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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
AL SEÑOR ABDELOUHAB MAALMI,
NUEVO EMBAJADOR DE MARRUECOS ANTE LA SANTA SEDE*


Sábado 25 de octubre de 1997

 

Señor embajador:

1.Me alegra acoger a su excelencia en el Vaticano, en esta circunstancia solemne de la presentación de las cartas que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario del reino de Marruecos ante la Santa Sede.

Le agradezco sinceramente los saludos que me ha transmitido de parte de su majestad el rey Hasán II. Le ruego que tenga la amabilidad de expresarle mis mejores deseos para su persona, así como para la felicidad y la prosperidad del pueblo marroquí. Pido al Altísimo que acompañe los esfuerzos de cada uno en la obra de edificación de una nación cada vez más fraterna y solidaria.

2.Su majestad el rey, estableciendo ahora en Roma la residencia de su representante ante la Santa Sede, testimonia la importancia que atribuye a la consolidación de los vínculos que existen, desde hace mucho tiempo, entre el reino de Marruecos y la Sede apostólica, para favorecer relaciones cada vez más confiadas. En efecto, en un tiempo que conoce la violencia y la intolerancia en numerosas regiones, es necesario que los responsables de las naciones, así como las autoridades espirituales, se esfuercen por contribuir a edificar sociedades en las que se respete plenamente toda vida humana y la persona ocupe el primer lugar y se la reconozca en toda su dignidad.

3.Señor embajador, usted ha subrayado la larga tradición de apertura y tolerancia de Marruecos. Me complace recordar aquí la visita que realicé a Casablanca hace más de diez a os, y que me permitió dirigirme a la juventud marroquí. En vuestro país católicos y musulmanes tienen numerosas ocasiones de encontrarse para tratar juntos de mejorar la calidad de sus relaciones; así se puede esperar que sigan profundizándose los vínculos de estima recíproca entre los creyentes, para conocerse mejor; esto no puede menos de favorecer una colaboración cada vez mayor al servicio del hombre y de las necesidades de su desarrollo. En efecto, como usted ha subrayado en su alocución, cristianos y musulmanes están llamados a trabajar juntos en la edificación de un mundo de justicia y paz, en la consideración mutua y el reconocimiento de sus puntos de vista. Rindiendo al Altísimo la adoración y la obediencia que le son debidas, también tenemos que testimoniar juntos el respeto debido a todo hombre, creado a imagen de Dios.

4.Por su parte, la Iglesia católica, desde el concilio Vaticano II, se ha comprometido de modo más resuelto por los caminos del encuentro fraterno y de la colaboración con todos los hombres de buena voluntad, y particularmente con los musulmanes. El diálogo que deseamos entre los creyentes debe llevar también a asegurar a cada una de las comunidades la posibilidad de expresar libremente su fe. En efecto, para la Iglesia católica «el respeto y el diálogo requieren, consiguientemente, la reciprocidad en todos los terrenos, sobre todo en lo que concierne a las libertades fundamentales y, en particular, a la libertad religiosa» (Discurso en Casablanca, 19 de agosto de 1985, n. 5: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de septiembre de 1985, p. 14). Me alegra saber que en Marruecos los católicos gozan de la estima y la confianza de todos, testimoniando así claramente que es posible que los creyentes de tradiciones religiosas diferentes vivan en paz, respetándose mutuamente.

5.En su alocución, se or embajador, usted ha aludido a la situación de Jerusalén. En efecto, sigue siendo una fuente de viva preocupación para los creyentes que viven en esa ciudad, símbolo de la paz que viene de Dios. Deseo ardientemente que los esfuerzos de la comunidad internacional por encontrar una solución justa y adecuada al delicado problema de la ciudad santa alcancen finalmente un resultado feliz, mientras nos preparamos para entrar en el tercer milenio de la era cristiana. Un diálogo leal debe permitir avanzar por este camino, respetando la justicia y los derechos legítimos de todas las comunidades interesadas. También es necesario que las comunidades que se encuentran en los lugares santos de las tres religiones monoteístas puedan vivir allí en concordia, y realizar sus actividades religiosas, educativas y sociales con total libertad, con espíritu de auténtica fraternidad, haciendo así de esa ciudad única la verdadera «Ciudad de la paz». Invoco a Dios omnipotente para que a esa tierra, tan querida al corazón de los creyentes, le llegue finalmente el tiempo de la reconciliación entre hermanos y de la paz definitiva.

6.En esta feliz circunstancia, por medio de usted quisiera expresar a la comunidad católica de Marruecos y a sus pastores mis mejores deseos. Exhorto a todos sus miembros a que, en medio de sus hermanos y hermanas, mediante una colaboración fraterna, sean testigos cada vez más ardientes del amor ilimitado que Dios siente por los hombres. En este tiempo en que la Iglesia se prepara para celebrar el gran jubileo del a o 2000, los invito a crecer en la fe y a vivir en la unidad.

7.Ahora que empieza oficialmente su misión ante la Santa Sede, le expreso mis mejores deseos para que la cumpla con éxito. Usted encontrará siempre aquí una acogida atenta y una comprensión cordial por parte de mis colaboradores.

Sobre su excelencia, sobre su familia y sobre todo el pueblo marroquí y sus dirigentes, invoco de corazón la abundancia de las bendiciones del Altísimo.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.45 p. 7 (p.555).


© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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