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DISCURSO
DE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES
EN EL CONGRESO CATEQUÍSTICO INTERNACIONAL
Viernes 17 de octubre
de 1997
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
1. Me alegra acogeros con ocasión de este Congreso catequístico
internacional, promovido para subrayar la presentación de la editio typica del
Catecismo de la Iglesia católica y la edición renovada del Directorio general de
la catequesis. El número de participantes, la actualidad de los temas que se
estudian y la competencia de los relatores hace del encuentro un acontecimiento
de relieve en la vida de la Iglesia.
Saluda cordialmente a los señores cardenales, a los presidentes de las
comisiones de las Conferencias episcopales para la catequesis, a los directores
de los departamentos catequísticos nacionales, a los sacerdotes, a los
religiosos, a las religiosas, a los laicos comprometidos, que desde varias
partes del mundo han venido aquí a compartir, para beneficio común, el fruto de
su experiencia y de su preparación.
A todos y cada uno agradezco de corazón el valioso servicio que prestan a la
Iglesia. En particular, expreso mi gratitud al señor cardenal Joseph Ratzinger y
al arzobispo monseñor Darío Castrillón Hoyos, que, con la ayuda de sus
colaboradores de las Congregaciones para la doctrina de la fe y para el clero,
han organizado y realizado este importante encuentro. El congreso constituye un
signo elocuente del lugar que ocupa en la Iglesia la solicitud por anunciar de
manera adecuada la palabra de Dios a los hombres de nuestro tiempo. Tomando pie
de sus interrogantes es como se les debe ayudar a descubrir, a través de las
palabras humanas, el mensaje de salvación que trajo Jesucristo. Este es el
complejo y delicado trabajo que está realizando hoy la Iglesia, esforzándose
"por hacer que penetre en culturas diversas la perenne verdad del Evangelio.
2. El lema elegido para este congreso catequístico internacional
—"Tradidi
vobis quod accepi" (1 Co 5, 3)— explica de forma eficaz la naturaleza de la fe y
la misión evangelizadora de la Iglesia. Al respecto leemos en el Catecismo de la
Iglesia católica: "La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la
iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede
creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como
nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe
transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a
los demás de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de
los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por
mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros" (n. 166).
En esta tarea de transmisión de la fe el Catecismo de la Iglesia católica es
un instrumento particularmente autorizado. Sobre él habéis reflexionado en estos
días para conocer mejor sus características y finalidades. El Catecismo presenta
la verdad revelada mostrando, a la luz del concilio Vaticano II, cómo es creída,
celebrada, vivida y orada en la Iglesia. Acudiendo con gran frecuencia al
valioso patrimonio del pasado —sobre todo bíblico, litúrgico, patrístico,
conciliar y magisterial— y sacando de él cosas nuevas y cosas antiguas (cf. Mt
13, 52), expresa en la situación actual de nuestra sociedad la inmutable lozanía
de la verdad cristiana. Así se convierte en un elocuente testimonio del grado de
conciencia y autoconciencia que la Iglesia, en su conjunto, posee con respecto a
su perenne depósito de verdad. Como tal, el Catecismo se presenta como norma
segura para la enseñanza de la fe y, a la vez, como texto de referencia cierto y
auténtico para la elaboración de los catecismos locales.
3. La Iglesia, vigilante en la esperanza, entre la Pascua y la Parusía, debe
cumplir su mandato escatológico proclamando el reino de Dios y recogiendo por
todo el universo el trigo del Señor. Lo que debe hacer a toda costa, antes del
regreso del Señor, es proclamar el "acontecimiento Cristo", su Pascua de muerte
y resurrección. Ser sacramento primero y universal de salvación es su tarea
esencial.
El ministerio de la Palabra ocupa, así, el centro mismo de la acción
apostólica de la Iglesia, tanto cuando celebra la eucaristía o canta las
alabanzas de Dios, como cuando enseña a los fieles cómo deben vivir su fe.
Lejos de permanecer neutral, la Iglesia está al lado del cristiano en los
diversos momentos de su vida, para orientarlo hacia opciones coherentes con las
exigencias que entraña la ontología sobrenatural de su bautismo. Gracias a esta
acción "mistagógica" la fe, recibida en el bautismo, puede desarrollarse y
llegar a la plena madurez propia del cristiano adulto y responsable.
Precisamente esta es la misión de la catequesis. Una misión nada fácil. Dado
que debe tomar en cuenta la vida del hombre en su totalidad —tanto el aspecto
profano como el religioso— la catequesis ha de arraigarse en todo el contexto de
la vida. Es decir, no sólo debe tener en cuenta a los catequizandos y su entorno
cultural y religioso, sino también sus condiciones sociales, económicas y
políticas. La vida entera, en sus aspectos concretos, debe ser leída e
interpretada a la luz del Evangelio.
4. Eso supone evaluar atentamente los problemas que afronta hoy un, creyente,
que con razón anhela progresar más en la comprensión de su fe. Entre esos
problemas se encuentran los grandes interrogantes que el hombre se plantea sobre
sus orígenes, el sentido de la vida, la felicidad a que aspira y el destino de
la familia humana.
Eso significa que siempre será necesario un doble movimiento para anunciar a
los hombres de nuestro tiempo, en su integridad y su pureza, la palabra de Dios,
de forma que les resulte inteligible e incluso atractiva. El descubrimiento del
misterio integral de la salvación supone, por una parte, el encuentro con el
testimonio, dado por la comunidad eclesial, de una vida inspirada en el
Evangelio. La catequesis habla con más eficacia de lo que puede parecer
realmente en la vida concreta de la comunidad. El catequista es, por decir así,
el intérprete de la Iglesia frente a los que son catequizados por él. Lee y
enseña a leer los signos de la fe, el principal de los cuales es la Iglesia
misma.
Al mismo tiempo, el catequista debe saber discernir y valorar los procesos
espirituales, ya presentes en la vida de los hombres, según el fecundo todo del
diálogo salvífico. Es una tarea que se ha de realizar continuamente: la
catequesis debe saber recoger los interrogantes que surgen en el corazón del
hombre para orientarlos hacia las respuestas que da el Amor que crea y salva. La
meditación, en oración, de la sagrada Escritura, la profundización fiel de las
"maravillas de Dios" a lo largo de toda la historia de la salvación, la escucha
de la Tradición viva de la Iglesia y la atención dirigida a la historia de los
hombres, vinculándose entre sí, pueden ayudar a los hombres a descubrir lo que
Dios ya realiza en lo más intimo de su corazón y de su inteligencia para
atraerlos hacia sí y colmarlos de su amor, haciéndolos hijos suyos en el Hijo
unigénito.
5. Queridos hermanos y hermanas, ojalá que este Congreso catequístico
internacional afiance la colaboración fecunda del ministerio sacerdotal, de la
vida religiosa y del apostolado de los laicos, con vistas a un renovado anuncio
de la Palabra de salvación, misión esencial de la Iglesia y, a la vez, manantial
perenne de su alegría al engendrar nuevos hijos. Con un solo corazón, todos
debemos cumplir incansablemente esta misión fundamental que Cristo ha confiado a
su Iglesia: llevar al mundo la Palabra viva, para librarlo del pecado y hacer
que resplandezcan en él las virtudes y las capacidades de la vida nueva en
Cristo.
Con estos deseos, invoco sobre todos vosotros la abundancia de las gracias
divinas y, como prenda de consuelo y fortaleza, os imparto con afecto mi
bendición.
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