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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO INTERRELIGIOSO
ORGANIZADO EN BUCAREST
POR LA COMUNIDAD DE SAN EGIDIO

 

A mi venerado hermano
cardenal Edward I. CASSIDY
presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos

Me alegra particularmente dirigir, por medio de usted, mis saludos cordiales a los participantes en el duodécimo encuentro de oración organizado por la Comunidad de San Egidio sobre el tema: «La paz es el nombre de Dios». Recuerdo aún con gran emoción la memorable jornada de Asís en que, por primera vez en la historia, representantes de las grandes religiones del mundo se reunieron para implorar la paz al único que puede darla en plenitud. Como tuve ocasión de afirmar en los meses sucesivos, tengo la firme convicción de que «en esa jornada, y en la oración que era su motivo y su único contenido, por un momento parecía expresarse también visiblemente la unidad escondida pero radical (...) entre los hombres y mujeres de este mundo» (Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 1986, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de enero de 1987, p. 6). Esta perspectiva, que es fundamentalmente lo que he llamado «espíritu de Asís», debía reanudarse y comunicarse, para poder suscitar por doquier nuevas energías de paz. Aquel día se inició un camino que la Comunidad de San Egidio ha animado con valentía, implicando en él a un número cada vez mayor de hombres y mujeres de religiones y culturas diversas. Así, la «perspectiva» de Asís se ha perfilado en muchas ciudades europeas, como Varsovia, Bruselas, Milán y, el año pasado, Padua. No es una casualidad que esta peregrinación, enriquecida ahora con doce años de experiencia, llegue a Rumanía y haga etapa en Bucarest, ciudad que en esta circunstancia se ha convertido prácticamente en el centro geográfico de una Europa que, formada por gran variedad de pueblos y culturas, debe reconstruir una unidad amplia y armoniosa, que no excluya a nadie.

Deseo saludar a todo el pueblo rumano, al que me siento cercano espiritualmente. Saludo al presidente de la República y a su Gobierno, a quienes agradezco su invitación a hacer una visita a Rumanía, que espero poder realizar. Dirijo un saludo fraterno, en particular, a Su Beatitud el patriarca Teoctist, a los metropolitas, a los obispos y a todo el pueblo de la venerable Iglesia ortodoxa de Rumanía. Con afecto y estima saludo a los obispos y a las comunidades católicas de Rumanía, tanto de rito bizantino como de rito latino, exhortándolas a perseverar con valentía en el testimonio de Cristo y de su Evangelio. Extiendo mi saludo fraterno a todas las demás confesiones cristianas y a las otras religiones presentes en ese noble país. La gran manifestación de oración por la paz se inserta perfectamente en la singular vocación que tiene Rumanía de ser un puente entre Oriente y Occidente, para ofrecer una síntesis original de las culturas y las tradiciones europeas.

La presencia de tantos venerables patriarcas, primados y obispos de las Iglesias ortodoxas hace que el encuentro sea muy significativo para toda la cristiandad. Les envío mi fraterno y afectuoso beso de la paz, para que lo transmitan a sus amadas Iglesias. En verdad, el hecho de que representantes tan cualificados de la Ortodoxia se unan hoy a representantes de la Iglesia católica y de otras comunidades cristianas de Occidente, para reflexionar juntos en un tema tan importante, es un don precioso. Su presencia en ese encuentro, precisamente en el umbral del tercer milenio, nos impulsa a elevar nuestra oración a Dios con una confianza particular, para que el mundo vea a los cristianos «menos divididos». El camino estará tanto más despejado, cuanto más nos encontremos y nos amemos, manifestando así la alegría que nos une. Por tanto, ese encuentro de Bucarest se presenta como un verdadero momento de gracia. Tenemos necesidad de recordarnos a nosotros mismos y al mundo que lo que nos une es mucho más fuerte que lo que nos separa.

Ese encuentro reviste un elevado significado espiritual, puesto que se reúnen los cristianos con representantes de las grandes religiones del mundo. También a ellos dirijo mi respetuoso saludo. Ya saben la gran estima que siento por sus tradiciones religiosas: en mis viajes apostólicos, no dejo jamás de encontrarme con sus representantes, reconociendo su elevada misión en los diferentes países. Su presencia tan numerosa y cualificada, además de subrayar la importancia del papel que desempeñan las religiones en la vida de los hombres de nuestro tiempo, nos recuerda la necesidad de manifestar la unidad de las naciones, educar para la paz y el respeto, y cultivar la amistad y el diálogo.

Sí, es necesario este compromiso. Desgraciadamente, durante los últimos decenios, aunque hemos constatado notables progresos en el camino de la paz, también hemos asistido al desarrollo de numerosos conflictos: guerras en diferentes regiones del mundo, que implican frecuentemente a los países más pobres, agravando su situación ya difícil. Pienso, particularmente, en África, martirizada por conflictos y por una situación endémica de inestabilidad. Pienso también en el Kosovo, tan cercano, donde, desde hace mucho tiempo, poblaciones enteras soportan atrocidades y torturas en nombre de insensatas rivalidades étnicas. Pienso, por último, en los procesos de paz iniciados en Oriente Medio y en otras partes del mundo, pero que corren peligro a causa de dificultades que siempre vuelven a aparecer. Frente a la multiplicación de situaciones de guerra, es preciso que se desarrollen nuevas energías de paz, cuya valiosa reserva son las religiones. Durante el encuentro de 1993, que se celebró en Milán, los jefes religiosos presentes firmaron un llamamiento, que conserva toda su fuerza: «Ningún odio, ningún conflicto, ninguna guerra se han de apoyar en las religiones. La guerra nunca puede ser motivada por la religión. Las palabras de las religiones han de ser siempre palabras de paz. El camino de la fe debe abrir al diálogo y a la comprensión. Las religiones han de llevar a los corazones a pacificar la tierra. Las religiones deben ayudar a todos los hombres a amar la tierra y sus pueblos, tanto pequeños como grandes».

Las religiones manifiestan la aspiración universal a la comprensión y al entendimiento, que nace de un sincero amor a Dios. Por eso, ese encuentro ha elegido oportunamente el título: «Dios, el hombre y los pueblos», tres realidades que deben mantener una relación orgánica. Cada persona y cada pueblo puede descubrir su auténtica vocación en la medida en que hace referencia a Aquel que está sobre todos y que acompaña a todos los seres humanos hacia el futuro común que vosotros ya expresáis, en cierto modo, durante ese encuentro.

Le confío, señor cardenal, la misión de saludar a cada uno de los representantes de las Iglesias y comunidades cristianas, así como de las grandes religiones del mundo, asegurando a todos los participantes mi recuerdo afectuoso, sostenido por una ferviente invocación a nuestro Padre común, para que todos los pueblos de la tierra, abandonando las sendas de la violencia, emprendan el camino de la paz.

Castelgandolfo, 26 de agosto de 1998

 

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