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  ORACIÓN DE JUAN PABLO II
A LA SANTÍSIMA VIRGEN


Plaza de España
Martes 8 de diciembre de 1998

1. ¡Oh, María!,
estamos nuevamente a tus pies,
el día en que celebramos
tu Inmaculada Concepción,
y te suplicamos,
como hija predilecta del Padre,
que, durante este último año de preparación
para el gran jubileo del 2000,
nos enseñes a caminar
unidos hacia la casa paterna,
a fin de que toda la humanidad
sea una sola familia.

2. ¡Oh, María!,
desde el primer instante de la existencia
fuiste preservada del pecado original,
en virtud de los méritos de Jesús,
de quien debías convertirte en Madre.
Sobre ti el pecado y la muerte no tienen poder.

Desde el instante en que fuiste concebida
gozaste del singular privilegio de estar llena
de la gracia de tu Hijo bendito,
para ser santa como él.
Por eso, el mensajero celestial,
enviado a anunciarte el designio divino,
se dirigió a ti, saludándote:
«Alégrate, llena de gracia» (Lc 1, 28).

Sí, oh María, tú eres la llena de gracia,
tú eres la Inmaculada Concepción.
En ti se cumple la promesa
hecha a nuestros primeros padres,
evangelio primordial de esperanza,
en la hora trágica de la caída:
«Pondré enemistad entre ti y la mujer,
y entre tu linaje y el suyo» (Gn 3, 15).

Tu linaje, oh María,
es el Hijo bendito de tu seno, Jesús,
Cordero inmaculado que cargó sobre sí
el pecado del mundo, nuestro pecado.
Tu Hijo, oh Madre, te preservó
para ofrecer a todos los hombres
el don de la salvación.
Por eso, de generación en generación
los redimidos no dejan de repetirte
las palabras del ángel:
«Alégrate, llena de gracia,
el Señor está contigo» (Lc 1, 28).

3. ¡Oh, María!,
de Oriente a Occidente,
ya desde los comienzos,
el pueblo de Dios profesa con fe
que tú eres la toda pura,
la toda santa,
la Madre excelsa del Redentor.
Lo testimonian a una voz
los Padres de la Iglesia,
lo proclaman los pastores, los teólogos
y los más grandes confesores de la fe.

En 1854, mi venerado predecesor
el Sumo Pontífice Pío IX
reconoció oficialmente
la verdad de este privilegio tuyo.
Como perenne recuerdo
de ese acontecimiento
fue erigida aquí, en el centro de Roma,
esta columna,
desde la que velas maternalmente
por la ciudad.
Desde entonces, todos los años,
en esta fiesta solemne,
la Iglesia y la ciudad de Roma
con su Obispo vienen aquí, a la plaza de España,
para honrarte a ti,
signo de segura esperanza
para todos los hombres.

Con este acto anual de veneración
profesamos que queremos volver
al designio originario y eterno
de nuestro Creador y Padre,
y repetimos con el apóstol Pablo:
«Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo. (...)
Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante él» (Ef 1, 3-4).

4. ¡Oh, María!,
tú eres la testigo de esta elección originaria.
Guíanos tú, ¡oh Madre!, que conoces el camino.
A ti, Inmaculada Concepción,
se consagra hoy el pueblo de Dios
y toda la ciudad de Roma.

Protégenos siempre y guíanos a todos
por los caminos de la santidad. Amén.

 

 

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