéis venido a Roma de más de sesenta países y de cuatrocientas universidades, con ocasión de la tradicional cita del Congreso internacional UNIV, que este año ha llegado a su 30ª edición. Deseo expresar mi complacencia a los organizadores del encuentro y a todos los que, también en el pasado, han puesto su empeño en ofrecer momentos de profundización cultural y de formación integral a estudiantes y profesores universitarios de todo el mundo.

La convicción de que la universidad es un lugar privilegiado, en el que se forja el futuro de la sociedad, os impulsa a estudiar con valentía temáticas decisivas para el destino de la humanidad. Ya sabéis que sólo el esfuerzo personal, inspirado en los valores evangélicos, puede dar respuestas adecuadas a los grandes interrogantes del tiempo actual. En efecto, la cultura auténtica es, ante todo, una llamada, que resuena en lo más íntimo de la conciencia y obliga a la persona a mejorarse a sí misma para mejorar la sociedad. El cristiano sabe que existe un nexo inseparable entre verdad, ética y responsabilidad. Por eso, se siente responsable frente a la verdad, al servicio de la cual pone en juego su propia libertad personal.

2. El tema: «Sociedad multicultural: competitividad y cooperación», objeto de vuestro congreso, quiere desautorizar la tesis según la cual, al derrumbarse el mito del colectivismo, no quedaría más remedio que seguir el libre mercado. En realidad, esta tesis muestra cada vez más sus límites, porque abre el camino a una economía «salvaje», que conlleva graves fenómenos de marginación y desempleo e incluso formas de intolerancia y racismo.

Es necesario emprender nuevos caminos, inspirados en firmes supuestos morales. La doctrina social de la Iglesia enseña que en la base de la praxis política, del pensamiento jurídico, de los programas económicos y de las teorías sociales, es preciso poner siempre la dignidad de la persona, creada a imagen de Dios. El ser humano vive y se desarrolla en interacción con los demás: en la familia y en la sociedad. Por eso, el patrimonio que adquiere como resultado de su pertenencia a un grupo en virtud de su nacimiento, de su cultura y de su lengua debe transformarse en factor de encuentro, no de exclusión.

Esto vale mucho más para quien tiene la fe. Siguiendo el ejemplo del Maestro, que «no vino para ser servido, sino para servir» (Mt 20, 28), el cristiano tiene como ideal el servicio, con la convicción de que la sociedad del mañana, para ser mejor, deberá fundarse en la cultura de la solidaridad. Las iniciativas de voluntariado, que habéis ilustrado en el Foro de vuestro congreso, atestiguan que esa ha sido vuestra elección. Centenares de obras socialmente útiles en zonas económicamente pobres y numerosos programas de promoción social y de asistencia son signos de un compromiso no ocasional, con miras a la construcción de un modelo de sociedad inspirado en el Evangelio.

3. En el Mensaje de preparación a la próxima Jornada mundial de la juventud, a la que estáis citados, he querida proponer a los jóvenes la frase del evangelio de Juan: «Maestro, ¿dónde vives: Venid y lo veréis» (cf. Jn 1, 38. 39). Entre los «lugares» en los que el cristiano encuentra a Jesús, he señalado el dolor humano: «Encontraréis a Jesús allí donde los hombres sufren (...). La casa de Jesús está donde un ser humano sufre por sus derechos negados, sus esperanzas traicionadas, sus angustias ignoradas. Allí, entre los hombres, está la casa de Cristo, que os pide que enjuguéis, en su nombre, toda lágrima» (Mensaje para la XII Jornada mundial de la juventud, 1997, n. 4).

Siguiendo estas indicaciones, las iniciativas de carácter social que promovéis, confirman que deseáis construir un mundo nuevo a partir de la llamada de Cristo.

En efecto, él es la meta final de vuestro compromiso, que no se funda en la simple filantropía. No os contentéis con aliviar las necesidades materiales de los más desfavorecidos: tratad de llevarles a Cristo, porque sólo él puede verdaderamente enjugar todas las lágrimas y dar la salvación.

¡Qué gran campo de apostolado se abre ante vosotros! Quien ha encontrado a Cristo se siente participe de su misión redentora, colaborador suyo en la salvación del hombre. Ser consciente de ello enciende en el corazón la necesidad de conocerlo mejor, para aprender a mirar al hombre con sus mismos ojos de misericordia. A todo ello os llevarán la meditación de la Palabra, la oración, el sacramento de la reconciliación, la Eucaristía y otros medios privilegiados de encuentro con el misterio de su Persona.

4. En el titulo de vuestro Congreso aparece la palabra «competitividad». Para el cristiano ésta es, ante todo, lucha interior para mejorar y crecer en las virtudes hasta identificarse con Cristo. Ese es el modo en que cada uno de vosotros puede hacer fecundo el servicio a los demás, como recordaba el beato Josemaría Escrivá, «pedidle que meta sus designios en nuestra vida; no sólo en la cabeza, sino en la entraña del corazón y en toda nuestra actividad externa» (Amigos de Dios, 249), porque la salvación de la humanidad pasa a través del combate de cada uno para ser santo.

Queridos jóvenes de habla inglesa, poneos cada vez más plenamente en manos del Señor. Que él sea el centro de vuestra vida y la inspiración de vuestro apostolado. Acercaos a otros jóvenes como vosotros, para comprometerlos en la gran tarea de construir una sociedad más verdadera, justa y auténticamente libre. La santísima Virgen María, que estaba al pie de la cruz de Jesús, os sostenga en todo lo que hacéis por la Iglesia y por el mundo.

Queridos jóvenes de lengua francesa, os invito a la XII Jornada mundial de juventud, en París. Allí os reuniréis jóvenes de muchas culturas, pero todos unidos para avanzar en el camino de seguimiento de Cristo, muerto y resucitado para la salvación del mundo. ¡Que Dios os bendiga!

Saludo a todos los jóvenes de lengua portuguesa. En este año, dentro de la preparación para el jubileo del año 2000, el Papa os pide que viváis en «coherencia con vuestra fe, testimoniando con esmero vuestra palabra, para que, en la familia y en la sociedad, resplandezca la luz vivificante del Evangelio». ¡Que Dios os bendiga!

5. Queridos jóvenes, ¡gracias por vuestra presencia! ¡gracias por vuestro compromiso! Llevad al mundo la alegría que brota de estar en comunión con Cristo. Sed testigos de la novedad del Evangelio, para colaborar generosamente en la construcción de la civilización del amor.

Con este deseo, que os expreso en la perspectiva de la Pascua ya inminente, os encomiendo a la maternal protección de María y os imparto con afecto mi bendición.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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