Permanece viva en toda la Iglesia
la memoria de mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, que murió aquí,
en Castelgandolfo, hace veinte años. El tiempo no ha disminuido su recuerdo; al
contrario, con el paso de los años resulta cada vez más luminosa su figura, y
cada más actuales y sorprendentes sus proféticas intuiciones apostólicas.
Además, este año, la celebración del centenario del nacimiento de este
Pontífice, guía sabio y fiel del pueblo cristiano durante el concilio Vaticano
II y el difícil período posconciliar, nos hace sentir más familiar el recuerdo
de su persona y más fuerte el testimonio de su amor a Cristo y a la Iglesia.
Murió el día en que la liturgia conmemora el acontecimiento
extraordinario de la Transfiguración del Señor.
En una homilía comentaba así la página evangélica de hoy: «Es
preciso volver a descubrir el rostro transfigurado de Cristo, para sentir que él
sigue siendo, y precisamente para nosotros, nuestra luz: la luz que ilumina a
toda alma que lo busca y lo acoge, que alumbra todo acontecimiento humano, todo
esfuerzo y le confiere color y relieve, mérito y destino, esperanza y felicidad»
(Homilía en el II domingo de Cuaresma, 23 de febrero de 1964).
Al comenzar la celebración de la eucaristía, en la que
elevaremos nuestras oraciones por este inolvidable Pontífice, sus palabras nos
invitan a pedir al Señor para la Iglesia y para cada uno de los fieles la
valiente y heroica fidelidad al Evangelio que caracterizó su ministerio de
Sucesor de Pedro.
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