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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN CONGRESO SOBRE EL FENÓMENO DE LA DROGA
ORGANIZADO POR EL CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PASTORAL DE LOS AGENTES SANITARIOS


Sábado 11 de octubre de 1997

 

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos amigos:

1. Me alegra acogeros con ocasión del Congreso internacional sobre la toxicomanía. Agradezco a monseñor Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, sus palabras de bienvenida y la organización de este encuentro de trabajo. En efecto, es particularmente oportuno reflexionar en la gravedad de los interrogantes planteados por el fenómeno de la droga y en la urgencia de investigaciones que ayuden a los responsables políticos y económicos, a los educadores y a las familias que sufren el drama de la toxicomanía.

2. Desde hace varios años la Santa Sede se ha expresado acerca de este tema, haciendo propuestas pastorales, educativas y sociales. Desgraciadamente, debemos constatar que este fenómeno afecta hoy a todos los ambientes y a todas las regiones del mundo. Cada vez más niños y adolescentes se convierten en consumidores de productos tóxicos, frecuentemente a causa de una primera experiencia realizada a la ligera o por desafío. Los padres y los educadores se hallan a menudo impreparados y desalentados. Los médicos y los servicios sanitarios y sociales encuentran graves dificultades cuando se trata de ayudar a quienes van a consultarlos para salir del círculo de la droga. Hay que reconocer que la represión contra quienes recurren a productos ilícitos no basta para frenar esta plaga; en efecto, una delincuencia comercial y financiera importante se ha organizado a nivel internacional. El poder económico relacionado con la producción y la comercialización de estos productos escapa, la mayor parte de las veces, al control de la ley y de la justicia.

Por eso, no debe sorprendernos que un gran desconcierto y un sentimiento de impotencia invadan la sociedad. Algunas corrientes de opinión proponen legalizar la producción y el comercio de determinadas drogas. Hay autoridades que están dispuestas a permitirlo, tratando solamente de encuadrar el consumo de la droga para intentar controlar sus efectos. De aquí se deduce que, ya desde la escuela, se quita importancia al uso de algunas drogas; esto se ve favorecido por un razonamiento que procura minimizar los peligros, especialmente gracias a la distinción entre drogas blandas y drogas duras, lo que lleva a proponer liberalizar el uso de determinadas sustancias. Esta distinción descuida y atenúa los riesgos inherentes a toda toma de productos tóxicos, en particular las conductas de dependencia, que se basan en las mismas estructuras psíquicas, la disminución de la conciencia y la alienación de la voluntad y de la libertad personales, que cualquier droga produce.

3. El fenómeno de la droga es un mal particularmente grave. Numerosos jóvenes y adultos han muerto o van a morir por causa de ella, mientras que otros se hallan disminuidos en su ser íntimo y en sus capacidades. El recurso a la droga entre los jóvenes tiene múltiples significados. En los momentos delicados de sus crecimiento, la toxicomanía tiene que considerarse como el síntoma de un malestar existencial, de una dificultad para encontrar su lugar en la sociedad, de un miedo al futuro y de una fuga hacia una vida ilusoria y ficticia. El tiempo de la juventud es un tiempo de pruebas e interrogantes, de búsqueda de un sentido para la vida y de opciones que comprometen el futuro. El incremento del mercado y del consumo de drogas demuestra que vivimos en un mundo sin esperanza, carente de propuestas humanas y espirituales vigorosas. Como consecuencia de ello, numerosos jóvenes piensan que todos los comportamientos son equivalentes, pues no llegan a distinguir el bien del mal y no tienen el sentido de los límites morales.

Aprecio los esfuerzos de los padres y los educadores por inculcar en sus hijos los valores espirituales y morales, para que se comporten como personas responsables. Lo hacen frecuentemente con valentía, pero no siempre se sienten apoyados, sobre todo cuando los medios de comunicación social difunden mensajes moralmente inaceptables, que sirven de puntos de referencia culturales en todos los países del mundo, ensalzando, por ejemplo, la multiplicidad de los modelos familiares que destruyen la imagen normal del matrimonio y desprecian los valores familiares, o consideran la violencia y a veces la droga misma como signos de liberación personal.

4. El miedo al futuro y al compromiso en la vida adulta que se observa entre los jóvenes los hace particularmente frágiles. A menudo no se los alienta a luchar por una vida recta y hermosa; tienden a encerrarse en sí mismos. No se debería subestimar el efecto devastador que ejerce el desempleo, cuyas víctimas son los jóvenes en proporciones indignas de una sociedad que quiere respetar la dignidad humana. Ciertas fuerzas de muerte los impulsan entonces a entregarse a la droga, a la violencia y a llegar a veces hasta el suicidio. Detrás de lo que puede aparecer como la fascinación por una especie de autodestrucción, tenemos que percibir entre estos jóvenes una petición de ayuda y una profunda sed de vida, que conviene tener en cuenta, para que el mundo sepa modificar radicalmente sus propuestas y sus estilos de vida. Demasiados jóvenes están abandonados a su suerte, y no se benefician de una presencia atenta, de un hogar estable, de una escolaridad normal, y tampoco de un ambiente socio- educativo, que los impulsen a hacer un esfuerzo intelectual y moral, y les ayude a forjar su voluntad y a controlar su afectividad.

5. La lucha contra el azote de la toxicomanía es tarea de todos los hombres, cada uno de acuerdo con la responsabilidad que le corresponde. Ante todo, exhorto a los esposos a desarrollar relaciones conyugales y familiares estables, fundadas en un amor único, duradero y fiel. Así, crearán las mejores condiciones para una vida serena en su hogar, ofreciendo a sus hijos la seguridad afectiva y la confianza en ellos, que necesitan para su crecimiento espiritual y psicológico. Es importante también que los padres, que son los primeros responsables de sus hijos, y con ellos toda la comunidad adulta, se preocupen constantemente por la educación de la juventud. Por tanto, invito a todos los que desempeñan una función educativa a intensificar sus esfuerzos entre los jóvenes, que necesitan formar su conciencia, desarrollar su vida interior y entablar con sus hermanos relaciones positivas y un diálogo constructivo; así les ayudarán a convertirse en protagonistas libres y responsables de su vida. Los jóvenes que tienen una personalidad estructurada, una sólida formación humana y moral, y viven relaciones armoniosas y confiadas con los compañeros de su edad y con los adultos, serán más capaces de resistir a las solicitaciones de quienes difunden la droga.

6. Invito a las autoridades civiles, a los responsables de la economía y a todos los que tienen una responsabilidad social, a proseguir e intensificar sus esfuerzos para perfeccionar en todos los niveles las legislaciones de lucha contra la toxicomanía, y a oponerse a todas las formas de cultivo y de tráfico de drogas, fuentes de riqueza obtenida escandalosamente explotando la fragilidad de personas indefensas. Animo a los poderes públicos, a los padres, a los educadores, a los profesionales de la sanidad y a las comunidades cristianas a comprometerse cada vez más y de manera concertada entre jóvenes y adultos en una labor de prevención. Es importante proporcionar una información médica acertada y precisa particularmente a los jóvenes, señalando los efectos perniciosos de la droga en los aspectos somático, intelectual, psicológico, social y moral. Conozco la entrega y la paciencia incansables de quienes cuidan y atienden a las personas que han caído en las redes de la droga y a sus familias. Invito a los padres que tengan un hijo toxicómano a no desalentarse jamás, a mantener el diálogo con él, a prodigarle su afecto y a favorecer sus contactos con organismos capaces de ocuparse de él. La atención afectuosa de una familia es un gran apoyo para la lucha interior y los progresos de una terapia de desintoxicación.

7. Aprecio el esfuerzo pastoral incansable y paciente de los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos en los ambientes de la droga; sostienen a los padres y se esmeran por acoger y escuchar a los jóvenes, por captar sus interrogantes radicales, a fin de ayudarles a salir de la espiral de la droga y convertirse en adultos libres y felices. La Iglesia tiene la misión de transmitir la palabra del Evangelio que abre a la vida de Dios y hacer que los hombres descubran a Cristo, Palabra de vida que ofrece un camino de crecimiento humano y espiritual. A ejemplo de su Señor y solidaria con sus hermanos los hombres, la Iglesia ayuda a los más necesitados y débiles, preocupándose por los heridos, fortaleciendo a los enfermos, y buscando la promoción personal de cada uno.

Al término de nuestro encuentro, expreso mi aprecio por la misión que realiza el Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, siguiendo con esmero los problemas humanos y espirituales planteados por la toxicomanía y por todas las cuestiones sanitarias y sociales, para proponer soluciones a situaciones que hieren gravemente a muchos hermanos nuestros. Del mismo modo, en contacto con los pastores de las Iglesias particulares, con los fieles y los servicios competentes, comprometidos en sostener a los toxicómanos y a sus familias, el Consejo está llamado a dar su contribución a las iniciativas locales.

Os encomiendo a vosotros y vuestra acción a la intercesión de la Virgen María; le pido también por los jóvenes que están bajo el dominio de la droga y por sus familiares. ¡Que ella los proteja con su solicitud materna y guíe a los jóvenes del mundo hacia una vida cada vez más armoniosa! ¡Que el Espíritu Santo os acompañe y os dé la valentía necesaria para realizar vuestra labor en favor de la juventud! Os imparto la bendición apostólica a todos vosotros, a vuestros colaboradores y a los miembros de vuestras familias.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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