ALOCUCIÓN DEL SANTO PADREJUAN
PABLO II AL FINAL DEL VÍA CRUCIS EN EL COLISEO
Viernes Santo, 28 de marzo de 1997
"Cristus factus est pro nobis oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis" (Flp 2, 8).
1. "Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una
muerte de cruz" (Flp 2, 8-9). Estas palabras de San Pablo resumen el
mensaje que el Viernes Santo nos quiere comunicar. La Iglesia no celebra este día
la Eucaristía, casi como queriendo subrayar que no es posible, en el día
en que se ha consumado el sacrificio cruento de Cristo en la cruz,
hacerlo presente de manera incruenta en el Sacramento.
La Liturgia eucarística se sustituye hoy por el sugestivo rito de la
adoración de la Cruz, que he presidido hace poco en la Basílica
de San Pedro. Quienes han tomado parte en ella conservan aún viva la
emoción experimentada al escuchar los textos litúrgicos sobre la
Pasión del Señor.
¿Cómo no sentirse conmovidos por la descripción detallada
que hace Isaías del "varón de dolores", despreciado y
rechazado de los hombres, que ha tomado sobre sí el peso de nuestros
sufrimientos, herido de Dios por nuestros pecados? (cf. Is 53, 3ss.).
Y, ¿cómo permanecer insensibles ante "el poderoso clamor y
lágrimas" de Cristo, evocadas por el autor de la Carta a los
Hebreos? (cf. Hb 5, 7).
2. Ahora, siguiendo las estaciones del Vía crucis, hemos contemplado
las dramáticos etapas de la Pasión: Cristo que lleva la Cruz, que
cae bajo su peso y agoniza en ella, que en el momento de la agonía ora
con aquellas palabras: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"
(Lc 23, 46), manifestando su total y confiado abandono.
Hoy se concentra en la Cruz toda nuestra atención. Meditamos sobre
misterio de la Cruz, que se perpetúa a través de los siglos en el
sacrificio de tantos creyentes, de tantos hombres y mujeres asociados a la
muerte de
Jesús con el martirio. Contemplamos el misterio de la agonía y
de la muerte del Señor, que perdura también en nuestros día
en el dolor y el sufrimiento de los pueblos e individuos afectados por la guerra
y la violencia.
Allí donde el hombre es golpeado y abatido, se ofende y crucifica a
Cristo mismo. ¡Misterio de dolor, misterio de amor sin límites!
Quedemos en un recogimiento silencioso ante este misterio insondable.
3. "Ecce Lignum crucis...", "Mirad el árbol de la
Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Venid a
adorarlo!"
La Cruz brilla esta tarde con extraordinario fulgor al final del Vía
Crucis, aquí, en el Coliseo. Este lugar de la antigua Roma está
relacionado en la memoria popular con el martirio de los primeros cristianos.
Es, por tanto, un lugar particularmente idóneo para revivir, año
tras año, la pasión y la muerte de Cristo. ¡"Ecce lignum
Crucis"! ¡Cuántos hermanos y hermanas en la fe participaron de
la Curz de Cristo en el periodo de las persecuciones romanas!
El texto de las meditaciones que nos han guiado en el curso de este Vía
crucis ha sido preparado por el venerable hermano Karekin I Sarkissian,
patriarca Catholicós supremo de todos los armenios. Le quedo cordialmente
agradecido y, reconocido también por la visita que me ha hecho
recientemente, le saludo junto a todos los cristianos de Armenia. Extiendo mi
saludo también al arzobispo Nerses Bozabalian, que ha tomado parte con
nosotros al Vía Crucis en representación del Catholicos de
Armenia. ¡Muchos hermanos y hermanas de aquella Iglesia y aquella nación
han tomado parte en la Cruz de Cristo con el sacrificio de sus vidas! Hoy, en
unión con ellos y con todos cuantos, en cualquier rincón de la
tierra, en cada continente y en los diversos países del orbe, participan
en la Cruz de Cristo con sus sufrimientos y con la muerte, queremos repetir: "Ecce
lignum Crucis...", "Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo
clavada la salvación del mundo. ¡Venid a adorarlo!"
4. ¡Mientras se ciernen las sombras de la noche, imagen elocuente del
misterio que envuelve nuestra existencia, nosotros gritamos a Ti, Cruz de
nuestra salvación, nuestra fe!
Señor, de tu Cruz se desprende un rayo de luz. En tu muerte ha sido
vencida nuestra muerte y se nos ha ofrecido la esperanza de la resurrección.
¡Asidos a tu Cruz, quedamos en la espera confiada de tu vuelta, Señor
Jesús, Redentor nuestro!
"Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven,
Señor Jesús!".
¡Amén!
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