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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA SEGUNDA SESIÓN PÚBLICA
DE LAS ACADEMIAS PONTIFICIAS

Lunes 3 de noviembre de 1997

 

Señores cardenales;
excelentísimos embajadores;
ilustres miembros de las Academias pontificias;
amables señoras y señores:

1. Me alegra particularmente encontrarme con vosotros, con ocasión de la segunda sesión pública de las Academias pontificias. Agradezco al señor cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo de coordinación de las Academias pontificias, que en nombre de todos vosotros ha querido explicar los objetivos, las metas y las finalidades que os proponéis con miras al gran jubileo del año 2000. Saludo a los señores cardenales, a los venerados hermanos en el episcopado, a los excelentísimos embajadores ante la Santa Sede, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, así como a todos los miembros de las diferentes Academias pontificias.

Nos encontramos hace un año por primera vez en este mismo lugar para celebrar la reforma de las Academias pontificias y para dar nuevo impulso a las instituciones culturales de la Santa Sede. De este modo, se dio reconocimiento público a la labor científica y artística que realizan vuestras Academias pontificias al servicio de la nueva evangelización en los diversos campos de la cultura y del arte, de la teología y de la acción apostólica.

2. Vuestro plan de trabajo académico, a pesar de la variedad de disciplinas que autorizadamente representáis, quiere concretarse en una peculiar «contribución al humanismo cristiano en el umbral del tercer milenio». A la vez que manifiesto mi aprecio por este programa tan interesante y siempre actual, os exhorto a proseguir con valentía por ese camino, para que vuestra contribución a una comprensión más exacta, amplia y profunda del humanismo cristiano sirva a la causa de la persona humana y al reconocimiento de su valor específico y de su dignidad inalienable.

En la variedad de las culturas actuales se manifiesta cada vez más el desafío que la Iglesia está llamada a afrontar, pues tiene el deber preciso de «escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas» (Gaudium et spes, 4).

Los cristianos deben ser capaces de proponer la verdad sobre el hombre, revelada por Jesucristo, «camino, verdad y vida» (Jn 14, 6) y «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29), porque sólo en él puede resplandecer con plenitud la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26).

3. Agradezco al representante de la Academia romana pontificia de Santo Tomás de Aquino y de religión católica y al de la Academia teológica romana sus sabias reflexiones sobre las líneas maestras del humanismo cristiano, inspiradas en el pensamiento del Aquinate. A la eminente doctrina del doctor Angélico es posible referirse oportunamente para definir el humanismo auténtico, capaz de reconocer y dar expresión conveniente a todas las dimensiones de la persona humana.

En el actual contexto cultural, frecuentemente marcado por incertidumbres y dudas que mortifican los valores espirituales fundamentales, el humanismo cristiano —perenne en su sustancia, pero siempre nuevo en su enfoque y en su presentación— brinda una respuesta válida a la sed de valores y de vida realmente humana, que siente el alma de toda persona interesada por su propio destino.

4. La actividad de los académicos pontificios está en íntima relación con la misión del Sucesor de Pedro. Mientras confirmo vuestra generosa tarea, espero que, gracias a los estudios, a las publicaciones y a las obras artísticas que realizáis y promovéis, los hombres de todas las culturas descubran el auténtico humanismo, verdadero espejo en el que se revelan el rostro de Dios y el rostro del hombre.

Asimismo, espero que, gracias a vuestro ejemplo y a la seriedad de vuestros trabajos académicos, se dé un nuevo impulso a la investigación filosófica y teológica, y a la enseñanza de estas disciplinas, de forma que la razón humana, iluminada por la Revelación divina, pueda descubrir caminos nuevos para expresar en el lenguaje de las diversas culturas «las inescrutables riquezas de Cristo » (Ef 3, 8).

Muchos contemporáneos, especialmente jóvenes, están desilusionados, porque algunas promesas, incluso seductoras, que han marcado la segunda mitad del siglo XX, a menudo han resultado meras utopías, incapaces de librar al hombre de su angustia existencial. No son pocos los que tienen hoy la sensación de avanzar por un callejón sin salida. A los cristianos, y en particular a vosotros, miembros de las Academias pontificias, corresponde la tarea de difundir el conocimiento del humanismo cristiano, principalmente cuando la verdad sobre el hombre es alterada o negada por concepciones que no respetan su dignidad específica.

Con la humildad de los discípulos y la fortaleza de los testigos, vosotros, ilustres académicos, tenéis la exaltante misión de profundizar en el patrimonio filosófico, teológico y cultural de la Iglesia, para hacer partícipes de él a los que buscan una respuesta satisfactoria.

5. Y ahora, acogiendo la indicación del Consejo de coordinación, me complace entregar el premio de las Academias pontificias al Instituto pontificio Regina mundi, que lleva a cabo en Roma actividades universitarias para la formación filosófica, teológica, espiritual y pastoral de las religiosas procedentes de todo el mundo. Ese Instituto pontificio ha presentado los trabajos de tres religiosas: Eufrasie Beya Malumbi, congoleña, que ha sabido traducir con lenguaje moderno y con categorías culturales de su país de origen algunos aspectos significativos de la teología de la salvación en santo Tomás de Aquino; Cecilia Phan Thi Tien, vietnamita, que ha estudiado la eficacia evangelizadora del canto, con particular referencia a la música de su tierra; y Marie Monique Rungruang- Kanokkul, tailandesa, que ha realizado un estudio teológico-pastoral sobre la preparación para el sacramento de la Eucaristía de los hijos de matrimonios mixtos en su región.

Con la entrega del premio deseo expresar también mi aprecio a la reverenda directora, madre Fernanda Barbiero, y a los profesores del instituto Regina mundi por la labor que llevan a cabo en favor de la promoción del humanismo cristiano en las múltiples culturas a las que€pertenecen las€religiosas estudiantes.

Encomiendo a todos los presentes y su misión a María santísima, Sede de la sabiduría, y de corazón os imparto a vosotros, a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos, una bendición apostólica especial.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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