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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL «CENTRO VOLUNTARIOS DEL SUFRIMIENTO»


Sábado 6 de septiembre de 1997

 

Amadísimos hermanos y hermanas;
hermanos en el episcopado:

1. Me alegra particularmente este encuentro y os doy a cada uno mi más cordial saludo, con especial afecto a los que, afrontando las molestias del viaje, no han querido faltar a esta cita, a pesar de venir de muy lejos.

Recordáis este año el 50 aniversario de vuestra benemérita asociación, que nació en Roma por obra del siervo de Dios monseñor Luigi Novarese, con la ayuda de la señorita Elvira Myriam Psorulla, a quien agradezco las palabras con que se ha hecho intérprete de los sentimientos de todos los presentes. Ella ha querido reafirmar el propósito de toda la asociación de servir a Cristo en los que sufren, mediante una singular obra de evangelización y catequesis, en la que destaca la acción personal y directa de los mismos minusválidos.

Está presente espiritualmente entre nosotros monseñor Novarese, quien seguramente sigue acompañando desde el cielo esta obra, que brotó de su corazón sacerdotal. Juntamente con él están espiritualmente cercanos todos los «voluntarios del sufrimiento» que, a lo largo de este medio siglo, han abandonado este mundo, llevando consigo el viático de la participación en el misterio de la cruz de Cristo.

2. Vuestra asociación tuvo como primer núcleo la Liga sacerdotal mariana, fundada en el año 1943. Con esa iniciativa monseñor Novarese quería corresponder a lo que la Virgen había pedido en las apariciones de Lourdes y Fátima. Asimismo, deseaba seguir la invitación de mi venerado predecesor Pío XII sobre la consagración del mundo al Corazón inmaculado de María.

Era consciente de que María misma, unida a su Hijo divino al pie de la cruz, nos enseña a vivir el sufrimiento con Cristo y en Cristo, con el poder de amor del Espíritu Santo. María es la primera y perfecta «voluntaria del sufrimiento», que une su propio dolor al sacrificio de su Hijo, para que adquiera un sentido de redención.

De esta matriz mariana habéis nacido vosotros, queridos «voluntarios del sufrimiento », que realizáis un apostolado muy valioso en la comunidad cristiana. Os insertáis en el gran movimiento de renovación eclesial que, fiel al concilio Vaticano II y atento a los signos de los tiempos, encontró nuevas energías para trabajar con valentía en el campo de la evangelización en un ámbito —el del sufrimiento— ciertamente no fácil y lleno de interrogantes.

Esta vuestra orientación pastoral encontró una confirmación en la exhortación apostólica Christifideles laici, la cual, a propósito de la «acción pastoral para y con los enfermos y los que sufren », afirma: «Al enfermo, al minusválido, al que sufre, no (se le ha de considerar) simplemente como término del amor y del servicio de la Iglesia, sino más bien como sujeto activo y responsable de la obra de evangelización y de salvación» (n. 54).

Con ocasión del Año santo de la Redención, yo mismo quise ofrecer a la Iglesia, con la carta apostólica Salvifici doloris, una meditación sobre el valor salvífico del dolor humano (cf. AAS 76, 1984; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de febrero de 1984, pp. 9-16) y os doy las gracias porque habéis contribuido a difundir este mensaje, no sólo con palabras, sino también con el silencioso testimonio de vuestra vida.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, vuestra responsable, interpretando la actitud que tomaría hoy el fundador, ha expresado la promesa de colaborar intensamente con la oración y el sacrificio en la preparación del gran jubileo del Año 2000. Gracias por esta contribución, tan útil y valiosa.

La palabra jubileo sugiere la idea de alegría, de júbilo y, por tanto, a primera vista, podría parecer en contraste con la condición de quien sufre. En realidad sería así si se limitara a una consideración puramente humana. Pero, en la perspectiva de la fe, se comprende que no hay resurrección sin cruz. Así se entiende que el sufrimiento puede ir unido a la alegría, y, más aún, que sólo con el signo de la cruz se puede llegar a la verdadera y consoladora alegría cristiana. No puede existir auténtica preparación para el jubileo si no se asume en el itinerario espiritual también la experiencia del sufrimiento, en sus diferentes formas.

4. Los grandes objetivos que la Iglesia nos propone en estos tres años de camino hacia el gran acontecimiento jubilar no se pueden alcanzar sin el sacrificio personal y comunitario de los cristianos, en unión con el único sacrificio redentor de Cristo. A este respecto, vuestra asociación puede dar una aportación específica, ayudando a los fieles que atraviesan pruebas a no sentirse excluidos de la peregrinación espiritual hacia el Año 2000, sino, al contrario, a caminar en primera fila, llevando la cruz gloriosa de Cristo, única esperanza de vida para la humanidad de todo tiempo.

Ejemplo extraordinario de esta silenciosa misión de caridad, que nace de la constante contemplación de Jesús en la cruz, es la madre Teresa de Calcuta, que precisamente ayer volvió a la casa del Padre. Esta mañana celebré con íntima conmoción la santa misa por ella, inolvidable testigo de un amor hecho servicio concreto e incesante a los hermanos más pobres y marginados. En el rostro de los miserables reconoció el de Jesús, que desde la altura de la cruz imploró: «Tengo sed». Y, con generosa entrega, escuchó ese grito de los labios y del corazón de los moribundos, de los niños abandonados, de los hombres y mujeres abrumados por el peso del sufrimiento y de la soledad.

Recorriendo de forma incansable los caminos del mundo entero, la madre Teresa ha marcado la historia de nuestro siglo: ha defendido con denuedo la vida; ha servido a todo ser humano, promoviendo siempre su dignidad y su respeto; a los «derrotados de la vida» les ha hecho sentir la ternura de Dios, Padre amoroso de cada una de sus criaturas. Ha dado testimonio del evangelio de la caridad, que se alimenta con el don gratuito de sí mismo hasta la muerte. Así la recordamos, invocando para ella el premio reservado a todo fiel servidor del reino de Dios. ¡Ojalá que su luminoso ejemplo de caridad sirva de consuelo y de estímulo a su familia espiritual, a la Iglesia y a la humanidad entera!

Amadísimos hermanos y hermanas, os agradezco una vez más este encuentro de fiesta y espero que la actividad de vuestra asociación se beneficie de este 50 aniversario. Implorando la maternal protección de la Virgen María, de corazón os imparto una bendición apostólica especial a los presentes y a todos los voluntarios del sufrimiento, así como a los Obreros silenciosos de la cruz y a los miembros de la Liga sacerdotal mariana.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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