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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II AL CONGRESO EUROPEO SOBRE LAS VOCACIONES SACERDOTALES Y RELIGIOSAS
Viernes 9 de mayo de 1997
Señores cardenales; venerados hermanos
en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me
alegra daros mi cordial bienvenida a todos vosotros que participáis en el
Congreso europeo sobre las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida
consagrada, que se está llevando a cabo estos días en Roma. Saludo al cardenal Pio Laghi, prefecto de la Congregación para la educación católica, y le
agradezco las amables palabras que me ha dirigido en nombre de los presentes.
Asimismo, saludo a los señores cardenales y a los venerados hermanos en el
episcopado aquí reunidos.
Saludo en particular a los sacerdotes, religiosos,
religiosas y laicos que han trabajado para promover en las comunidades
eclesiales una pastoral atenta a las vocaciones sacerdotales y de especial
consagración. Les expreso mi complacencia al igual que mi más vivo apoyo.
Las
intensas jornadas de vuestro congreso han puesto de manifiesto que la Iglesia,
peregrina en el continente europeo, está llamada a reavivar, sobre todo en los
jóvenes, una profunda nostalgia de Dios, creando así el marco adecuado
para que broten vocaciones como respuesta generosa. Para ello es necesario que
cada uno se ponga nuevamente a la escucha atenta del Espíritu, pues él es quien
guía de forma segura hacia el pleno conocimiento de Jesucristo y hacia el
compromiso de seguirlo sin reservas.
2. La Iglesia,
enviada al mundo para proseguir la misión del Salvador, está en continuo
estado de vocación y se enriquece a diario con múltiples carismas del
Espíritu. En la íntima unión de amor y fe con el Padre, con el Hijo y con el
Espíritu Santo encuentra la garantía de un nuevo florecimiento de vocaciones
sacerdotales y de especial consagración.
En efecto, este florecimiento no es
fruto de generación espontánea ni de un activismo que cuente sólo con medios
humanos. Jesús lo da a entender claramente en el Evangelio. Al llamar a los
discípulos para enviarlos por el mundo, los impulsa ante todo a mirar a las
alturas: «Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
(Mt 9, 38). La pedagogía vocacional que utiliza el Señor muestra que una
pastoral desequilibrada sobre la acción y las iniciativas promocionales corre el
peligro de resultar ineficaz y sin perspectivas, porque toda vocación es, ante
todo, don de Dios.
Así pues, es urgente que en las comunidades eclesiales del
continente europeo se produzca un gran movimiento de oración,
contrarrestando el viento del secularismo que impulsa a privilegiar los medios
humanos, el eficientismo y el planteamiento pragmático de la vida. Las
parroquias, las comunidades monásticas y religiosas, al igual que las familias
cristianas y las personas que sufren, deben elevar incesantemente a Dios una
oración fervorosa. Es preciso ayudar especialmente a los niños y a los jóvenes a
abrir su corazón al Señor para que estén dispuestos a escuchar su voz. En esta
atmósfera de fe y de escucha de la palabra de Dios las comunidades cristianas
podrán acoger, acompañar y formar las vocaciones que el Espíritu suscita en su
interior.
3. Es necesario, además, promover un salto de
calidad en la pastoral vocacional de las Iglesias europeas. A menudo se ha
considerado que esta tarea fundamental de la comunidad cristiana se podía
delegar a algunas personas dispuestas a realizarla. No cabe duda de que estos
encargados desempeñan, en las diversas realidades eclesiales, un trabajo
valioso, a menudo oculto, al servicio de la llamada divina. Con todo, la actual
situación histórica y cultural, que ha cambiado bastante, exige que la pastoral
de las vocaciones sea considerada uno de los objetivos primarios de toda la
comunidad cristiana.
Los que trabajan en la pastoral
vocacional cumplirán su misión con tanta mayor eficacia cuanto más ayuden a los
diversos miembros de la comunidad a sentir como propio el compromiso de formar
un número de sacerdotes y consagrados adecuado a las exigencias del pueblo de
Dios.
Es evidente, sin
embargo, que los primeros que deben sentirse implicados en la pastoral
vocacional son los mismos llamados al sacerdocio ministerial y a la vida
consagrada: con la alegría de una existencia completamente entregada al Señor,
harán concreta y estimulante la propuesta del seguimiento radical de Jesús,
manifestando su sorprendente sentido.
Cristo no se limitó a pedir oración para
que Dios mande obreros a su mies, sino que les dirigió personalmente su
invitación a seguirlo con las palabras: «Ven y sígueme» (Mt 19, 21).
Venerados hermanos en el episcopado; amadísimos sacerdotes y religiosos, no
tengáis miedo de transmitir a los jóvenes con quienes entréis en contacto en
vuestro ministerio diario la invitación del Señor. Esforzaos por salirles al
encuentro para proponerles las misteriosas y sorprendentes palabras que han
marcado también vuestra vida: «Ven y sígueme».
4. La constante y paciente atención de la comunidad cristiana al
misterio de la llamada divina promoverá, así, una nueva cultura vocacional
en los jóvenes y en las familias. La crisis que atraviesa el mundo juvenil
revela, incluso en las nuevas generaciones, apremiantes interrogantes sobre el
sentido de la vida, confirmando el hecho de que nada ni nadie puede ahogar en el
hombre la búsqueda de sentido y el deseo de encontrar la verdad. Para
muchos éste es el campo en el que se plantea la búsqueda de la vocación.
Es
preciso ayudar a los jóvenes a que no se resignen a la mediocridad,
proponiéndoles grandes ideales, para que también ellos pregunten al Señor:
«Maestro, ¿dónde vives?» (Jn 1, 38), «Maestro bueno, ¿qué he de hacer
para alcanzar la vida eterna?» (Mc 10, 17), y abran su corazón al
seguimiento generoso de Cristo.
Esta ha sido la experiencia de
innumerables hombres y mujeres, que han sabido ser testigos fieles de Cristo,
apóstoles del Evangelio en nuestro continente. Compartiendo las fatigas y las
dificultades de los hombres de su tiempo, han creído en la vocación universal a
la santidad y han escalado su cumbre por el sendero particular que el Espíritu
les ha asignado. Sus opciones y sus carismas han producido grandes frutos, que
es preciso multiplicar, para que las Iglesias europeas sigan cumpliendo su
misión de evangelización, santificación y promoción humana también en el próximo
milenio.
La Virgen María, Madre de las
vocaciones, acompañe este generoso esfuerzo, obteniendo del Señor nuevas y
abundantes vocaciones al servicio del anuncio del Evangelio en todas las
naciones de Europa.
Con estos deseos, imparto a cada
uno de vosotros y a vuestras comunidades una bendición apostólica especial.
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