Queridos hermanos en el episcopado:
1. Con el aliento que nos ofrece Cristo Jesús (cf. Flp 2, 1), os saludo a
vosotros, obispos de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón, que veláis por
«la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la
verdad» (1 Tm 3, 15). Estáis aquí con ocasión de vuestra visita ad
limina Apostolorum, a las tumbas de los Apóstoles, ante las cuales
recordamos la gran verdad de la Pascua, es decir, que de la cruz de Jesucristo
ha brotado la alegría de una vida nueva. Durante estos días de la Asamblea
especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, estáis reflexionando en la
novedad de vida en Cristo, luz de las naciones, y en vuestra responsabilidad
como sucesores de los Apóstoles de comunicar esa vida al pueblo encomendado a
vuestra solicitud pastoral. Pido al Señor que sea un tiempo de renovación
espiritual para cada uno de vosotros, con la gracia y la fuerza del Espíritu
Santo.
Vuestra presencia recuerda la notable historia de la plantatio
Ecclesiae en Melanesia. Han pasado poco más de treinta años desde que se
erigieron las primeras diócesis; y, sin embargo, tanto antes como después, su
historia se ha caracterizado por testimonios y obras heroicas, en primer lugar
por parte de sacerdotes y religiosos y religiosas misioneros que lo
abandonaron todo para anunciar a Cristo y servir a los pueblos de vuestra
región. Procedentes de países e institutos diferentes y unidos por la fe,
sembraron en el corazón de vuestros pueblos una semilla que producirá una
cosecha eterna. Algunos murieron mártires, y principalmente por este sacrificio
glorificamos a Dios, que «enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap 7, 17).
Pero no fueron sólo misioneros extranjeros quienes dieron su vida por Cristo:
está también la inolvidable figura del beato Peter To Rot, el primer
fruto de la fe de vuestras tierras, que se presenta ahora a la Iglesia en todo
el mundo como un ejemplo de fidelidad a Dios.
2. El
crecimiento espiritual de vuestras Iglesias particulares nos alegra a todos.
Pero también habláis de las dificultades de los fieles que Dios os ha
encomendado. Hay desastres naturales, el más reciente de los cuales ha sido el
maremoto en West Sepik, uno de los más devastadores: ha causado la muerte de
miles de personas y ha obligado al país a afrontar una inmensa tarea de
reconstrucción humana y material. Os aseguro una vez más la solidaridad de la
Iglesia con los damnificados, y renuevo mi llamamiento a la comunidad
internacional para que dé la ayuda que aún se necesita con urgencia.
Podemos
hacer poco para prevenir los desastres naturales, pero existen otros
sufrimientos causados por el hombre y, por tanto, sujetos al control humano.
Vuestros informes hablan de una creciente ola de violencia y división, que
dificulta la creación de una sociedad basada en la idea y en la práctica del
bien común. Aunque la guerra en Bougainville ya ha terminado, permanecen las
heridas; y el proceso de cicatrización será largo y complejo. La amenaza de la
delincuencia se cierne inexorable y seriamente en especial sobre las ciudades.
También la rivalidad entre las tribus, con el espíritu de venganza que suscita,
sigue siendo un problema profundamente arraigado y difícil de resolver. Las
numerosas formas de corrupción constituyen otro tipo de violencia no menos real
y destructiva, aunque a menudo sus síntomas sean menos visibles. Y, sin embargo,
hay otra clase de violencia: la violencia espiritual de la segregación fomentada
por las sectas religiosas, que proliferan en los períodos de dificultad y se
alimentan de las expectativas y los temores de la gente.
3. La situación refleja cierta crisis de las expresiones tradicionales de
vuestra cultura, con la consiguiente debilitación de las estructuras e
instituciones que han dado a las sociedades tradicionales su estabilidad y han
transmitido los valores que las forjaron. La principal es la familia, que
recientemente ha sido sometida a una gran presión, y que constituye siempre el
núcleo donde se manifiestan los primeros síntomas de malestar social. Existe
también un elevado índice de desempleo, que genera frustración e
irritación en los jóvenes, haciéndoles perder la autoestima y la esperanza en el
futuro. Pero ninguno de estos males os resulta desconocido, queridos hermanos en
el episcopado; al contrario, precisamente éstas son las aflicciones de vuestro
pueblo que presentáis diariamente a Cristo en vuestra oración, y en las que
estáis reflexionando durante el Sínodo. En una situación cultural tan
diversificada como la vuestra, nunca es fácil superar las divergencias y
contrarrestar la violencia; pero la promoción de la armonía y de una cultura
centrada en el bien común está profundamente vinculada con la verdad del
Evangelio y os exige un sabio y enérgico liderazgo espiritual.
Frente a la
violencia y la discordia existe siempre la tentación de reaccionar de idéntica
manera, y precisamente esta lógica crea muchos de los problemas que afectan
actualmente a vuestro pueblo. La violencia y la discordia parecen fuertes
y victoriosas hoy. Sin embargo, el evangelio de Cristo crucificado insiste en
que en realidad son siempre débiles y quedan vencidas. San Pablo habla de
la lógica de la cruz con toda la fuerza de esa paradoja: «Cuando soy débil,
entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Cristo quiere para Papúa Nueva Guinea
e Islas Salomón la verdadera fuerza y la auténtica victoria: la victoria de
la gracia sobre el pecado y del amor sobre todo lo que separa a las personas.
4. La primera fase de la evangelización de vuestras
tierras fue lenta y exigió grandes sacrificios; y, en realidad, lo mismo sucede
en la nueva fase que se está desarrollando ahora. La actual etapa de
evangelización implica prestar gran atención a la catequesis y a la educación,
si se quiere asegurar que las raíces del Evangelio penetren profundamente en la
buena tierra del «campo de Dios» (1 Co 3, 9). Esta tarea precisa un
esfuerzo especial, de modo particular en tres áreas relacionadas estrechamente
entre sí: la familia, la juventud y los líderes de las comunidades.
Es
imprescindible dar mayor apoyo a las familias cuando afrontan situaciones
difíciles, y este apoyo consiste no sólo en brindarles ayuda en tiempos de
crisis, sino también en proporcionarles una educación continua en los valores
y costumbres que determinan la concepción católica del matrimonio y de la vida
familiar. Hubo un tiempo en que, a pesar de la persistencia de la poligamia,
los valores y costumbres tradicionales garantizaban cierta estabilidad a las
familias en vuestras culturas, pero ya no sucede así, especialmente en las
ciudades; y esto puede crear un vacío que desestabilice a la familia y, por
tanto, amenace el verdadero fundamento de la sociedad. En este tiempo estáis
llamados a realizar un gran esfuerzo educativo para apoyar la célula básica de
la sociedad humana. Esa educación, que ha de empezar en la escuela, debe prestar
especial atención a la preparación para el matrimonio, proseguir durante toda la
vida matrimonial y, en especial, acompañar la iniciación cristiana de los
hijos. En esta tarea, las instituciones de la escuela católica y de la parroquia
siguen teniendo una importancia fundamental.
5. A los
jóvenes hay que educarlos, no tanto para tener «éxito», cuanto para vivir una
vida verdaderamente cristiana: de gracia y santidad en su relación con Dios, y
de verdad y amor en todas las relaciones humanas. La figura del beato Peter To
Rot muestra claramente que es posible. Es preciso hacer que los jóvenes sean
conscientes de que deben desempeñar un papel y una responsabilidad en la vida
de la Iglesia. Hay que ayudarles a conseguir un conocimiento cada vez más claro
de lo que enseña la Iglesia, de su fe y su enseñanza moral, especialmente acerca
del bien común. Deben aprender el valor supremo de la vida humana y la dignidad
absoluta de la persona humana, para fomentar su autoestima. Hay que enseñarles a
orar, para que pongan su esperanza en Dios más que en las cosas transitorias. Y
es preciso hacer todo esto de un modo que no sólo tenga en cuenta los anhelos
universales del corazón humano, sino también las exigencias culturales
particulares de vuestros jóvenes.
Una formación de este tipo impulsará el
nacimiento de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, que
vuestras diócesis ahora necesitan más que nunca, dado que están comenzando la
segunda fase de evangelización de vuestras sociedades y disminuye el número de
misioneros extranjeros. La tarea puede parecer desalentadora, pero «el amor de
Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14). Todo lo que hagáis en favor de la
formación de los jóvenes de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón será de inmenso
valor para ellos, para la Iglesia y para la sociedad en su conjunto.
6. Una buena formación exige buenos profesores; por este motivo,
es tan importante para vuestras Iglesias particulares formar a los líderes de la
Iglesia: sacerdotes, religiosos y catequistas. En los seminarios y casas
religiosas de formación no hay que escatimar esfuerzos a fin de asegurar la
mejor preparación posible para la vida sacerdotal y religiosa, aprovechando
tanto los recursos de la Iglesia universal como las riquezas de las culturas
locales. En mi reciente carta encíclica Fides et ratio, expliqué que
sin una sólida formación intelectual, la fe cae rápidamente en el grave peligro
de reducirse a mito o superstición, que son siempre tierra fértil para la
violencia y la discordia. La fe necesita la obra de la razón si desea crear
una cultura de respeto a la vida y a la dignidad humana, de justicia y
solidaridad en las relaciones humanas, y de compromiso en favor del bien común.
Si esto es verdad con respecto a la formación inicial, también lo es con
relación a la formación permanente, indispensable para sostener a los sacerdotes
y a los religiosos en medio de las presiones que sufren. En todas las culturas
actuales los sacerdotes y los religiosos necesitan una formación que dure toda
la vida, adaptada a las diferentes etapas de su itinerario. La necesitan
especialmente cuando algunos elementos de la cultura popular hacen más difícil
sostener el compromiso del celibato, que ha de ser para toda la vida.
7. Queridos hermanos en el episcopado, enseñamos
principalmente con nuestro testimonio: es muy importante lo que somos. Esto
es verdad sobre todo para el obispo, pero también para todos los que enseñan en
nombre de Cristo: padres, sacerdotes, profesores, catequistas y jóvenes líderes.
Los santos y los mártires son los grandes maestros de la Iglesia, puesto que dan
un testimonio inestimable: enseñan con su entrega total, con su sangre.
Aunque la historia de la Iglesia en Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón es breve,
la lista de sus mártires es larga. Algunos son conocidos; otros, no. Pero no los
hemos de olvidar, ya que son los testigos supremos de la sabiduría de la cruz
de Jesucristo (cf. 1 Co 1, 18-25). Es preciso recordar sus nombres y
contar su historia con mayor razón y alegría ahora que la Iglesia se acerca al
gran jubileo del año 2000. Esos hombres y mujeres son la mayor gloria de vuestro
pasado y la prenda más segura de vuestro futuro. Con el mismo espíritu, también
os exhorto a animar y sostener la vida contemplativa en vuestras Iglesias
particulares. Los que siguen el camino de la contemplación en la vida monástica
viven una especie de martirio y, con su silencio y abnegación, enseñan algo
particularmente necesario hoy.
La tarea de la Iglesia en Papúa Nueva Guinea e
Islas Salomón es grande y compleja, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra
flaqueza (cf. Rm 8, 26), penetrando en la intimidad de nuestro corazón y
renovándonos. Que el fuego de su amor en el corazón de los fieles transforme las
penas en alegrías e inspire el gran himno de alabanza que es siempre el canto de
la Iglesia. Que la Madre de Cristo, Estrella del mar y de la evangelización,
vele por vosotros y os guíe, mientras camináis con vuestro pueblo hacia el
puerto de paz que Dios os tiene preparado. Como prenda de infinita alegría en
Cristo, que es siempre «el camino, la verdad y la vida» (Jn 4, 6), os
imparto cordialmente a vosotros, a vuestros sacerdotes, a los religiosos y a los
fieles laicos, mi bendición apostólica.
© Copyright 1998 - Libreria Editrice Vaticana