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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO INTERNACIONAL
DE RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS JÓVENES


Martes 30 de septiembre de 1997

 

Amadísimos jóvenes consagrados y consagradas:

1. Es para mí un gran consuelo encontrarme con vosotros, reunidos aquí en Roma de todo el mundo, con ocasión del Congreso internacional de jóvenes religiosos y religiosas. Saludo al señor cardenal Eduardo Martínez Somalo, prefecto de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, y le agradezco las cordiales palabras que me acaba de dirigir en nombre de todos vosotros. Saludo al reverendo padre Camilo Maccise y a la reverenda madre Giuseppina Fragasso, presidentes, respectivamente, de las Uniones de superiores y superioras generales. Han organizado este congreso, en el que se reúnen por primera vez jóvenes pertenecientes a tantas familias religiosas, en un momento significativo de la historia de la Iglesia y de la vida consagrada. Dirijo mi saludo a los superiores y superioras generales de los diversos institutos aquí representados.

Os saludo especialmente a vosotros, queridos jóvenes consagrados y consagradas. Algunos de vosotros se han hecho intérpretes de los sentimientos de todos y me han manifestado las expectativas y los generosos deseos que animan vuestra juventud consagrada a Dios y a la Iglesia. Vuestra presencia, tan numerosa y alegre, no puede por menos de traer a la memoria la imagen, aún fresca en mi mente y grata a mi corazón, de la XII Jornada mundial de la juventud, celebrada en París el pasado mes de agosto. Al igual que aquella muchedumbre entusiasta de jóvenes, vosotros representáis, a través de la consagración a Dios, que «alegra la juventud», la manifestación rica y exaltante de la perenne vitalidad del espíritu. Se puede decir que ahora los jóvenes están de moda: jóvenes en París, jóvenes el sábado pasado en Bolonia. Veremos ahora en Brasil, en Río de Janeiro.

2. Observo con agrado un motivo de continuidad entre el acontecimiento de París y este congreso, felizmente destacado por los temas de ambos encuentros. Si el tema de la Jornada mundial de la juventud se proponía con las palabras del evangelio de san Juan: «Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis» (Jn 1, 38-39), el de vuestro congreso indica la acogida de la invitación dirigida por Jesús a los discípulos que culminó en el anuncio pascual del descubrimiento decisivo del Resucitado: «Hemos visto al Señor» (Jn 20, 25).

Vosotros sois testigos privilegiados de esta admirable verdad frente al mundo entero: el Señor ha resucitado y se hace compañero de viaje del hombre peregrino a lo largo del camino de la vida, hasta que los senderos del tiempo confluyan en el camino del Eterno, cuando «lo veremos tal cual es» (1 Jn 3, 2).

La vida consagrada reviste así un carisma profético porque se halla enmarcada entre la experiencia del «haber visto al Señor» y la esperanza cierta de verlo también «tal cual es». Es un camino que habéis emprendido y que os llevará progresivamente a asumir los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Flp 2, 5). Dejad que el Padre, mediante la acción del Espíritu, modele en vuestro corazón y en vuestra mente los mismos sentimientos de su Hijo. Estáis llamados a vibrar con su mismo celo por el Reino, a ofrecer como él vuestras energías, vuestro tiempo, vuestra juventud y vuestra existencia por el Padre y vuestros hermanos. Así aprenderéis una auténtica sabiduría de vida.

Esta sabiduría, queridos jóvenes, es el sabor del misterio de Dios y el gusto de la intimidad divina, pero también es la belleza de estar juntos en su nombre, es la experiencia de una vida casta, pobre y obediente vivida por su gloria, es el amor a los pequeños y a los pobres, y la transfiguración de la vida a la luz de las bienaventuranzas. Este es el secreto de la alegría de tantos religiosos y religiosas, alegría desconocida para el mundo y que vosotros tenéis el deber de comunicar a vuestros demás hermanos y hermanas mediante el testimonio luminoso de vuestra consagración.

3. Queridos religiosos y religiosas, ¡cuánta riqueza espiritual hay en vuestra historia! ¡Qué preciosa herencia tenéis en vuestras manos! Pero recordad que todo eso os ha sido dado no sólo para vuestra perfección, sino también para que lo pongáis a disposición de la Iglesia y de la humanidad, a fin de que constituya motivo de sabiduría y de dicha para todos.

Así hizo santa Teresa de Lisieux, con su «camino de la infancia espiritual», que es una auténtica teología del amor. Joven como vosotros, logró transmitir a tantas almas la belleza de la confianza y el abandono en Dios, de la simplicidad de la infancia evangélica, de la intimidad con el Señor, de la que brotan espontáneamente la comunión fraterna y el servicio al prójimo. La sencilla gran Teresa del Niño Jesús y del Santo Rostro será proclamada doctora de la Iglesia precisamente por esto: porque con la «teología del corazón» ha sabido indicar, con términos accesibles a todos, un camino seguro para buscar a Dios y para dejarse encontrar por él.

Esta es también la experiencia de tantos hermanos y hermanas vuestros del pasado y del presente. Ellos han sabido encarnar, en el silencio y en la vida oculta, el alma típicamente apostólica de la vida religiosa, y, en particular, la extraordinaria capacidad de la persona consagrada para unir la intensidad de la contemplación y del amor a Dios con el ardor de la caridad hacia los pobres y necesitados, y todos aquellos a los que el mundo frecuentemente margina y rechaza.

4. Vuestro congreso no es sólo un encuentro de religiosos y religiosas jóvenes; es también una proclamación y un testimonio proféticos para todos. Habéis venido de todas las partes del mundo para reflexionar en los temas centrales de la vida consagrada: vocación, espiritualidad, comunión y misión. Además, queréis compartir vuestras experiencias en un marco de oración y fraternidad gozosa. De esta manera, la vida consagrada resplandece vivamente como parte del espíritu perennemente juvenil de la Iglesia.

Dado que sois numerosos y jóvenes, dais una imagen viva y actual de la vida consagrada. Ciertamente, todos vosotros sois conscientes de los retos que afronta esta vida, especialmente en ciertos países. Entre ellos se puede citar la elevada media de edad de los religiosos y religiosas, la reorganización de los apostolados, la presencia cada vez menor y la disminución del número de las vocaciones. Con todo, estoy convencido de que el Espíritu Santo no dejará de suscitar y alentar en muchos jóvenes, como vosotros, la llamada a una entrega total a Dios en las formas tradicionales de la vida religiosa, así como en formas nuevas y originales.

5. Queridos amigos, os agradezco que hayáis venido a verme. Por el entusiasmo y la alegría que manifestáis, más aún que por vuestra edad, rejuvenecéis a la Iglesia. Quisiera que leyerais en mi corazón el afecto y la estima que siento hacia cada uno de vosotros. El Papa os ama, confía en vosotros, ora por vosotros y está seguro de que no sólo seréis capaces de recordar y de narrar la gloriosa historia anterior a vosotros, sino también de seguir construyéndola a lo largo del futuro que el Espíritu prepara para vosotros (cf. Vita consecrata, 110).

Mientras nos preparamos a entrar en el año dedicado al Espíritu Santo como preparación para el gran jubileo del año 2000, encomendamos precisamente al Espíritu del Padre y del Hijo el gran don de la vida consagrada y a todos los que, en todos los rincones de la tierra, se consagran generosamente a seguir a Cristo casto, pobre y obediente. Con este fin invocamos la intercesión de los santos fundadores y fundadoras de vuestros institutos; invocamos, sobre todo, la ayuda de María, la Virgen consagrada.

6. María, joven hija de Israel, tú que respondiste inmediatamente «sí» a la propuesta del Padre, haz que estos jóvenes estén atentos a la voluntad de Dios y la cumplan. Tú que viviste la virginidad como acogida total del amor divino, haz que descubran la belleza y la libertad de una existencia virgen. Tú que no poseíste nada, para ser rica sólo en Dios y en su palabra, aparta de su corazón todo apego mundano, para que el reino de Dios sea su único tesoro, su única pasión.

Joven hija de Sión, que permaneciste siempre virgen en tu corazón enamorado de Dios, mantén en ellos y en todos nosotros la perenne juventud del espíritu y del amor. Virgen de los dolores, que permaneciste al pie de la cruz de tu Hijo, engendra en cada uno de tus hijos, como en el apóstol Juan, el amor más fuerte que la muerte. Virgen Madre del Resucitado, haznos a todos testigos de la alegría del Cristo que vive para siempre.

Os bendigo a todos de corazón.

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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