The Holy See
backup
Search
riga

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE PAPÚA NUEVA GUINEA E ISLAS SALOMÓN
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Martes 1 de diciembre de 1998

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con el aliento que nos ofrece Cristo Jesús (cf. Flp 2, 1), os saludo a vosotros, obispos de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón, que veláis por «la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3, 15). Estáis aquí con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum, a las tumbas de los Apóstoles, ante las cuales recordamos la gran verdad de la Pascua, es decir, que de la cruz de Jesucristo ha brotado la alegría de una vida nueva. Durante estos días de la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, estáis reflexionando en la novedad de vida en Cristo, luz de las naciones, y en vuestra responsabilidad como sucesores de los Apóstoles de comunicar esa vida al pueblo encomendado a vuestra solicitud pastoral. Pido al Señor que sea un tiempo de renovación espiritual para cada uno de vosotros, con la gracia y la fuerza del Espíritu Santo.

Vuestra presencia recuerda la notable historia de la plantatio Ecclesiae en Melanesia. Han pasado poco más de treinta años desde que se erigieron las primeras diócesis; y, sin embargo, tanto antes como después, su historia se ha caracterizado por testimonios y obras heroicas, en primer lugar por parte de sacerdotes y religiosos y religiosas misioneros que lo abandonaron todo para anunciar a Cristo y servir a los pueblos de vuestra región. Procedentes de países e institutos diferentes y unidos por la fe, sembraron en el corazón de vuestros pueblos una semilla que producirá una cosecha eterna. Algunos murieron mártires, y principalmente por este sacrificio glorificamos a Dios, que «enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap 7, 17). Pero no fueron sólo misioneros extranjeros quienes dieron su vida por Cristo: está también la inolvidable figura del beato Peter To Rot, el primer fruto de la fe de vuestras tierras, que se presenta ahora a la Iglesia en todo el mundo como un ejemplo de fidelidad a Dios.

2. El crecimiento espiritual de vuestras Iglesias particulares nos alegra a todos. Pero también habláis de las dificultades de los fieles que Dios os ha encomendado. Hay desastres naturales, el más reciente de los cuales ha sido el maremoto en West Sepik, uno de los más devastadores: ha causado la muerte de miles de personas y ha obligado al país a afrontar una inmensa tarea de reconstrucción humana y material. Os aseguro una vez más la solidaridad de la Iglesia con los damnificados, y renuevo mi llamamiento a la comunidad internacional para que dé la ayuda que aún se necesita con urgencia.

Podemos hacer poco para prevenir los desastres naturales, pero existen otros sufrimientos causados por el hombre y, por tanto, sujetos al control humano. Vuestros informes hablan de una creciente ola de violencia y división, que dificulta la creación de una sociedad basada en la idea y en la práctica del bien común. Aunque la guerra en Bougainville ya ha terminado, permanecen las heridas; y el proceso de cicatrización será largo y complejo. La amenaza de la delincuencia se cierne inexorable y seriamente en especial sobre las ciudades. También la rivalidad entre las tribus, con el espíritu de venganza que suscita, sigue siendo un problema profundamente arraigado y difícil de resolver. Las numerosas formas de corrupción constituyen otro tipo de violencia no menos real y destructiva, aunque a menudo sus síntomas sean menos visibles. Y, sin embargo, hay otra clase de violencia: la violencia espiritual de la segregación fomentada por las sectas religiosas, que proliferan en los períodos de dificultad y se alimentan de las expectativas y los temores de la gente.

3. La situación refleja cierta crisis de las expresiones tradicionales de vuestra cultura, con la consiguiente debilitación de las estructuras e instituciones que han dado a las sociedades tradicionales su estabilidad y han transmitido los valores que las forjaron. La principal es la familia, que recientemente ha sido sometida a una gran presión, y que constituye siempre el núcleo donde se manifiestan los primeros síntomas de malestar social. Existe también un elevado índice de desempleo, que genera frustración e irritación en los jóvenes, haciéndoles perder la autoestima y la esperanza en el futuro. Pero ninguno de estos males os resulta desconocido, queridos hermanos en el episcopado; al contrario, precisamente éstas son las aflicciones de vuestro pueblo que presentáis diariamente a Cristo en vuestra oración, y en las que estáis reflexionando durante el Sínodo. En una situación cultural tan diversificada como la vuestra, nunca es fácil superar las divergencias y contrarrestar la violencia; pero la promoción de la armonía y de una cultura centrada en el bien común está profundamente vinculada con la verdad del Evangelio y os exige un sabio y enérgico liderazgo espiritual.

Frente a la violencia y la discordia existe siempre la tentación de reaccionar de idéntica manera, y precisamente esta lógica crea muchos de los problemas que afectan actualmente a vuestro pueblo. La violencia y la discordia parecen fuertes y victoriosas hoy. Sin embargo, el evangelio de Cristo crucificado insiste en que en realidad son siempre débiles y quedan vencidas. San Pablo habla de la lógica de la cruz con toda la fuerza de esa paradoja: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Cristo quiere para Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón la verdadera fuerza y la auténtica victoria: la victoria de la gracia sobre el pecado y del amor sobre todo lo que separa a las personas.

4. La primera fase de la evangelización de vuestras tierras fue lenta y exigió grandes sacrificios; y, en realidad, lo mismo sucede en la nueva fase que se está desarrollando ahora. La actual etapa de evangelización implica prestar gran atención a la catequesis y a la educación, si se quiere asegurar que las raíces del Evangelio penetren profundamente en la buena tierra del «campo de Dios» (1 Co 3, 9). Esta tarea precisa un esfuerzo especial, de modo particular en tres áreas relacionadas estrechamente entre sí: la familia, la juventud y los líderes de las comunidades.

Es imprescindible dar mayor apoyo a las familias cuando afrontan situaciones difíciles, y este apoyo consiste no sólo en brindarles ayuda en tiempos de crisis, sino también en proporcionarles una educación continua en los valores y costumbres que determinan la concepción católica del matrimonio y de la vida familiar. Hubo un tiempo en que, a pesar de la persistencia de la poligamia, los valores y costumbres tradicionales garantizaban cierta estabilidad a las familias en vuestras culturas, pero ya no sucede así, especialmente en las ciudades; y esto puede crear un vacío que desestabilice a la familia y, por tanto, amenace el verdadero fundamento de la sociedad. En este tiempo estáis llamados a realizar un gran esfuerzo educativo para apoyar la célula básica de la sociedad humana. Esa educación, que ha de empezar en la escuela, debe prestar especial atención a la preparación para el matrimonio, proseguir durante toda la vida matrimonial y, en especial, acompañar la iniciación cristiana de los hijos. En esta tarea, las instituciones de la escuela católica y de la parroquia siguen teniendo una importancia fundamental.

5. A los jóvenes hay que educarlos, no tanto para tener «éxito», cuanto para vivir una vida verdaderamente cristiana: de gracia y santidad en su relación con Dios, y de verdad y amor en todas las relaciones humanas. La figura del beato Peter To Rot muestra claramente que es posible. Es preciso hacer que los jóvenes sean conscientes de que deben desempeñar un papel y una responsabilidad en la vida de la Iglesia. Hay que ayudarles a conseguir un conocimiento cada vez más claro de lo que enseña la Iglesia, de su fe y su enseñanza moral, especialmente acerca del bien común. Deben aprender el valor supremo de la vida humana y la dignidad absoluta de la persona humana, para fomentar su autoestima. Hay que enseñarles a orar, para que pongan su esperanza en Dios más que en las cosas transitorias. Y es preciso hacer todo esto de un modo que no sólo tenga en cuenta los anhelos universales del corazón humano, sino también las exigencias culturales particulares de vuestros jóvenes.

Una formación de este tipo impulsará el nacimiento de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, que vuestras diócesis ahora necesitan más que nunca, dado que están comenzando la segunda fase de evangelización de vuestras sociedades y disminuye el número de misioneros extranjeros. La tarea puede parecer desalentadora, pero «el amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14). Todo lo que hagáis en favor de la formación de los jóvenes de Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón será de inmenso valor para ellos, para la Iglesia y para la sociedad en su conjunto.

6. Una buena formación exige buenos profesores; por este motivo, es tan importante para vuestras Iglesias particulares formar a los líderes de la Iglesia: sacerdotes, religiosos y catequistas. En los seminarios y casas religiosas de formación no hay que escatimar esfuerzos a fin de asegurar la mejor preparación posible para la vida sacerdotal y religiosa, aprovechando tanto los recursos de la Iglesia universal como las riquezas de las culturas locales. En mi reciente carta encíclica Fides et ratio, expliqué que sin una sólida formación intelectual, la fe cae rápidamente en el grave peligro de reducirse a mito o superstición, que son siempre tierra fértil para la violencia y la discordia. La fe necesita la obra de la razón si desea crear una cultura de respeto a la vida y a la dignidad humana, de justicia y solidaridad en las relaciones humanas, y de compromiso en favor del bien común. Si esto es verdad con respecto a la formación inicial, también lo es con relación a la formación permanente, indispensable para sostener a los sacerdotes y a los religiosos en medio de las presiones que sufren. En todas las culturas actuales los sacerdotes y los religiosos necesitan una formación que dure toda la vida, adaptada a las diferentes etapas de su itinerario. La necesitan especialmente cuando algunos elementos de la cultura popular hacen más difícil sostener el compromiso del celibato, que ha de ser para toda la vida.

7. Queridos hermanos en el episcopado, enseñamos principalmente con nuestro testimonio: es muy importante lo que somos. Esto es verdad sobre todo para el obispo, pero también para todos los que enseñan en nombre de Cristo: padres, sacerdotes, profesores, catequistas y jóvenes líderes. Los santos y los mártires son los grandes maestros de la Iglesia, puesto que dan un testimonio inestimable: enseñan con su entrega total, con su sangre. Aunque la historia de la Iglesia en Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón es breve, la lista de sus mártires es larga. Algunos son conocidos; otros, no. Pero no los hemos de olvidar, ya que son los testigos supremos de la sabiduría de la cruz de Jesucristo (cf. 1 Co 1, 18-25). Es preciso recordar sus nombres y contar su historia con mayor razón y alegría ahora que la Iglesia se acerca al gran jubileo del año 2000. Esos hombres y mujeres son la mayor gloria de vuestro pasado y la prenda más segura de vuestro futuro. Con el mismo espíritu, también os exhorto a animar y sostener la vida contemplativa en vuestras Iglesias particulares. Los que siguen el camino de la contemplación en la vida monástica viven una especie de martirio y, con su silencio y abnegación, enseñan algo particularmente necesario hoy.

La tarea de la Iglesia en Papúa Nueva Guinea e Islas Salomón es grande y compleja, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza (cf. Rm 8, 26), penetrando en la intimidad de nuestro corazón y renovándonos. Que el fuego de su amor en el corazón de los fieles transforme las penas en alegrías e inspire el gran himno de alabanza que es siempre el canto de la Iglesia. Que la Madre de Cristo, Estrella del mar y de la evangelización, vele por vosotros y os guíe, mientras camináis con vuestro pueblo hacia el puerto de paz que Dios os tiene preparado. Como prenda de infinita alegría en Cristo, que es siempre «el camino, la verdad y la vida» (Jn  4, 6), os imparto cordialmente a vosotros, a vuestros sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos, mi bendición apostólica.

© Copyright 1998 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

top