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VISITA
PASTORAL DE JUAN PABLO II A LA CIUDAD DE BOLONIA
DISCURSO A LOS JÓVENES DURANTE LA VELADA DEL SÁBADO
Sábado 27 de septiembre de 1997
Amadísimos jóvenes:
1. Me complace tomar parte en esta vigilia,
que se realiza en un marco de fe y de alegría, donde el canto ocupa un lugar
importante. Es la fe y la alegría de los jóvenes que he podido experimentar ya
en otras circunstancias, especialmente con ocasión de grandes citas mundiales
con la juventud. Y he notado con interés que, después de la Jornada mundial en
Manila, en 1995, se tuvo el encuentro europeo en Loreto; después
de la reciente de París, nos encontramos esta tarde en Bolonia. Se
alternan en varias partes del mundo estos encuentros, en los que son
protagonistas los jóvenes. Pero luego se vuelve siempre a Italia. Vuelve
quiere decir que el Papa regresa al Vaticano o a Castelgandolfo. Aprovecho esta
circunstancia para saludaros con afecto, queridos jóvenes, y extiendo mi cordial
saludo a todos los chicos y chicas de Italia.
Hemos comenzado nuestro encuentro,
que he seguido con gran atención, con el Salmo 96, que invita a «cantar al Señor
un cántico nuevo», a bendecir su nombre, a alegrarse y exultar junto con toda la
creación. El canto se convierte así en la respuesta de un corazón rebosante de
alegría, que reconoce a su lado la presencia de Dios.
«Has permanecido aquí,
Misterio visible », estáis repitiendo en estos días, durante el Congreso
eucarístico nacional. La fe se expresa también con el canto. La fe nos hace
cantar en la vida la alegría de ser hijos de Dios. Todos vosotros,
artistas y jóvenes presentes, a quienes saludo con afecto, expresáis mediante la
música y el canto, «con las cítaras de nuestro tiempo», palabras de paz, de
esperanza y de solidaridad.
Esta tarde, la música y la poesía han dado voz a los
interrogantes y a los ideales de vuestra juventud. Por el camino de la música,
esta tarde os sale al encuentro Jesús.
2. Amadísimos jóvenes, os
doy las gracias por esta fiesta, que habéis querido organizar como una
especie de diálogo a varias voces, donde la música y la coreografía nos
ayudan a reflexionar y a orar. Hace poco, uno de vuestros representantes ha
dicho, en nombre vuestro, que la respuesta a los interrogantes de vuestra vida
«está silbando en el viento». Es verdad. Pero no en el viento que todo lo
dispersa en los torbellinos de la nada, sino en el viento que es soplo y voz del
Espíritu, voz que llama y dice: «Ven» (cf. Jn 3, 8; Ap 22, 17).
Me
habéis preguntado: ¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre para poder
reconocerse hombre? Os respondo: Uno. Uno solo es el camino del hombre;
es Cristo, que dijo: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6). Él es el camino de la
verdad, el camino de la vida.
Por eso, os digo: en las encrucijadas donde
convergen los muchos senderos de vuestras jornadas, interrogaos sobre el valor
de verdad de todas vuestras opciones. Puede suceder, a veces, que la decisión
sea difícil y dura, y que la tentación del desaliento resulte insistente. Eso
les pasó a los discípulos de Jesús, porque el mundo está lleno de caminos
cómodos y atractivos, sendas de bajada que se sumergen en la sombra del valle,
donde el horizonte se hace cada vez más estrecho y sofocante. Jesús os propone
un camino de subida, difícil de recorrer, pero que permite al ojo del corazón
dilatarse en horizontes cada vez más amplios. A vosotros os toca elegir: o ir
deslizándoos hacia abajo, hacia los valles de un conformismo romo, o afrontar el
esfuerzo de la subida hacia las cimas donde se respira el aire puro de la
verdad, la bondad y el amor.
Poco más de un mes después del gran encuentro de
París, nos volvemos a reunir aquí en Bolonia, y sigue resonando en nosotros el
eco del tema de esa Jornada mundial: «Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis».
Es la invitación que os dirijo también a vosotros: venid y veréis dónde vive el
Maestro. Este congreso en Bolonia nos dice que vive en la Eucaristía.
3. Os deseo que también vosotros, como Simón Pedro y los
demás discípulos, os encontréis con Cristo para decirle: «Señor, ¿a quién
iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 67).
Sí, Jesús tiene
palabras de vida eterna; en él todo ha sido redimido y renovado. Con él
resulta de verdad posible «cantar un cántico nuevo» (Sal 96, 1) en esta
vigilia de espera de la gran fiesta, que concluiremos mañana con la celebración
de la Eucaristía, culmen del Congreso eucarístico nacional.
Quisiera ahora
haceros una confidencia. Con el paso del tiempo, para mí lo más importante y
hermoso sigue siendo el hecho de ser sacerdote desde hace más de cincuenta años,
porque cada día puedo celebrar la santa misa. La Eucaristía es el secreto
de mi jornada. Da fuerza y sentido a todas mis actividades al servicio de la
Iglesia y del mundo entero.
Dentro de poco, cuando ya sea noche cerrada, la
música y el canto dejarán espacio a la adoración silenciosa de la Eucaristía. En
vez de la música y el canto reinarán el silencio y la oración. Los ojos y el
corazón se fijarán en la Eucaristía.
Dejad que Jesús, presente en el Sacramento,
hable a vuestro corazón. Él es la verdadera respuesta de la vida que buscáis.
Él
permanece aquí con nosotros: es el Dios con nosotros. Buscadlo
incansablemente, acogedlo sin reservas, amadlo sin pausas:
hoy, mañana y siempre.
Al final debo deciros que durante esta vigilia he pensado
en todas las riquezas que hay en el mundo, especialmente en el hombre; las
voces, las intuiciones, las respuestas, la sensibilidad, y tantos, tantos,
tantos talentos. Hay que dar gracias por todos estos talentos. Y precisamente
Eucaristía quiere decir acción de gracias. Dando gracias por los bienes del
mundo, por todas estas riquezas, por todos estos talentos, nos disponemos más a
vivir todos estos talentos, a multiplicarlos, como supo hacer aquel siervo bueno
del Evangelio. Buenas noches. ¡Alabado sea Jesucristo!
A todos saludo con afecto
e imparto mi bendición.
Al final del encuentro, el Santo Padre añadió las
siguientes palabras:
Así pues, antes de despedirnos, quisiera concluir lo
que os he dicho antes. Os decía que es necesaria la Eucaristía, porque es
preciso dar gracias por todos estos bienes, por todas estas riquezas, por todos
estos talentos. Hay que dar gracias. Pero esta acción de gracias se debía
realizar mediante el sacrificio de la cruz, mediante la muerte cruenta de
Cristo. Sin la muerte, no tendríamos la Resurrección, ni el misterio pascual.
Mors et vita duello conflixere mirando; dux vitae mortuus regnat vivus.
Todos vosotros sabéis bien latín... Bueno, alguno de los sacerdotes más cultos
os lo traducirá. Esto es lo que quería deciros para completar un poco la visión
de lo que quiere decir Eucaristía. Gracias por este encuentro.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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